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Me contaron esta historia que comparto contigo: “En cierta ciudad, había una tienda con el siguiente letrero: «Vendemos felicidad». Los clientes descubrían con asombro que quien atendía el negocio era un ángel. Busco, le dijo un visitante, dinero, amor, serenidad, salud, alegría, prosperidad. Perdone, amigo, respondió el ángel. Aquí no expendemos productos procesados. Solamente semillas.

 Cuando el Señor contaba sus parábolas, los temas del campo afloraban de manera espontánea. Los pájaros, los lirios, el sol, la lluvia, la montaña, el camino, las viñas y el trigal servían de referencia a su enseñanza. Un día se comparó Él mismo con un sembrador que de mañana salió al campo a regar la semilla. Parte cayó sobre el camino y fue alimento de las aves. Otro puñado, en tierra pedregosa. Otros granos cayeron entre zarzas. Pero a pesar de todo, muchas semillas lograron buena tierra. Y produjeron el ciento, el sesenta, el treinta por uno.

Jesús describe con acierto la tarea de siembra en Palestina: Junto a la tierra revolotean los pájaros que, según san Mateo, «no siembran, ni cosechan, guardan en graneros», pero «el Padre celestial los alimenta». En muchos lugares apenas una capa de humus disimula el piso calcáreo. Los cardos y los abrojos, que menciona la Biblia muchas veces, tampoco escasean. El arado podía decapitarnos, pero la lluvia los haría brotar con más fuerza. Otros solares fértiles ofrecen óptima cosecha. Sin embargo, una utilidad del ciento por uno, como dice Jesús, no deja de ser exagerada.

Ahora bien, las parábolas de Jesús no son fotografía de la realidad. Son formas pedagógicas de presentarnos el mensaje. De ahí que al final, el Señor advierte: «El que tenga oídos que oiga». En otras palabras: El que quiera entender que aplique a su vida esta enseñanza. Y además: Cada uno pregúntese qué clase de tierra es para Dios. Cuando los discípulos piden al Señor que les aclare la parábola, El, la explica de modo simple y sencillo. Y los varios terrenos corresponden a las actitudes con que nosotros acogemos a Dios. Quienes lo aceptan, a pesar de las dificultades, se alegrarán en la cosecha.

Aprendemos así que nuestra persona, la familia, nuestro grupo son la tierra donde el Señor ha regado buena semilla. A cada uno le toca apartar las piedras y las zarzas, mejorar la calidad del surco, hasta que mundo se llene de valores. No imitemos al visitante de aquella tienda extraña, para pedir de inmediato: Justicia, capacidad de convivencia, progreso, estabilidad económica, paz interior, esperanza. Todo esto lo deseamos empacado al vacío y a prueba de caducidad. Pero el Señor dirá: Lo siento, amigo. Yo solamente entrego las semillas.”

Padre Obispo Rubén González

Obispo de Ponce

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