La Iglesia promueve la donación de órganos como una forma de regalar vida y solidaridad generosa. Varios sumos pontífices han señalado que la donación de órganos es un acto concreto de amor. Sobre este particular el Catecismo de la Iglesia Católica arroja luz en los numerales: 2296, 2300 y2301. Pero, ¿y sobre donar el cuerpo completo para fines de investigación científica?

Antes de ir a la pregunta, hay que revisar qué exactamente señala el Catecismo sobre la donación de órganos y el cuerpo de los difuntos. “El trasplante de órganos es conforme a la ley moral si los daños y los riesgos físicos y psíquicos que padece el donante son proporcionados al bien que se busca para el destinatario. La donación de órganos después de la muerte es un acto noble y meritorio, que debe ser alentado como manifestación de solidaridad generosa. Es moralmente inadmisible si el donante o sus legítimos representantes no han dado su explícito consentimiento. Además, no se puede admitir moralmente la mutilación que deja inválido, o provocar directamente la muerte, aunque se haga para retrasar la muerte de otras personas”, (CCE, 2296).

Por otro lado, el Catecismo (2300) menciona: “Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cf Tb 1, 16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo”.

Continúa (2301): “La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay razones de orden legal o de investigación científica. El don gratuito de órganos después de la muerte es legítimo y puede ser meritorio. La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo (cf CIC can. 1176, § 3)”.

Otra referencia reciente es un discurso que pronunció el Papa Francisco ante la Asociación Italiana para la Donación de Órganos, Tejidos y Células el 13 de abril de 2019 en la Sala Clementina de la Ciudad Vaticano. “En la Carta Encíclica Evangelium vitaeSan Juan Pablo II nos recordaba que, entre los gestos que contribuyen a nutrir una auténtica cultura de la vida «merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables ―esto hay que subrayarlo―, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas» (n. 86). Por eso es importante mantener la donación de órganos como un acto gratuito no remunerado. Efectivamente, cualquier forma de mercantilización del cuerpo o de parte de él es contraria a la dignidad humana. Cuando se dona sangre o un órgano del cuerpo, es necesario respetar la perspectiva ética y religiosa”, dijo el Santo Padre.

Este semanario consultó a Padre Jorge Ferrer, SJ, doctor en teología moral, integrante de la Comisión Teológica Internacional, académico de la Pontificia Academia de Vida –que tradicionamente ocupa los temas de bioética- y profesor de la Escuela de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, si la donación del cuerpo para fines investigativos le aplican los mismos criterios aquí citados que apelan a la donación de órganos. 

Su respuesta fue clara. “Sí, es perfectamente legítimo”, aseguró P. Ferrer. El sacerdote jesuita explicó que luego del cuerpo ser donado a una institución educativa, esta tiene como finalidad el estudio e investigación científica del cuerpo, sus órganos y el funcionamiento de los mismos. Al finalizar la investigación, precisó P. Ferrer, la institución entrega el cuerpo a la familia para sean los familiares quienes disponga de los restos mortales mediante la sepultura o cremación.

Añadió P. Ferrer lo siguiente: “La donación del propio cuerpo después de la muerte para la educación médica y la investigación científica es un acto de generosidad y amor, como lo es la donación de órganos. Es importante notar que deben darse algunas condiciones para garantizar la licitud moral de la donación. En primer lugar, debe ser un acto voluntario e informado de la persona que dona su cadáver, de la misma manera que debe serlo la donación de órganos. Además, debe ser un acto gratuito, de pura generosidad. El cuerpo humano, también después de la muerte, no puede convertirse en objeto de comercio”. 

“Los familiares y amigos pueden y deben celebrar la misa exequial para despedirse del cuerpo, pero no hace el rito del enterramiento. Normalmente, las instituciones de educación médica e investigación devuelven, después de un período de tiempo, las partes del cadáver que están todavía intactas a los familiares para que sean debidamente sepultadas. Es muy importante que las instituciones de educación médica y de investigación desarrollen una cultura de respeto al cadáver humana. Además de los derechos legales del cadáver, que existen, el cuerpo del donante merece un especial respeto y gratitud. En algunas instituciones existen incluso ceremonias para expresar ese agradecimiento. Es aconsejable que la persona que tiene intención de donar su cuerpo a la ciencia, lo dialogue con su familia. En todo caso es una opción legítima éticamente y yo diría que encomiable y que deberíamos promover, eso sí, garantizando la entera libertad de las personas y el debido respeto al cadáver humano”, concluyó.

Enrique I. López López