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En los cánticos del Siervo de Yahveh, Isaías, de una manera sorprendente, profetiza todo lo que el Siervo de Yahveh, Jesús, sufriría por la salvación del pueblo, 500 ó 600 años antes de que sucedieran.

En el hermosísimo cántico de la Carta a los Filipenses, San Pablo nos hace una exposición teológica sobre la encarnación de Jesucristo, y la gran implicación de ésta: el Hijo de Dios adquirió la capacidad de sufrir y morir.

La gran característica de la Pasión según San Mateo es el énfasis de que Jesucristo es el Mesías prometido en el Antiguo Testamento, y que por su muerte, liberaría a Israel de su gran enemigo, el pecado.

¡Por fin llegó la Semana Santa, una semana que no se celebraba a plenitud desde hace tres años por la pandemia! Pero antes de celebrar el triunfo de Jesucristo, tenemos que pasar por el dolor de la Cruz antes de llegar a la luz. La liturgia de hoy, catalogada como esquizofrénica por empezar muy alegre y terminar muy luctuosa, es toda una invitación que nos hace Jesucristo para que lo sigamos durante su Pasión, para morir con Él y resucitar con Él. La liturgia comienza festiva, con las palmas, pero inmediatamente que comenzamos la misa, entramos en el ámbito del sufrimiento y el dolor por los cuales Jesucristo pasó para salvarnos. De manera pasmosa, los cánticos del Siervo de Yahveh describen con celeridad todo lo que Jesucristo sufrió para salvarnos. Por otro lado, el Cántico de la Carta a los Filipenses nos dice que Jesucristo era el Dios hermoso, perfecto y Todopoderoso, que se encarna como uno de nosotros y, al hacerlo, es susceptible al sufrimiento, al maltrato, a la muerte.

De acuerdo al Evangelio de San Juan, Jesucristo había ido varias veces a Jerusalén, pero de manera incógnita, para que sus enemigos no se enteraran. Pero esta vez entró de manera alborotosa, algarabiada, festiva. Por un lado, esto lo hace para dejarle saber a sus enemigos que está en Jerusalén y así, sin que se den cuenta, facilitarles su captura para cumplir los designios de su Padre y morir en la Cruz.

Pero hay otra perspectiva. Cuando vemos cómo Jesucristo se dirige a todos los que encuentra a su paso, y cuando internalizamos lo que Cristo nos dijo la primera vez que tuvimos un encuentro con Él, nos espeta la invitación: SIGUEME. Al entrar en Jerusalén para morir y resucitar, Cristo nos está diciendo a todos nosotros que lo sigamos precisamente en este Calvario, para morir con Él y así resucitar con Él. ¡No olvidemos que meses antes de su entrada en Jerusalén, Jesucristo le había revelado a los Apóstoles lo que le iba a suceder, con lujo de detalles, para que los Apóstoles tomaran la decisión de seguirlo o dejarlo! A nosotros nos hace la mismísima invitación, una invitación que la podemos coger de dos formas:

  1. Entrar con Él a Jerusalén batiendo palmas en esta semana, para vivir con profundidad el misterio de la Semana Santa y, al finalizarla con la Pascua, poder recibir todas las bendiciones que la Pasión nos derrama.
  2. Seguir a Jesús en todo momento, en especial los más difíciles y dolorosos, para morir con Él; y así resucitar con ÉL. 

P. Rafael “Felo” Méndez Hernández, Ph.D.

Para El Visitante

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