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El Domingo de Ramos celebra la entrada mesiánica de Cristo a Jerusalén y marca el comienzo de la Gran Semana o Semana Santa. Una para la que nos hemos preparado por 40 días y para adentrarnos a revivir aquella entrega amorosa de Jesucristo en la Cruz para la salvación de la humanidad. Cada parroquia en el archipiélago borincano florecerá de piedad y una vivencia intensa de estos días para reflexión del más grande AMOR. Son días en los que algunos católicos regresan con corazón contrito al templo parroquial para confesarse y congregarse tras su ausencia desde algún tiempo, desde la pandemia o incluso muchos años. Por ello, durante estos días de procesiones, signos, misa crismal, representaciones vivientes de la pasión, viacrucis, comienzo del triduo pascual, horas santas ante el monumento del Santísimo y demás celebraciones es vital evitar esa mirada vigilante como un radar que busca al prójimo para juzgarle por su ausencia, vestimenta, apariencia o acciones. Hay que sustituir ese mal hábito por el modo de ser y actuar de Jesús. 

Por ello urge que cada creyente se adentre en una vivencia profunda de la rica Liturgia que la Iglesia nos propone para vivir la fe en estos días santos y así evitar encarnar personajes irreverentes que alejan y arremeten contra a los que se acercan tímidamente a Cristo. La Semana Mayor es tiempo de silencio, oración y reflexión; tiempo para vivir los defectos del prójimo con paciencia; para omitir críticas y malos pensamiento; tiempo para evitar las ocasiones de pecar. 

Asimismo, la Semana Santa es tiempo para amar con el pensamiento, con pocas palabras y mucho ejemplo; tiempo para obras de misericordia; tiempo para la sensibilidad, el perdón, el arrepentimiento y el consuelo. Tiempo prominente para la vida sacramental y manifestación colectiva de la fe. Con esto digo, que la llamada es a concentrarnos en vivir la Semana Mayor a plenitud y evitemos estar pendientes a cómo viven los demás estos días. No sabemos si nuestro ejemplo será lo que inspire una conversión sincera o, por el contrario, aleje tristemente al prójimo del encuentro anhelado con Jesucristo.

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

X: @Enrique_LopezEV