(Maternidad y Misión)

Cercano a su segundo año de casada, a sus 25 años Natalia Del Valle Rosario espera con ansias, junto con su esposo Ángel D. Montes, al pequeño Diego David que deberá llegar al mundo durante el mes de junio.

Dentro de su experiencia como futuros padres, la joven confesó que ambos están a la expectativa de qué pasará y cómo lo harán. “Tenemos la inquietud de si lo haremos bien, porque queremos que tenga una buena base misionera, es nuestro norte, ya que los dos trabajamos en Obras Misionales Pontificias y es en lo que creemos”, comentó.

Sobre las expectativas de crianza, dijo que les gustaría que el pequeño experimente de cerca “toda esa gracia, ese sentirse completo cuando uno se da por los demás. Esperamos poderlo llevar no de una manera de formación, como estudio, sino que lo viva en el día a día. Que pueda decir: ‘Mi papá y mi mamá sí me han enseñado lo que es la misión’. Que lo vea en el transcurso desde pequeñito, que puede ser lo que más le marque la vida, aunque lo dejamos en manos de Papito Dios”.

Compartió que la primera vez que sintió a su bebé fue precisamente después de la Comunión. “Siempre que comulgo tengo en mente que aún no ha nacido y ya se lo estoy dando a Dios. Pues de alguna manera u otra, lo que yo como, él come y si me alimento del cuerpo de Cristo, se lo estoy pasando a él. Recuerdo ese momento que comulgué y mientras hacía mi oración con las manos puestas en la barriga sentí que me pateó. Fue una emoción tan grande”, dijo con alegría.

Sin duda alguna afirmó vivir una maternidad misionera junto con su esposo. Contrario a lo que pensaban, han querido hacerlo parte de cada experiencia que viven, sea durante las charlas que ofrecen o al momento de la oración. “Yo sé que él está conmigo, que no sabe leer ni escribir, pero sí siente y padece lo que le transmitimos”, comentó. Por eso, aseguró que son muchos los que desde ya conocen de su hijo.

Aunque ante la llegada del bebé no esperan detener los planes de continuar misionando, acción que hacían todos los veranos, están conscientes de que el futuro no les compete solo a ellos dos, sino también al niño. Confesó que desde ya están pensando como harán cuando le asignen los destinos misioneros. Aseguró que como parte del instinto maternal que ha desarrollado, siente incertidumbre de qué pasará o cómo podrá maniobrar aquello que no esté en su control. No obstante, dijo que la clave es mantener la confianza puesta en Dios.

De otro lado, sobre su embarazo, se mostró agradecida y bendecida al saber que puede traer vida al mundo. Reconoció que todo es al tiempo de Dios, porque su embarazo no fue planificado. “Dios siempre tiene un plan para todo en la vida y quién soy para cambiarlo. Si el rumbo de Papito Dios fue que en estos momentos de mi vida, por los que tal vez se pueda estar pasando mucho estrés o distintas situaciones, fuera madre, Él nos dará las herramientas para poderlo hacer”, precisó.

Sobre la experiencia como primeriza describió que “sentir algo moviéndose dentro de ti, saber que esa criatura lleva la mitad tuya y la mitad de otro ser querido, es un lazo bien fuerte. No es una mascota lo que estás teniendo, no es algo sencillo, es algo bien grande. Estás trayendo vida a este planeta, pero no es cualquier vida, es una parte de ti que estás dejando. Una parte de ti que estás dejando a Papito Dios para que pueda hacer un mundo mejor”.

Admitió que, aunque es un proceso difícil, por los muchos cambios físicos y emocionales que conlleva, está segura que es una de las mejores etapas que puede tener una madre. “Independientemente de las circunstancias que uno viva, eso no debe determinar si viene al mundo o no. Si lo que yo siento en estos momentos de mi vida, estando embarazada, que lo que llevo son 7 meses, tengo tanta emoción por verle su carita, me imagino lo grande que será ese momento en el que de verdad lo vea y lo tenga en mis brazos. Si no fuera porque necesito llegar a los 9 meses, no esperaba”, dijo entre risas.

Nilmarie Goyco Suárez
Twitter: @NilmarieGoycoEV
n.goyco@elvisitantepr.com

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