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Un autor contemporáneo comenta  sobre la eucaristía lo siguiente…                                                      

El amor contiene un ingrediente esencial que es el recuerdo. Sin el constante ejercicio de la memoria todo afecto se marchita y muere. Por esto, el lenguaje de los enamorados repite mil veces: «No me olvides». Una expresión que busca apoyo en el regalo de la última cita.

También la fe, para avanzar, exige el recuerdo vivo del Señor. La fiesta de la Pascua volvía a grabar en las mentes judías que Yahvé los había liberado de Egipto. Y los profetas gastaban su voz, procurando que el pueblo no olvidara las hazañas de Dios a favor suyo. Jesús, como buen judío, cada año celebraba la cena pascual. Y aquella noche de su despedida, él era el padre de familia que presidía la mesa, entre un grupo selecto de amigos.

Los evangelistas cuentan cómo el Señor alteró un poco el ritual tradicional. Presentó a sus discípulos un trozo de pan y una copa de vino, señalando que este sería el signo de una nueva alianza con quienes creyeran en él. Enseguida les ordenó repetir este gesto en su memoria. Entonces los discípulos pudieron comprender mejor los largos discursos sobre el pan de vida, que Jesús había recitado anteriormente. El Señor había dicho que es necesario comer su Cuerpo y beber su Sangre, para alcanzar la resurrección y la dicha. Las primeras comunidades cristianas se reunían el primer día de la semana, muy de madrugada, o al comenzar la noche. Un apóstol o el anciano del grupo, contaba de nuevo el relato de la despedida del Señor y repartía el pan y el vino entre los asistentes. Esta asamblea comenzó a llamarse Eucaristía, lo cual significa acción de gracias. Y luego la nombraron memorial.

Todos sentían la presencia del Maestro resucitado que reanimaba su caminar en la fe. Hacían mención de quienes habían dado la vida por el Evangelio. Rogaban por los ausentes y los viajeros. Se preocupaban de los enfermos y los encarcelados. Y, sobre el egoísmo y las tensiones de todo grupo humano, trataban de mantener un solo corazón y una sola alma. Nuestra Misa nació en esta Iglesia primitiva que conservaba fresco el recuerdo de Jesús resucitado. Este gesto de compartir el pan y el vino es la mejor manera de hacer presente al Señor, en cada una de nuestras circunstancias. «Oh sagrado banquete>>, reza una antífona tradicional de la Iglesia, en el cual se come a Cristo. Allí recordamos con gratitud su pasión.

En buena hora nos dio Jesús su memorial, para que seamos testigos de cuanto Él ha hecho por amarnos, para que recordemos esas pequeñas glorias que hemos conquistado, cuando correspondemos a su amor.

Padre Obispo Rubén González

Obispo de Ponce

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