La meditación de las siete palabras de este año adquiere un significado especial. Jesús desde la Cruz, venció el pecado y la muerte; y nos invita también a asumir las actitudes necesarias para vencer este mal que nos acecha y todo tipo de mal que acontezca en nuestra vida.

Primera palabra:
“Perdónalos porque no saben lo que hacen” (Redescubrirnos)

Durante el camino cuaresmal hemos insistido en la importancia de vencer los obstáculos que nos impiden “Caminar juntos como Iglesia Misionera”. Los días preparativos para la Cuaresma estuvieron acompañados de la triple invitación: Lávate la cara, que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda o bien entra en tu cuarto y reza a tu padre.

Estas expresiones pueden hacernos pensar que Jesús nos invitaba a “aislarnos”. De hecho, es lo que nos ha pedido el gobierno de Puerto cuando no dicen: Quédate en tu casa. Sin embargo, esta invitación puede ser mucho más profunda, más que aislarnos sería “centrarnos en cada uno de nosotros” para redescubrirnos.

Este tiempo seguramente nos ha ayudado a redescubrir nuestras personas, a revalorar la familia, a pasar más tiempo con cada uno de nosotros. Han aflorado nuestras virtudes y nuestros defectos. Un poco de aislamiento nos ha venido bien. De hecho, es lo que se pide a las personas cuando hacen retiro espiritual. Tomar distancia para mirarse mejor. Nos ha ayudado a conectarnos con nosotros mismos para sacar lo mejor que hay en el corazón de cada uno.

En el momento de la cruz, Jesús no se aisló, el redescubrió lo más profundo e íntimo de su Padre. Entró en sí mismo, fue a la profundidad de su corazón, para desde ahí sacar la palabra más adecuada ante aquel momento tan difícil de la cruz.

Segunda palabra:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Orar)

El primer domingo de Cuaresma la palabra nos llevó al desierto con el mismo Jesús que hoy contemplamos clavado en la Cruz. Aquel que fue tentado, ahora en la cruz experimenta una nueva tentación salida de los labios de su compañero de tortura: ¿No eres tú el Cristo, pues ¡Sálvate a ti y a nosotros!”, (Lc 23, 39).

Cada uno experimenta en la vida esa tentación de mirarse solo a sí mismo, para salvaguardar su vida. Aún nos superamos el instinto natural y primitivo de sobrevivencia. Sálvanos de esta situación, aunque luego nos olvidemos de él como tantas veces ha pasado. ¡Cuántos hemos prometido a Dios un cambio de vida y cuando ocurren los milagros volvemos a las mismas cosas de antes!

El modelo que nos lleva a pensar en la auténtica vida de oración lo encontramos en el ladrón arrepentido que comienza increpando a su compañero: ¡Que oración tan sencilla, tan humilde! No le pide que lo saque del suplicio que sufre, no le pide que le cure de la enfermedad, simplemente le dice: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Como vemos, un modelo de aquel que se abre a la perspectiva del otro capaz de salir de su individualismo y orar con humidad.

Acuérdate de nosotros en medio de esta pandemia. Una plegaria que brota de una humanidad rezagada en el individualismo y sola. El ladrón arrepentido le indica a Jesús: “No me dejes solo en la muerte”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”, (Lc 23, 43). Porque Jesús aun estando en el mismo suplicio, e incluso por eso, por estar en el mismo suplicio no quiere que andemos solos.

Tercera palabra:
“Madre, he ahí a tu hijo, hijo, he ahí a tu madre” (Convivir)

En el segundo domingo de Cuaresma la Iglesia nos invitó a subir al monte para vencer la tristeza como Jesús lo hizo con Pedro, Santiago y Juan. Esta misma experiencia puede ser la que están viviendo María y Juan al pie de la Cruz. No ya como anuncio de la pasión, sino como contemplación de la pasión misma. allí están al pie de la cruz con “aire entristecido”, María y Juan, como Pedro y Santiago no logran entender aun lo que ocurre con Jesús, aunque palpiten en su interior los instintos de una fe esperanzada, el dolor puede llevarlos a opacar esa mirada.

