Ante el plano de un edificio, ante una construcción que se va levantando, nos preguntamos: ¿de qué se trata? ¿Para qué es este edificio? Y quien mejor nos puede responder es el arquitecto que lo diseñó. Las piedras y el cemento por sí mismas no hablan. Es una pregunta lógica cuando vemos que el Creador construyó la raza humana dividida en dos partes: macho y hembra. Y cuando leemos en Génesis que “macho y hembra los creó; a imagen y semejanza de Dios los creó”, la pregunta es obvia: ¿qué pretendía este arquitecto divino en su obra? O mejor: ¿para qué es el matrimonio; cuál fue la intención del Creador?

Una respuesta inmediata sería “para que se multiplique esta raza humana; pues los nuevos miembros vendrán por la unión de esas células diferentes que cada uno contiene. Si fuese eso solo, nos reducimos a la relación animal. Pues los animales, (no totalmente, claro) se buscan sexualmente cuando todo en su naturaleza está preparado para la preñez de la hembra. Pero nosotros somos algo más que animales, aunque algunos se han olvidado. Si decimos que somos imagen de Dios, y la divinidad se constituye por una relación de personas que, siendo diversas en cuanto a personas, se unen en una sola unidad divina, la respuesta debe ser que nos crearon para una relación semejante.

No se trata, por tanto, de relación sexual. Se trata de relación de amor. Entendido el amor como el deseo y la decisión de mejorar al otro con lo que yo le regalo. Por eso decimos que, la tarea querida por Dios al crearnos sexuados, es que lleguemos a una unión vital, sumando el uno en el otro los regalos individualmente recibidos. La tarea del matrimonio, querida por Dios, es que ambos crezcan con el regalo y la suma de lo que uno tiene y al otro le falta. Y en el matrimonio se estará dando, en la continua convivencia, esta doble dinámica: o sumas, o restas. Si restas mayormente, tu relación termina diabólica. Si sumas en todo lo posible, serás una pareja divina.

Una pareja me consultó porque ella quería divorciarse. Debes tener una razón profunda, le indiqué. Y ella: “No aguanto más. Desde que nos casamos he sentido que me han ido achicando, arrancándome todo lo que me hace ser mujer y persona. Él no me permite ejercer mi profesión.  Él no tolera mis amistades. Él apenas comparte mis pasatiempos. Vivo aplastada”.  Le respondí: “pues divórciate, porque Dios sería muy cruel si te obliga a vivir en una relación que te deshumaniza. O mejor, cambien la dinámica; empiecen a sumarse”.

El verdadero amor es ‘fuerte’; dice el americano tough love. Y sumar es una tarea continua de matar mi egoísmo. La tendencia humana es buscar lo que me gusta, lo que me llena. Sin darnos cuenta vivimos en una actitud egoísta. Romper ese egoísmo es heroico. Y a eso están llamados los casados, en esa relación especial que se llama matrimonio, no apareamiento. Que cada uno de los cónyuges pueda declarar con verdad “eres más por lo que yo te regalo”. Estoy al lado de esta persona con la misión de mi creador de hacerla más por lo que yo tengo y ella no. Por eso decimos que en el matrimonio no se trata de un contrato en que se vende una cosa. Se trata de entregar, libremente y como regalo, todo lo que yo tengo. Así, si el esposo tiene 10 cualidades y ella 15, ella será 25 al final, y el también terminará con 25.

La imagen bíblica del matrimonio es la Trinidad. El Padre sopla fuera de sí todo lo que él es, menos el ser Padre; el Hijo agradecido sopla al Padre la divinidad recibida; el soplo de ambos se substantiviza en la tercera Persona, el Espíritu Santo. Y Dios desea reduplicar esta relación entre sus seres humanos de forma muy singular a través del matrimonio. Y en todo esto no hay contrato, no hay obligación. Es una alianza. Como las dos niñas siamesas que eran diferentes en todo. Se las quería separar con una operación. Era imposible, porque el órgano común que les daba vida a ambas era el corazón. Imagen del matrimonio; reflejo de la Trinidad.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante