Getting your Trinity Audio player ready...

(I Jn 4, 70)

La experiencia de ‘amar’ es única y exclusivamente de los seres humanos. El perrito que brinca y salta de alegría porque su dueño llegó a casa, es de gran satisfacción. Pero, ese perrito actúa desde su instinto animal, no de una decisión deliberada de amar a aquel que lo alimenta y lo protege. El amar es una decisión racional y personal. Así también es la decisión de no amar, de rechazar la experiencia. Esa decisión es compleja. Confunde y atribula, pues es capaz de enriquecer o de acabar con la vida. Desde la dimensión humana, no existe emoción ni fuerza más poderosa. Se argumenta que solo el que tiene fe puede manejar adecuadamente esa energía y canalizarla a modo apropiado. De ahí, el testimonio del evangelista San Juan que hemos citado: “Todo el que ama es nacido de Dios”…

Pero vayamos más allá de posibles teorías y definiciones. Nos abruma el miedo de entrar en una relación que reclama atención, presencia y entrega. Y eso por supuesto, porque ya se ha aprendido que la experiencia es exigente y desafiante. No todos poseen la capacidad de entrar y vivir la experiencia. Y es así, pues no todos tienen la madurez de ‘rendirse’ y sacrificarse para vivir a favor del otro. Ahí está el meollo del problema. Sin duda, el amar gratifica, satisface y deleita al que entra en esa relación. Cierto, pero no sin sacrificios de negarse a sí mismo. 

Desde la dimensión de la fe, el pecado original no solo fue de desobediencia al mandato divino.  En análisis, fue uno de ambición de poder. Esa inclinación es la raíz de toda maldad en el mundo. No es difícil caer en cuenta, que la terquedad y sin razón del comportamiento de un adolescente, es toda una manifestación de su egocentrismo, expresado en un tipo de rebeldía sin causa. El ‘yo-ismo’ predomina en cualquier situación humana, mientras venza la necesidad de satisfacer el capricho individual y personal. De ahí la rebeldía de una criaturita de 3 o 4 añitos, que no tiene el uso pleno de razón ni la capacidad de sumisión en una situación de contrariedad. Querer tener poder es una necesidad insaciable de todo ser humano.  

Posiblemente es en la relación conyugal donde ocurre con mayor frecuencia la disensión y discrepancia de pareceres y necesidades. El juego del poder se agrava hasta el grado de la imposibilidad de la convivencia. Otro elemento que no debe ignorarse en el juego del poder es el azote del maldito machismo. Desde la infancia, al varoncito se le lava el cerebro con comportamientos de insensibilidad que le den realce a su poder de masculinidad. Irónicamente, es la mamá la que usualmente influye en el hijo, ese empeño de que ‘el nene de mami’ no se deje manipular de nadie, mucho menos de una mujer. De ahí, la mentalidad de ‘superioridad’ con que se cría el varón. En su adultez, ese sentimiento se muestra en comportamientos de intolerancia y enajenación, falta de apertura y de aguante.

Interesante notar que toda la experiencia de enamorarse viene acompañada del famoso ‘cantinfleo: sí, sí, pero no, no,… o todavía no’. Es un proceso que solo se aclara gradualmente, según el riesgo de la aceptación mutua y decisión de acompañamiento. El miedo, la inseguridad y el titubeo son normales. Se consideran como la expresión saludable de una persona con madurez suficiente para reconocer que se está enfrentando a algo más allá de su control. Cabe aquí la expresión que suele decir, “el amor es más grande que la vida misma”. Una relación apresurada y usualmente arrastrada por la pasión lleva a un matrimonio sin la base necesaria de conocerse mutuamente a cabalidad. O peor todavía, empuja a la pareja a entregarse en una relación sexual, propia del contrato conyugal sacramental. Trágicas han sido las situaciones de parejas (mayormente jóvenes), que se dan permiso a la intimidad sexual, sin tomar en cuenta el riesgo de un embarazo indeseado. En el desespero de la situación, se opta entonces por un aborto, que es un crimen inaceptable.

El amor es fuerza que supera aun el instinto de conservar la vida. El ejemplo preclaro de ese ‘amor supremo’ son los incontables mártires que enriquecen la vida de la Iglesia de Jesucristo.  Hombres, mujeres y niños santos, de todos los renglones de la vida, constan como testigos que inspiran y motivan a todos los bautizados. Impresionante siempre será el cántico de la letanía de los Santos en la Vigilia Pascual.  Y el pueblo, responde cantando, Santos en el cielo, rueguen por todos nosotros, Santos del Señor. Todo es posible cuando se vive amando a modo apasionado. 

“Todo el que ama es nacido de Dios”.  Sí, pero no todo el que ama está consciente o motivado por ese amor de Dios.

Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.

Para El Visitante