Aquel muchacho que su Padre le regaló como discípulo amado ahora es entregado a María para su cuidado. Es también la entrega de la Iglesia a María: “Ahí tienes a tu hijo”. Casi es una súplica a la madre. Yo me voy, por favor no los dejes solos: Convive con ellos. No podrán soportar la muerte de su maestro. Sin ti madre ellos no podrán superar la crisis de mi pasión. Por eso, María no los abandonó, los acogió como regalo y promesa hecha el Hijo. Jesús en el Monte Calvario como en el Monte Tabor, invita a María a ver las cosas de otra manera, le cambia la perspectiva.

Los males compartidos se vencen en la buena convivencia: Velando por el bien del otro, cuidándonos mutuamente. Jesús encargó a los que más quería que se cuidaran mutuamente, que viviesen juntos. Así también podemos vencer la situación que vivimos hoy con el Coronavirus.
Detrás de esta tomentosa pandemia, viene la calma de la salud. Pero, no podemos hacerlo solos. Por eso nos dejó a su madre en aquel discípulo amado para que nosotros también la acojamos. Señor que también nosotros permanezcamos en convivencia mutua sobre todo en este momento difícil que nos ha tocado vivir.

Cuarta palabra:
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Penitencia)

Estamos ante la cuarta palabra de Jesús en la cruz. Desde donde reclama a Dios diciendo; ¿Por qué me has abandonado? Jesús exclamó al Cielo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Se trata del momento más difícil en la vida pública de Jesús. Como así también en el momento más difícil de nuestras vidas, esta noche oscura de fe que nos hace pensar también; Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Incluso ante la situación que vivimos del COVID 19 algunos se han preguntado: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué nos has abandonado? Aunque otros dicen: Me he dado cuenta de que hemos abandonado al Señor.

Este tiempo nos ha hecho más penitentes, descubriendo nuestras miserias y pecados. Nos ha hecho descubrir que nos hemos apegado a tantas cosas a las que le hemos dado más importancia de la que tienen. Hacer penitencia significa renunciar, incluso a cosas buenas para poder alcanzar unas que son mayores. A muchos de nosotros nos ha costado mucho quedarnos en casa. No salir. Incluso ha sido penitencial no participar de la eucaristía sacramental, alimentándonos espiritualmente de ella. Hacer penitencia nos ha ayudado a valorar tantas cosas que seguramente sin esta experiencia, las habíamos convertido en rutina, sin valor o significado. Nos habíamos quedado en el brocal del pozo, pero no habíamos ido al pozo mismo.

Como nosotros que muchas veces aun siendo medio día estamos oscuros. Como en estos días del COVID 19 aun siendo de día hemos experimentado la oscuridad. Aun estando en la Iglesia no vemos bien, aun cuando se nos han dado muestras de ser profetas poderosos en obras y palabras no somos capaces de ver más allá.

Quinta palabra:
“Tengo sed” (Ayunar)

Jesús tiene sed en la cruz. Es también la sed de muchos hombres y mujeres que sufren la indiferencia de los demás. Es la sed de los pobres, de los hermanos del sur en Puerto Rico a quienes después de una avalancha de ayuda por el momento dramático y por la incertidumbre generalizada empiezan a caer en el olvido. Una nueva ceguera después que las cámaras de televisión y las fotos desaparecieron.

Una sed de salud y bienestar, de convivencia reciproca de la que hemos tenido que ayunar en este tiempo. Cuantas formas de ayuno hemos tenido que practicar en este tiempo y las que nos faltan para que podamos experimentar la verdadera sed. Solo se aprecia la buena comida cuando nos privamos un tiempo de ella. El ayuno nos ayuda a moderar nuestra concupiscencia. Esa tendencia a disfrutar de inmediato de lo que nos place. Ayudar a fortalecer el espíritu y la
voluntad para no dejarnos llevar y descubrir lo que realmente es bueno. Jesús cuando dice tengo sed. Experimentaba un profundo y transfísico ayuno. Jesús tiene sed de autenticidad, tiene sed de sincera colaboración, tiene sed de tenacidad y de valor. Por eso, es una sed transfísica, es una sed de sentido.

