(Homilía durante la ordenación sacerdotal de P. Ernesto González González el 3 de enero, en la Catedral de San Juan)

 

Mons. Roberto O. González Nieves, OFM

Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de San Juan

 

Hoy celebramos un gran acontecimiento para nuestra Iglesia Particular, para Puerto Rico y para la vida de Ernesto, quien será ordenado sacerdote de Cristo para su pueblo.

 

Ernesto, hoy te ordenas sacerdote de nuestro Señor  Jesucristo. Como tal, participarás plenamente en el ser, en la función y en la vida íntima con Cristo. Tú, en virtud de la ordenación y unción de hoy tendrás la misión de ser como otro Cristo. ¿Por qué ha de ser así?  Ernesto, tú serás consagrado, ungido y elegido para prolongar en el mundo la función sacerdotal recibida de Cristo, que es la misma función que Cristo vino a realizar a partir de su nacimiento en Navidad.

Ernesto, te ordenas sacerdote en el tiempo litúrgico en que la Iglesia celebra la Navidad, y específicamente hoy, que celebramos la Fiesta de nuestra Señora de Belén, la primera advocación mariana en Borinquen. El acontecimiento de la Navidad no solo comenzó el sacerdocio de Cristo, sino, el tuyo, el cual recibes hoy y del cual Dios, por su infinita misericordia, te hace partícipe.  En este tiempo litúrgico, cuando la Iglesia celebra con alegría la encarnación del Hijo de Dios, él, Jesús, te llama para que seas su rostro en las tinieblas del Belén en nuestros tiempos.

¿Cuál es ese rostro de Cristo que has de reflejar en tu ministerio? El rostro de Jesús en Belén. En Belén Dios nos muestra su rostro de humildad, nos muestra su rostro de ternura, de dulzura, de hacerse frágil con el frágil, débil con el débil y pequeño con el pequeño, pobre con el  pobre y marginado con el marginado. Hoy, Ernesto, te vestirá de sacerdote, Aquél que en Belén, fue vestido en pañales demostrando la simpleza de vivir el ministerio. Que tu vida identifique tu sacerdocio; no lo que podamos vestir. ¡Ni el cuello clerical ni la sotana hacen al cura! ¡Sino nuestro nuestra vida!

Otro rostro de Belén que debe acompañar a todo sacerdote es el de la alegría. La alegría cristiana comenzó en Belén. Ante la presencia de Dios en este mundo, se alegraron los ángeles, cantaron los ángeles, se alegraron los pastores, los sabios de Oriente. La alegría de Belén es una alegría que no hace sentido a la lógica humana: ¿por qué alegrarse cuando la Virgen no tuvo acogida ni posada; por qué alegrarse cuando se nace en la pobreza, en un establo en medio de animales? ¿Por qué alegrarse cuando no había ni una cama o lugar parecido en dignidad para colocar al niño, o cuando ni ropa para vestirlo y protegerlo del frío había?

Porque en Belén se experimentó la verdadera alegría, la que no es material, la que es eterna, aquella alegría que es la zarza espiritual que el fuego del nacimiento de  Dios  no ha dejado de arder y que nunca se apagará.

Ernesto, has de la alegría de Belén esa zarza ardiente que haga arder siempre tu corazón por Cristo, por sus fieles, por su Iglesia y por el mundo desde tu primer latido sacerdotal en unos minutos hasta el último de tu vida.

Sobre este tema de la alegría sacerdotal decía el Papa León Magno en ocasión de la Navidad: “No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la Vida, disipando el temor de la muerte y llenándonos de gozo con la eternidad prometida.” Ernesto, sé un sacerdote de la alegría de Cristo en un Puerto Rico entristecido; sé un sacerdote con la valentía de María, con la valentía, de José, del Bautista, en un Puerto Rico que no se puede acobardar ante las injusticias coloniales, legales, sociales, económicas y ambientales.

Ernesto, te ordenas sacerdote, hoy, día de la Virgen de Belén. ¿Qué significa Belén? Significa “casa del pan”.  Allí en un pesebre, se encontraba colocado el Pan del mundo. Decía un Santo de la Iglesia: “Es la santa Iglesia, en la cual se distribuye el cuerpo de Cristo, a saber, el pan verdadero. El pesebre de Belén se ha convertido en el altar de la Iglesia. En él se alimentan los animales (las ovejas) de Cristo.” “En este pesebre y bajo las especies de pan y vino está el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo. En este sacramento creemos que está el mismo Cristo; pero está envuelto en pañales, es decir, invisible bajo los signos sacramentales. No tenemos señal más grande y más evidente”, (San Elredo de Rievaulx, [1110-1167] Sermón: Hoy nos ha nacido un Salvador; Sermón 1 de la Natividad del Señor: PL 195, 226-227).

