Eucaristía: salvadora y antídoto para el individualismo

Antes de su Pasión y Muerte, Jesús se reunió con sus apóstoles en lo que conocemos como la Última Cena. En ese momento “tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía. Después, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por ustedes”. Son varios los relatos que narran este acontecimiento tan importante que presenta a la Eucaristía, que significa “acción de gracias”. Pero ¿por qué dedicamos un día en el calendario litúrgico al Cuerpo y la Sangre de Cristo? 

Historia de Corpus Christi 

Aunque originalmente la fiesta del Corpus et Sanguis Christi (Cuerpo y Sangre de Cristo) se celebra el jueves siguiente a la octava de Pentecostés (celebrada el 8 de junio), esta también se puede celebrar el domingo siguiente (que este año sería el 11 de junio). Para explicar un poco más este tema de la solemnidad que celebramos este décimo domingo del tiempo litúrgico, El Visitante dialogó con el Padre José Antonio “Chelo” López Vega quien es delegado episcopal de Puerto Rico para los Congresos y Jubileos Eucarísticos Internacionales. 

El párroco de Cristo Rey en Ponce expresó a este semanario que la historia de dicha fiesta no es diferente a la que contó Benedicto XVI en el 2010. Resulta que la solemnidad del Corpus Christi fue instituida por primera vez en el mundo por el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, acogió la propuesta de Santa Juliana de Lieja, que era muy devota de la Eucaristía. La santa “tuvo una visión” -cuenta P. Chelo- donde entendía que Jesús le estaba pidiendo que se celebrara una fiesta dedicada a su Cuerpo y Sangre. 

Benedicto añadió en aquel momento que la fiesta del Corpus Christi se expandió a otros lugares hasta llegar a Santiago Pantaleón de Troyes quien, al convertirse en Papa con el nombre de Urbano IV, en 1264 quiso instituir la solemnidad del Corpus Christi como fiesta de la Iglesia Universal, siendo esta el jueves sucesivo a la octava de Pentecostés. 

En el documento titulado Transiturus de hoc mundo, Urbano IV instituye esta fiesta y escribe: Aunque cada día se celebra solemnemente la Eucaristía, consideramos justo que, al menos una vez al año, se haga memoria de ella con mayor honor y solemnidad. Después de la muerte de este pontífice -narró Benedicto- la celebración de la fiesta del Corpus Christi se siguió celebrando. Sin embargo, el Papa Juan XXII “la restableció para toda la Iglesia” en 1317 y se sigue celebrando hasta la fecha con gran devoción. Esta celebración dedicada a la eucaristía “es para mostrarle al mundo el lugar donde se ha quedado el Salvador”, añadió López Vega. 

¿Es realmente Jesús?

“La eucaristía salva al mundo” fue el lema de uno de los primeros congresos eucarísticos internacionales, y es que “el Jesús de la historia y el eucarístico es el mismo”. Es decir, “no está disminuido, simbólicamente representado -en la eucaristía- ni es una imaginación. ¡Es real! Está todo su cuerpo y está toda su sangre” en la Eucaristía, recalcó P. José Antonio. Por tanto, la presencia verdadera del Cuerpo y la Sangre de Cristo en este sacramento “no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe” (Catecismo, núm. 1381). 

Sobre esto, el Padre Orlando Lugo, párroco de Santísima Trinidad en Ponce, explicó en su podcast “Un Cura de Barrio” que, aunque se consagra el pan y el vino en la Santa Misa, este se convierte totalmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. “Si yo comulgo solo el pan o solo el vino, estoy comulgando a ‘todo Cristo’, no solamente el cuerpo o la sangre”. 

“Primavera eucarística”

Aunque se dice que ha habido una “deficiencia doctrinal de la catequesis sobre la eucaristía” luego del sacramento de la primera comunión, Benedicto XVI afirmó en su momento que la Iglesia vive continuamente una “primavera eucarística”, pues son muchas las personas que “se detienen ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús”. Además, el Pontífice exclamó sentir consuelo al saber que muchos “han redescubierto la belleza de orar delante del Santísimo Sacramento”. 

¿Cómo continuamos proclamando al mundo la presencia real y sustancial del cuerpo, alma y divinidad de Cristo en la Eucaristía? Se entiende que viviendo el sacramento y respetándolo, pues no se percibe que exista un cristiano “sin vida eucarística”, indicó P. Chelo. Por eso es importante permanecer en gracia para recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. Recordemos las palabras del mismo Jesús (Jn 6, 55-56): Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. 

Por otro lado, el propósito de las procesiones y adoraciones eucarísticas, en la solemnidad de Corpus Christi u otras ocasiones, es para dar a conocer y reconocer la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. “Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por los calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad. Que nuestras calles sean calles de Jesús. Que nuestras casas sean casas para él y con él. Que nuestra vida de cada día esté impregnada de su presencia,” manifestó Benedicto XVI en el 2005. 

El llamado final del presbítero de Ponce fue a “redescubrir la presencia de Cristo en la eucaristía” y el amor a ella, pues es necesario un “impulso eucarístico” en las diócesis y las parroquias de nuestra Isla, así como que en cada uno de los procesos de nuestra vida tengamos experiencia con Jesús vivo y realmente presente en la Eucaristía.