“Tengo Sed” (Jn 19, 28) sigue siendo la súplica de Jesús, y su ayuno actual en espera de una respuesta real. Una respuesta de fe ante la crisis que vivimos.

Sexta palabra:
“Todo se ha cumplido” (Obedecer)

Ciertamente, el momento más dramático de la existencia humana es aquel en el que parece que todo acaba, el fin de la salud, la vida física, los sueños y las esperanzas. Es también la sensación de muchos de nosotros en esta hora de la historia, con el tema de la pandemia. Vivimos en un escenario de oscuridad, enfermedad y muerte como el que tuvo que vivir Jesús. La vivencia de este escenario común y ordinario (puesto que todos pasaremos por eso) depende de la manera en que hayamos actuado en la vida.

Jesús vio desde la cruz este momento como uno de cumplimento: “Todo se ha cumplido”, (Jn 19, 30). Es decir, ha terminado mi carrera temporal, he cumplido mi encargo. Jesús, en ese momento de síntesis, es capaz de mirar toda su vida para descubrir que ha realizado el proyecto de su Padre. “Todo está cumplido”. Ha vivido en permanente Obediencia a Dios.

También podríamos decir cada uno de nosotros, esta pandemia no es el fin de mundo: Parece, pero no lo es.

“El mundo duerme voy a despertarlo”, podríamos traducir estas palabras de Jesús para este momento.

Para vencer este mal que nos aqueja necesitamos ser obedientes. La palabra obediencia viene del latín, “Ob” (por debajo) “audire” (escuchar). Es decir, escuchar por debajo. La obediencia es la actitud propia de la fe. Obedecer es una de las claves fundamentales para superar la crisis del COVID 19.

Séptima palabra:
“En tus manos encomiendo mi espíritu” (Confiar)

Ya al final de estas siete palabras nos queda solo contemplar la actitud de confianza que el Maestro muestra ante su Padre: “Padre en tus manos en encomiendo mi espíritu”, (Lc 23,46). Toda la escena que contemplamos el Domingo de la pasión del Señor (Domingo de Ramos): el prendimiento en el huerto, el juicio ante el sanedrín, la comparecencia ante Herodes y Pilatos, la traición de Judas, la negación de Pedro, los azotes, la corona de espinas, la burla por parte de los soldados, los gritos de la multitud: “crucifícale”, “crucifícale”. Todo esto es expresión de ese pecado generalizado.

El misterio de la iniquidad se enfrenta al misterio profundo del amor y de la confianza: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. Esta manifestación de confianza plena de Jesús en el Padre es el resultado de una confianza plenamente vivida. Jesús experimentaba en su vida la cercanía del Padre y él era su primer referente. “Este es mi hijo en quien me complazco” (Mc1,11) se escuchó en el bautismo de Jesús. “Este es mi hijo escúchele” (Mt. 1,5) se oyó en Monte Tabor.

En el Evangelio de San Juan todo el capítulo 17 es una prueba clara de que la vida de Jesús ya estaba en las manos del Padre, “porque el Padre y yo somos uno”.

Por eso al escuchar hoy su última palabra hay que entenderla como una respuesta lógico existencial de la vida de Jesús. Es la actitud a la que finalmente invito en este Viernes Santo. Hay que recordar que el mal que nos aqueja no es mayor que nosotros mismos, no es mayor que la humanidad, y mucho menos es mayor que nuestro Padre Dios. Jesús quiere que todos participemos de esta misma confianza, pero en libertad. ■

P. Jorge David Cardona Amaro
Para El Visitante

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