La noche del 22 de agosto de 2025 quedará grabada en la memoria de la Diócesis de Mayagüez como una celebración de fe, entrega y esperanza. En el Centro de Espiritualidad de Aguada, cuatro hombres respondieron con generosidad al llamado de Cristo: Héctor J. Vargas González, ordenado presbítero, y Christian Martín Rosado Rivera, Marcos Antonio Crespo Mercado y Alexis Javier Soto Pujols, ordenados diáconos transitorios. El júbilo de la Iglesia se expresó en cantos, oraciones, gestos y lágrimas de alegría que acompañaron cada instante de la liturgia.
Desde el inicio, el obispo diocesano, Mons. Ángel Luis Ríos Matos, Obispo de Mayagüez saludó con gozo a la asamblea: sacerdotes, diáconos, religiosos, seminaristas, familiares y fieles que abarrotaron el lugar. Reconoció el valor histórico y espiritual de la diócesis, “Cuna de la fe”, y celebró que, en su cincuentenario, siga siendo tierra fértil para vocaciones. “La Iglesia se alegra”, proclamó, “porque Dios sigue llamando y consagrando hombres servidores para el pueblo santo”.
El rito de ordenación tuvo momentos profundamente significativos: la llamada de los candidatos por su nombre, la promesa de obediencia al obispo, la postración en tierra mientras se entonaban las letanías de los santos y la solemne imposición de manos. Cada gesto transmitía la hondura del sacramento: no se trataba solo de un rito externo, sino de una entrega radical a Cristo y a su Iglesia.
En este marco, la homilía del obispo se convirtió en una guía para los nuevos ministros. Fue un canto a la vocación como servicio y una exhortación a vivir el ministerio con humildad, cercanía y alegría. Dirigiéndose a los ordenandos, Mons. Ángel Luis recordó que la vocación no es para el boato ni los honores clericales. “Serán ungidos no para ustedes mismos, sino para convertirse en buena noticia para los pobres, sanadores de corazones heridos, libertadores de un pueblo oprimido, triste y cansado”.
Inspirándose en la lectura de Isaías —“El Espíritu del Señor está sobre mí”— el obispo explicó que estas palabras, asumidas por Jesús en la sinagoga de Nazaret, se aplican hoy a los nuevos ministros. Les pidió que su vida sea anuncio del perdón y de la esperanza, y que aprendan a ser “pastores con olor a oveja”. Con tono paternal les aconsejó: “Sé la voz de Jesús que consuela, el oído que escucha, la mano que acaricia, los pies que acompañan, el corazón que acoge, la paciencia que soporta, la prudencia que respeta”.
La Eucaristía y la confesión ocuparon un lugar central en sus recomendaciones. Al nuevo sacerdote, el padre Héctor, lo invitó a celebrar la misa con alegría y fidelidad, y a ser siempre un confesor misericordioso. “El pecado ya ha producido suficiente dolor; no añadas tú más dolor.
Escúchalo y absuélvelo”, pidió con firmeza. A los nuevos diáconos, en cambio, los exhortó a abrazar con gratitud este ministerio de servicio. Les recordó que el diaconado es mucho más que una etapa de paso: es ceñirse con la toalla de Cristo para lavar los pies a los demás. “Sean sencillos en la vida, trabajadores, fieles a la Iglesia y leales a su diócesis. No se considera sacerdote a quien es desleal a su diócesis y a su obispo”, advirtió.
Tras la homilía, el rito continuó con la unción de las manos del nuevo presbítero, su revestimiento con los ornamentos propios y la entrega del cáliz y la patena. Los diáconos, por su parte, recibieron la estola cruzada y la dalmática como signo de su nuevo servicio. El abrazo fraterno del obispo y de los sacerdotes selló la acogida a estos hombres como colaboradores en la misión evangelizadora.
La asamblea respondió con aplausos prolongados, lágrimas y oraciones. Familias enteras acompañaron con orgullo a sus hijos y hermanos; los seminaristas vieron en ellos un signo de esperanza para su propio caminar; los sacerdotes veteranos se reconocieron en la entrega de quienes recién comenzaban. La liturgia culminó con un ambiente de fiesta y gratitud, donde se palpaba la certeza de que la gracia del Espíritu había renovado a la diócesis.
Antes de concluir, el obispo llamó a toda la comunidad a asumir la misión de acompañar y sostener a los nuevos ministros. “Nuestra diócesis hoy es bendecida. Sintámonos llenos de gozo y oremos por ellos y por los que vienen detrás”, proclamó. Y, en un estallido de alegría, invitó a todos a aclamar: “¡Viva Cristo Rey! ¡Vivan nuestros hermanos que han dicho que sí a Cristo el Señor!”.
Las ordenaciones no fueron solo una celebración litúrgica, sino una manifestación viva del Espíritu
en medio del pueblo. Lo que allí se vivió recordó que el ministerio ordenado es, ante todo, un llamado a amar, servir y acompañar. En una diócesis que celebra su historia y abraza su futuro, estos nuevos ministros son signo de esperanza y renovación.

Servidores para el Pueblo de Dios
Categorías Populares