 Jorge L. Rodríguez Guzmán 

j.rodriguez@elvisitantepr.com 

Twitter: jrodriguezev 

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Dr. Héctor Balvanera destaca el valor histórico y espiritual del Santuario de la Madre de la Divina Providencia

Durante el Simposio sobre el Año Jubilar Mariano y la devoción mariana en la identidad puertorriqueña, el investigador presentó un recorrido por cien años de historia, arquitectura y expresiones de fe que contribuyeron a consolidar la devoción a la Patrona de Puerto Rico. La historia del Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, ubicado en la Catedral de San Juan Bautista, fue el tema central de la ponencia ofrecida por el Dr. Héctor Balvanera durante el Simposio sobre el Año Jubilar Mariano y la devoción mariana en la identidad puertorriqueña, celebrado este martes, 13 de octubre. Bajo una perspectiva histórica, arquitectónica y patrimonial, el investigador presentó un análisis del desarrollo del santuario entre 1853 y 1953, destacando cómo la arquitectura, el arte, la liturgia y la participación de los fieles contribuyeron a fortalecer una devoción que llegaría a convertirse en parte esencial de la identidad religiosa puertorriqueña. Durante su exposición, explicó que la historia de esta advocación mariana no puede comprenderse únicamente desde su reconocimiento como patrona, sino también desde los espacios sagrados, las imágenes y las prácticas religiosas que permitieron transmitir su significado de generación en generación. La reconstrucción de la Catedral y el origen del Santuario El Dr. Balvanera situó los orígenes del santuario en el proceso de reconstrucción de la Catedral de San Juan Bautista durante el siglo XIX, particularmente bajo el impulso del obispo Gil Esteve y Tomás, quien llegó a Puerto Rico en 1849. La Catedral, cuya construcción y transformación se extendieron durante varios siglos, había experimentado daños y modificaciones como consecuencia de fenómenos naturales y dificultades económicas. El proyecto de restauración permitió reorganizar y embellecer el templo, integrando elementos arquitectónicos y artísticos que reforzaron su importancia como sede episcopal. Según explicó, la reapertura solemne de la Catedral en 1852 fue interpretada por sus contemporáneos como una manifestación de la providencia divina. En ese contexto surgió la iniciativa de establecer un espacio dedicado a Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, como expresión de gratitud por la culminación de las obras. El investigador destacó que la creación del santuario no fue una iniciativa aislada, sino parte de un mismo proyecto que buscaba restaurar tanto la estructura material de la Catedral como fortalecer la vida espiritual de la Iglesia en Puerto Rico. Un espacio donde el arte y la liturgia se encuentran Uno de los aspectos más destacados de la conferencia fue el análisis arquitectónico de la capilla dedicada a la Virgen, establecida en un espacio anteriormente vinculado a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Balvanera explicó que su ubicación dentro de la Catedral responde a una organización que establece una relación entre los espacios dedicados a la Eucaristía y a la devoción mariana. Esta disposición permitió integrar el santuario al conjunto arquitectónico sin restar centralidad a las celebraciones litúrgicas. Asimismo, destacó el valor del programa iconográfico de la capilla, cuyas representaciones relacionan acontecimientos y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento con la figura de María y su participación en la historia de la salvación. El investigador también abordó la evolución de las imágenes veneradas en el santuario, comenzando con el conjunto escultórico de la Virgen y el Niño encargado en Barcelona en 1853. Con el paso de los años, el espacio experimentó transformaciones y enriquecimientos artísticos, entre ellos la construcción del camarín en 1881 y la incorporación de elementos decorativos que resaltaron la dignidad de la imagen mariana. Una devoción construida por el pueblo Más allá de los elementos arquitectónicos, el Dr. Balvanera destacó el papel fundamental de los fieles en el desarrollo y sostenimiento del santuario. Desde sus comienzos, la comunidad participó en la adquisición de imágenes, el financiamiento de obras y la organización de celebraciones religiosas. Las novenas, las misas cantadas y otras prácticas de piedad contribuyeron a establecer una tradición devocional que trascendió generaciones. En este sentido, explicó que el reconocimiento de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia como Patrona de Puerto Rico no puede entenderse únicamente como resultado de una disposición eclesiástica, sino como la culminación de un proceso espiritual y cultural desarrollado durante décadas. La permanencia de las celebraciones y el compromiso de sacerdotes, benefactores y comunidades permitieron conservar esta tradición incluso durante los períodos de transformación del santuario. La coronación de 1953 y la identidad puertorriqueña La última parte de la ponencia estuvo dedicada a las intervenciones realizadas entre 1951 y 1953, relacionadas con la coronación de la imagen de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia. El investigador explicó que estos trabajos incluyeron la restauración de elementos del santuario y de la imagen, así como la incorporación de símbolos que reafirmaron el vínculo entre la advocación mariana y el pueblo puertorriqueño. Entre ellos destacó la colocación del escudo de Puerto Rico y una inscripción conmemorativa que identificaba a la Virgen como protectora del país. Para Balvanera, la coronación de 1953 representó el reconocimiento solemne de una realidad espiritual construida durante un siglo mediante la participación de generaciones de fieles. También llamó la atención sobre la presencia de la cripta episcopal bajo el santuario, un elemento que permite relacionar la historia de la devoción mariana con la sucesión de los pastores que han acompañado a la Iglesia en Puerto Rico. Patrimonio, memoria y fe Al concluir su intervención, el Dr. Balvanera subrayó que los patronazgos religiosos requieren mucho más que reconocimientos oficiales: necesitan lugares, imágenes y prácticas capaces de conservar y transmitir la memoria espiritual de una comunidad. Desde esta perspectiva, el Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia constituye un testimonio vivo de la relación entre la fe católica y la identidad puertorriqueña. Su historia demuestra cómo la arquitectura, el arte y la liturgia pueden convertirse en expresiones concretas de la experiencia religiosa de un pueblo. La ponencia ofreció así una mirada al patrimonio mariano de Puerto Rico, invitando a reconocer en el santuario catedralicio no solamente un espacio de veneración, sino también un lugar donde convergen la historia, la memoria colectiva y la fe de generaciones de puertorriqueños.

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