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El Evangelio presenta varios momentos que sorprenden y conmueven poderosamente a Jesús por el nivel de fe, conversión, humildad y sencillez. La hemorroísa, el ciego Bartimeo, la cananea, el centurión que le dice “solo una palabra tuya bastará” y muchos otros. Ninguno de estos ostenta preparación o títulos ni son apóstoles; son simples personas del pueblo. Uno de los momentos más crueles de la Pasión de Cristo, justo antes de la muerte del Cordero de Dios, queda un relato de fe impactante y esperanza. Se trata del Buen Ladrón, Dimas como lo llama la tradición o como lo llamarían en la calle: el santo pillo, por “robarse” la entrada al cielo.

Mientras los tres agonizaban en las alturas del Gólgota, el Buen Ladrón reprende a su compañero que insultaba a Jesucristo: Lo nuestro es justo, pues, recibimos la paga por nuestros delitos; este en cambio no cometió ningún crimen. Luego se dirige a Jesucristo crucificado para implorarle con una fe impactante y desesperada: Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí. 

Dimas no ha sido oficialmente canonizado por la Iglesia ni tiene patronatos. Pero no lo necesita nada porque el mismo Jesucristo reconoce que aquel día llegó al cielo. Lo curioso es que es la única persona a la que Jesús se dirige con tales palabras. 

Lo cierto es que allá en el Gólgota, junto al Hijo de Dios, hubo dos hombres ejecutados por sus crímenes: uno que fue temerario, orgulloso e insensible y que ganó su perdición; y otro con una fe inmensa, que se reconoció a sí mismo como lo que era, que imploró el auxilio de Dios y que ganó la salvación.

La conversión y camino al cielo es como una escalera que puede tomar toda una vida para recorrer. A pesar de sus defectos y errores, el santo pillo con su fe -porque creyó y reconoció a Jesús como el Salvador del Mundo-, con su esperanza -porque la espera agonizante junto a Jesús- y con su caridad -por el gesto de defensa, consuelo y ofrecimiento de su dolor que tuvo- aquel día ganó legítimamente lo que a la mayoría les toma una vida y es la finalidad del creyente: la Patria Celestial. No se robó nada, más bien con su consuelo sacó una sonrisa a Jesús…

Es injusto llamarlo Buen Ladrón o Santo Pillo. Su mal oficio o malas decisiones no pueden definir su vida así. Aquel hombre fue un santo que demuestra que la conversión puede darse hasta en el último momento; que las puertas del cielo están abiertas para los humildes y sencillos; que a pesar de los errores la misericordia de Dios se manifiesta poderosamente; que somos lo que somos ante Dios; y que con un gesto contundente de fe puede cambiar la vida. Si vives la enfermedad terminal o estás ante el momento de la muerte, encarna, vive y repite con toda tu fe las palabras y acto de contrición de Dimas.

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

X: @Enrique_LopezEV