¿Cómo conseguir que el compromiso matrimonial salga a flote a pesar de las tormentas que pertenecen a este navegar por el mar de la debilidad humana?  Muy buena pregunta.  Difícil respuesta.  Sin duda la necesitan esos que, según las estadísticas, no llegan ni a cinco años de casados. ¡O peor, los que ya van por el tercer o cuarto matrimonio!  La pregunta es realista.  La primera etapa de esta convivencia es de exaltación, de romanticismo, de gozo por conseguir lo que tanto se había deseado.  Pero esa etapa se esfuma.  Es una pompa de jabón y reventó.  Una tela de araña y se rasgó.  Alguien decía: ‘la luna de miel dura mientras coinciden los dos egoísmos!’

Elemento aglutinador sin duda es la fe profunda.  La conciencia de que Dios me encargó de mi pareja para que yo la complete con lo que Dios a mí me proveyó.  Supone esto una fe fuerte, una espiritualidad robusta.  El sicólogo John Gottman nos añade otro camino: la pareja más firme es la que ha convertido su relación en una amistad profunda.  Sin duda tiene un punto.  La relación matrimonial, como toda experiencia humana, va pasando por etapas.  Es como la edad.  Con el tiempo vamos perdiendo vigencia.  El romanticismo y atracción física imperiosa pasa.  La crianza de los hijos pasa.  Las personas van cambiando, a veces deteriorando su modo de ser, su humor.  Se trata entonces de encontrar en la otra persona algo más durable: los valores de la amistad.

Los valores de una profunda amistad ayudarán a estar pareja a permanecer juntos, cuando muchas otras razones ya han muerto.  Así en la amistad hay entrega: se comunica recíprocamente lo que se tiene o puede.  Entre amigos todos es común. Esa profundidad de amor anula hasta el secreto.  Con esa persona derramo mi ser pues hay confianza.  El verdadero amigo es el paño de lágrimas, es el lugar donde me puedo desahogar sin temor a que me rechacen.  Lo contrario, la desconfianza, el ver al otro como enemigo, es cáncer del matrimonio.

Puede ser que el amigo no esté de acuerdo conmigo, con mis decisiones o actuaciones.  Pero, aunque difiramos no me expulsa, no me borra de su lista.   El amigo diría; “el disentir no es desamar”.  Porque es una relación basada en la estima en el aprecio mutuo.  No considero amigos a todos, aunque respete a todos.  De hecho, la amistad nació de ese aprecio.  Y es un aprecio que va creciendo, como la relación de David con Jonatás, el hijo de su enemigo.  Es una relación que crece en el conocimiento mutuo.  Así la persona que ama descubre en las otras cualidades desconocidas aun para la misma persona amada.

Cualidad grande de la amistad es la fidelidad.  Sé que esa persona no me traiciona.  Sé que cumplirá la palabra de apoyo que en otras ocasiones me ha ofrecido.  Es una cueva donde encuentro refugio.  Es la prueba a que el tirano Dionisio sometió a los amigos Daimón y Pitias.  Lloró el tirano al poner a prueba la lealtad de esos dos amigos y ver que a el nadie le quería, nadie le era leal.  Esa fidelidad, fundamental en el matrimonio, se reafirma con los amigos.  El sacrificarse por el bien del amigo es señal de algo especial que poseemos.  Si las personas a quienes digo amar no me mejoran a través de su trato conmigo, muy probablemente es que yo no las se amar.  Y si no me enriquezco y mejoro por mi trato con el amigo, es señal de que no se amar. Un fallo en las amistades podría ser el exclusivismo, el no estar abierto a la vez a la relación con otros.  Pero en el matrimonio este fallo seria virtud.  Pues nadie podrá ser mejor amigo que mi propio esposo o esposa. Por eso, “lanza tu amor al amigo, como la saeta al blanco, para queda allí; no como la pelota contra la pared, para rebotar”.

 

Padre Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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