Puede ser que muchos de nosotros recordemos las brillantes estrellitas que, al hacer bien una tarea, los maestros pegaban en nuestras libretas. Esa pequeña estampita tenía la capacidad de hacer brillar los ojos, de emocionar el corazón y de pintar tiernas sonrisas en los rostros de satisfacción. El pequeño cuerpo celeste se convertía en alocución contundente que decía: “bien hecho”.  

 

  Las lecturas de este domingo no nos hablan de estrellitas y, tampoco, de libretas, pero conducen por el camino de la admiración. Las palabras alentadoras del profeta (Is 35, 4-7) invitan a contemplar cómo maravillosamente Dios obrará una transformación cuando se abran los ojos de los ciegos, cuando se destapen los oídos a los sordos, los entumecidos salten, los mudos griten y cuando el desierto prorrumpa en torrentes de agua. El salmo (Sal 145) por su parte, reconociendo que Dios realiza esas acciones, convierte la admiración en un canto de alabanza.  

 

El apóstol en la segunda lectura (St 2, 1-7) como si fuera un maestro aleccionando a sus alumnos, enseña dónde han de estar los genuinos focos de atención para saber admirarse. No están en lo suntuoso de las vestimentas, ni en la capacidad económica de nadie; fijarse en eso es hacer distinción de personas y eso provoca dolor. La atención ha de estar en la acción misma del Señor que, a quienes ha escogido en el amor, los hace herederos de su Reino. Así no es posible no admirarse del amor que ha tenido Dios. En lo que concierne a la página evangélica (Mc 7, 31-37), narrando un milagro del maestro que resulta ser uno de los signos de la llegada del Reino, concluye con el colmo de la admiración en la expresión: Todo lo ha hecho bien. Allí donde faltaba el sonido, Jesús ha abierto oídos; y allí donde faltaba palabra, Jesús ha desatado la lengua. Es la vía de la comunicación la que no estaba y ahora, con el toque del Maestro, se ha restablecido. De aquí en adelante aquel que vivió incomunicado podrá alabar a Dios y compartir la palabra con sus semejantes.      

 

Acaso en nuestros días se ha perdido bastante la capacidad de admiración; quizás también, sin ser sordomudos, vamos perdiendo la capacidad asertiva de comunicación. Desarrollar una vía para que se rompan ambos impedimentos es parte del reto cristiano que en la actualidad compartimos.    

 

Por eso entiendo que hacer ver a los ciegos de hoy no es pagar con la moneda de la venganza o de la apatía a quien nos ha hecho mal; es, más bien, aprovechar las oportunidades que da la vida para pagarles con bien; para encauzarles por el camino de la fraternidad haciendo las cosas de modo diverso. Proceder de este modo, siguiendo el ejemplo del Maestro, es volver a provocar asombro por hacerlo bien. Hacer escuchar a los sordos de hoy no es levantar murallas de indiferencia; es, más bien, aprovechar las oportunidades que da la vida para construir puentes; para estrechar caminos de respeto en la diferencia y para admirar la grandísima elocuencia de la diversidad. La sordera separa, la palabra une. 

 

Para que los tullidos de hoy salten será necesario despojarse de culpas viejas (personales y ajenas) y recorrer caminos de sanación, que pueden comenzar valorando las cosas buenas y subestimando las imprecisiones. Muchas más brillantes estrellitas en las cosas buenas y mucho menos atención a las negativas; eso es hacerlo bien. Para que los mudos de hoy griten de regocijo es necesario admirarse de todos los gestos de justicia que nos circundan a diestra y siniestra; menos publicación del pecado ajeno y mucha más atención a la bondad de los corazones nobles. Cuando en la comunicación se vaya sepultando la información malintencionada, amarillista, sensacionalista e insensata, como buenos pedagogos, con pequeñas estrellitas, habremos provocado el asombro y habremos cumplido el objetivo de la lección: todo hay que hacerlo bien.   

P. Ovidio Pérez Pérez 

Para El Visitante 

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