Ernesto, nuestra Iglesia es toda una Belén, porque con su Eucaristía se ha convertido en casa del Pan Verdadero.  Sé un sacerdote de Belén, es decir, un sacerdote, casa del Pan, templo vivo del Pan Verdadero; procura con tu vida de oración continua, perseverante, a tiempo y destiempo, ser Pan para la vida del mundo.

 En este pesebre está Jesús envuelto en pañales. La envoltura de los pañales es la cobertura de los sacramentos. En este pesebre y bajo las especies de pan y vino está el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo. En este sacramento creemos que está el mismo Cristo; pero está envuelto en pañales, es decir, invisible bajo los signos sacramentales. No tenemos señal más grande y más evidente del nacimiento de Cristo como el hecho de que cada día sumimos en el altar santo su cuerpo y su sangre; como el comprobar que a diario se inmola por nosotros, el que por nosotros y nosotras nació una vez de la Virgen.

En el Evangelio de hoy, San Lucas nos dice que los pastores se decían unos a otros “vamos derecho a Belén, a ver lo que ha pasado”.  A Belén, el sacerdote está llamado a ir derecho, sin desvíos, sin distracciones, con obstáculos pero sin detenerse. Ir derecho a Belén es caminar con rectitud, vivir sin dobleces y con trasparencia. La iglesia no necesita curas duplícitos. Y, allí en Belén, encontrarás, junto al Niño, junto a su madre, a San José, hombre recto y justo, modelo a seguir para todo sacerdote de Cristo.

¿Cuál es el camino de todo sacerdote? El camino que conduce hacia Belén, el de la pequeñez, el de la sencillez y la humildad,  el de la falta de posada a veces, el del rechazo de acogida en otras ocasiones, pero siempre, el lugar de encuentro con Jesús, con María y José. En Belén no había grandes banquetes, pero el único que importa y verdaderamente salva; no había palacio, pero la morada eterna; no había amplias y elegantes vestiduras, pero se nos envuelve con su gracia y se nos reviste de Cristo; no habían testigos de renombre, pero sí de fe, de rectitud y de justicia y paz.

Hoy Ernesto, me conmueve decirte con San Gregorio de Nisa, “¡Corramos, pues, a Belén, la pequeña ciudad de la Buena Noticia! Y somos verdaderos pastores, si permanecemos despiertos en nuestra guardia, es a nosotros que se dirige esta voz de los ángeles que anuncian un gran gozo…: «¡Gloria a Dios en lo más alto del cielo, porque la paz baja a la tierra!”  (335-395; Sermón de Navidad, passim; PG 46, 1128)

Ernesto, presbítero desde hoy, cuando el cansancio propio de nuestra fragilidad humana se asoma; cuando vienen las tentaciones que no son pocas, las pruebas que no son pocas, la soledad que nos visita, ya sabes qué hacer: ¡Salir corriendo! Pero derecho hacia Belén como los pastores. Allí encontráis el alimento del mundo; la luz que disipa las tinieblas,  los pañales que te envuelven de gracia, y con María, con José, para que nunca dejes de contemplar al Niño que es señal de Dios. Solo la luz de Cristo es capaz de iluminar los momentos de oscuridad y orfandad espiritual de un sacerdote; ¡No ir a otro lugar; ir, correr, derecho, sin desviarte, hacia Belén!

Jesús, Sumo y Eterno sacerdote, desde su nacimiento pobre en Belén y su muerte cruel en el Gólgota, estuvo acompañado de su madre, la llena de gracia. Ella es ejemplo de dar un “sí”  perpetuo, a pesar de la advertencia de que su corazón sería traspasado. En Belén, María se hace Madre del Niño Dios y en el Gólgota Madre de la humanidad; en Belén ella nos da a Jesús como su Hijo y en el Gólgota, el Hijo nos la da como madre; en Belén ella está al pie del pesebre y en Gólgota, al pie de la cruz; ella está siempre tanto en el nacimiento de su Hijo como en la hora de su muerte. Asimismo ella está con sus nuevos hijos,  los sacerdotes: tanto cuando nace al sacerdocio como cuando expira siendo sacerdotes de Cristo.

Ernesto, la Virgen de Belén, nos dice San Lucas, que “conservaba toda esas cosas, meditándoles en el corazón” (Lc 2, 19) ¿Qué era lo que María conservaba y llevaba en su corazón?  María conserva en su corazón lo que llevó en su vientre. María de Belén nos dice dónde llevar a Jesús: ¡en el corazón!  Haz de tu cuerpo un Belén, es decir, una casa del Pan; de tu sacerdocio una posada, lugar de acogida y no de rechazo y exclusión; de tu corazón, un pesebre donde tus fieles puedan contemplar el rostro y la ternura de Dios. Que el Señor te bendiga y proteja siempre. Que la Virgen de Belén, la Celestial Compatriota de cada boricua, interceda por ti y por toda nuestra nación puertorriqueña ahora y siempre.

 

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