Los católicos creemos en la Trinidad, asistimos a misa, rezamos el rosario, hacemos novenas, ayunos, dedicamos misas, entre otras prácticas religiosas llevadas a cabo en un esfuerzo de alcanzar la santidad. Sin embargo, a veces no nos damos cuenta que la vida de uno está ligada a la de los demás y nos encerramos en nosotros mismos. Al otro lo “invisivilizamos”, lo ignoramos. Fallamos muchas veces en reconocer la responsabilidad cristiana de ser solidarios.

Ante las condiciones que enfrenta nuestra nación hoy y las dificultades que se esperan en un futuro cercano es importante reconocer la dignidad de la persona humana para defenderla, ayudarla a desarrollarse, a progresar. La Doctrina Social de la Iglesia cuenta con unos principios que apoyan el pensamiento social católico. Son principios de carácter general y fundamental, que se refieren a la realidad social en conjunto, desde las relaciones interpersonales, caracterizadas por la proximidad y la inmediatez, hasta aquellas medidas impuestas por la política, por la economía y por el derecho; desde relaciones entre los pueblos y las naciones (DSI 161). Los principios tienen vínculos estrechos entre sí, por ejemplo, el principio de solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos y solidaridad y paz en el mundo (DSI 194).

En Puerto Rico hoy, muchos solo hablan de la crisis, de programas, de planes, de medidas, de leyes y de múltiples análisis económicos como remedio para salir de la crisis, pero cada cual pensando en sus propias ambiciones y la de aquellos que utilizan el poder para adelantar sus intereses sin importar el bienestar de los demás. En este marco socio político, la solidaridad tiene que imponerse como la forma en que nos relacionemos unos con otros. La solidaridad implica la búsqueda de puntos en común como aportación positiva de todos los grupos sociales, políticos, económicos y religiosos para evitar que se continúe con la separación y el individualismo, y lograr que prevalezca el entendimiento para lograr el bien común. En ocasiones, confundimos los actos nobles filantrópicos con solidaridad. Ser solidario es algo más que dar comida, ropa usada o una limosna al deambulante. Estas son acciones de apariencia solidaria y aunque son actos loables y nobles no son intensos y contundentes. Porque podemos compartir sin realmente reconocer al otro como mi igual.

¿Qué constituye entonces la verdadera solidaridad? En la parábola del buen samaritano, narrada por el propio Jesús, cuando le preguntan “¿quién es mi prójimo?” se revela el alcance de la verdadera solidaridad.  Jesús no hace distinción entre los hombres; todos, sin importar nacionalidad ni ideas son prójimos. En la doctrina cristiana la solidaridad se extiende a todos en el universo. Aunque no sean de los “tuyos” deben ser amados con el mismo amor con que les ama Dios. La Madre Teresa decía: “No se puede amar sino a expensas propias”.

La Doctrina Social de la Iglesia se fundamenta en unos valores universales, inherentes a la dignidad de los seres humanos. Estos valores son: la verdad, la libertad, la justicia y el amor. Son estas condiciones esenciales para la paz y de vínculo profundo con la solidaridad. La convivencia humana clama por edificar la paz en un mundo cada vez más complejo y de guerras fragmentadas. Esto nos debe llevar a solidarizarnos, viendo la comunidad social, económica y política en un conjunto. De esta manera, la sociedad se convierte en una fuerza capaz de lograr vías nuevas con las que se afrontan los problemas y se renuevan las estructuras de ordenamiento. Pero no pueden ser acciones de caridad que aunque loables, no dejan de ser una respuesta noble y sensible por compasión, pero que representan solo un alivio para el momento particular. La solidaridad es compromiso cotidiano, permanente, profundo y contundente con el ser humano.

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