Esa es la palabra. Surge fuerte, gracias a Dios, en los momentos de calamidad general como son nuestros huracanes. El Señor nos brinda, entonces, la ocasión de poner en marcha eso que es tan genuinamente cristiano: somos pueblos, somos familia, funcionando así somos discípulos. Dice Eclesiastés: “Pobre del solo si cae: no tiene quién lo levante”. Y la calamidad que nos amenaza a todos hace brotar esos sentimientos que llevábamos por dentro: Sal de ti y mira a tu hermano.

En los momentos calamitosos los puertorriqueños hemos mostrado gran solidaridad. Se vio en la múltiple ayuda cuando el terrible terremoto en Haití. Se vio en nuestros huracanes, cuando el vecino con planta le pasaba el cable al que no la tenía. Lo vimos en la fiesta callejera, consumiendo entre vecinos la carne que de otro modo se dañaría. Lo vemos en el sacrificio de servidores públicos que salen a buscar refugiados, entre viento y marea, no tanto porque es su oficio y por eso le pagan, sino porque es su habilidad y la necesidad del otro le conmueve.

Si decimos que “no hay mal que por bien no venga”, el bien de nuestro común mal económico en este momento se transformará en el vecino que lleva la comprita al que quedó desempleado, o le cuida los niños en lo que él se las busca. Se ve en las ancianas que rezan por su pueblo, y de tantas maneras el Señor muestra que las oye. Job en su desgracia total fortaleció su fe en el Dios que tiene las respuestas, aunque no se las quiera mostrar

Solidaridad significa componer de varios uno, hacerse sólido con otra cosa, algo así como una aleación. Hay personas que tal vez no sean practicantes de la fe, tal vez su bautismo ha quedado un poco como la semilla en la nevera, que no brota. Pero brota, cómo no, en esos gestos, algunos heroicos, de desprendimiento propio ante la necesidad del vecino cuya niña necesita sangre para la operación, o el que llora la pérdida de un ser querido. Dorado se volcó en las calles para acompañar los féretros de toda esa familia inocentemente sacrificada en la absurda guerra por la droga. Por encima de tantas diferencias que portamos, esos gestos nos hacen uno, nos solidifican.

En otras culturas el hijo rico se libraba del servicio militar obligatorio pagándole a un pobre campesino para que ocupara su puesto. Eso es sumamente triste. Pero también hay sustitutos santos, como San Maximiliano Kolbe, que asume el puesto del prisionero a quien le tocaba ser ultimado por los nazis. La solidaridad mayor es la de nuestro Redentor: él tomó sobre sí nuestros pecados. Y dice Pablo: “A aquel que no conoció el pecado, Dios lo trató por nosotros como un pecador, para que nosotros, por su medio, fuéramos inocentes ante Dios”.

También hay tristes ejemplos de no solidaridad. Son como Caín quien, ante la pregunta de Dios “dónde está tu hermano”, contesta que él “no es el guardián de su hermano”. Es el que dice que cada uno se raspe su piragua. Es el político corrupto que sorbe para sí del presupuesto lo que se destinaba a programas para los desvalidos. Es el comerciante avaro, que esconde su mercancía esperando el momento de escasez para subir el precio. Si algo queda claro del ministerio del Papa Francisco es su preocupación porque nuestra Iglesia, en toda su actuación, se comporte como solidaria. Lo que hicieron con el hermano pequeño, conmigo lo hicieron.

(P. Jorger Ambert, SJ)

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