La Iglesia celebra la conmemoración anual de los Misterios Centrales de nuestra fe en la Semana Santa. Es nuestra principal celebración litúrgica que tiene como centro el Sacro Triduo Pascual. En las comunidades primitivas, es decir, aquellas que surgen de la predicación apostólica, se comenzó a celebrar el domingo, como fiesta o pascua semanal. El domingo o primer día de la semana, llamado ya en la Escritura té kyriaké hémerà, (Apoc. 1.10) en el original griego, es decir, Dia del Señor.
El domingo, era el día que la comunidad cristiana se reunía para celebrar el fundamento de su fe: la Resurrección de Jesucristo. Junto al memorial de la muerte redentora de Cristo, quien amó hasta dar la vida en la cruz, escuchaban las enseñanzas de los Apóstoles y se comprometían en la fidelidad a su Buena Nueva.
Aquellos primeros cristianos, procedentes muchos de ellos del judaísmo, también celebraban la cena pascual, como sus compatriotas, como memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto. En la celebración de la Pascua judía, los primeros cristianos, comenzaron muy pronto la celebración de la Nueva Pascua. Contemplaron y comprendieron que Jesús en aquella cena había instituido la Pascua nueva y eterna. Así institucionalizaría una fiesta anual de la Resurrección del Señor. Esta celebración tomó la forma de lo que es la Vigilia Pascual.
Los judíos celebraban su Pascua el sábado siguiente a la primera luna llena de la primavera, coincidiendo en su calendario con el día 14 del mes de Nisán. Su calendario es lunar. Los discípulos de Jesús celebran su Pascua la noche del sábado después de esa primera luna llena, por ello no cae un día fijo cada año. Terminaban al amanecer del domingo, coincidiendo con el momento de la Resurrección.
En las primitivas comunidades cristianas la Vigilia era toda la noche. En ella se repasaban los grandes momentos de la historia de salvación, se incorporan los nuevos miembros de la comunidad por el bautismo y finalizada con una gozosa celebración de la Eucaristía.
La Vigilia Pascual es la más importante celebración del Año Litúrgico. Las comunidades del origen la preparaban de forma muy intensa: ayunan dos días, viernes y sábado, para terminar el ayuno con el alimento más valioso. El Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El Viernes Santo, en aquellas primeras comunidades, iban al Calvario a la hora exacta de la muerte de Jesús, tres de la tarde. Veneraban el lugar en que Cristo había entregado su vida y contemplaban su Pasión y adoraban a Cristo crucificado. Así nació esta celebración que hoy continuamos.
Los mismos cristianos de Jerusalén peregrinaban al lugar de la Última Cena, donde Jesús instituyó la Eucaristía. Así terminó configurándose el Sacro Triduo de la Pascua desde la tarde del Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección.
Estas celebraciones centrales de la fe con el tiempo se enriquecieron con un periodo de preparación, la Cuaresma, y otro de prolongación de la alegría pascual, la Cincuentena Pascual.
En otro momento comenzaron a celebrar la entrada triunfal de Jesucristo a la ciudad santa, aclamado con ramos y palmas. Esto dio origen al Domingo de Ramos.
Desde siglos posteriores se dio el nombre de Semana Santa a este conjunto de celebraciones desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección. Los primeros días son el final de la Cuaresma y a partir del atardecer del Jueves Santo comienza el Sacro Triduo de la Pascua.
En el transcurso de los siglos ha surgido la religiosidad popular que ha enriquecido las celebraciones con otras acciones que suelen ser manifestaciones de la fe del pueblo sencillo. Así como las procesiones, Vía Crucis, dramatizaciones de la Pasión. Es una forma de seguir viviendo lo que celebramos en la liturgia, de hacer que penetre más en nuestro interior. Cuando la mayoría era analfabeta, los signos e imágenes ayudan a internalizar los acontecimientos celebrados. Hoy sigue siendo un modo de acercarnos de modo más intenso al misterio. Lo importante es que tales manifestaciones nos lleven al núcleo de lo que celebramos: la Muerte y Resurrección de Jesús que nos salva.
No debemos perder de perspectiva que los actos litúrgicos más significativos e importantes son: la Eucaristía del Domingo de Ramos precedida de la procesión que es memoria de su entrada triunfal en Jerusalén: la Solemne conmemoración de la Última Cena el Jueves Santo, en la que Jesús instituye la Eucaristía y el sacerdocio de la Nueva Alianza y nos deja el testamento de su amor.
Vivamos esta Semana Santa con espíritu de recogimiento, gratitud y contemplación. Reflexiones ante la Cruz y el Crucificado su amor por ti y por mí. Ante la Cruz preguntémonos: ¿Qué tiene que ver conmigo el crucificado? ¿Cómo corresponde a su amor pleno que le llevó a ofrecerse para que yo fuera salvado?
Son estos días santos una ocasión para reencontrarse con Dios y poner mi vida en camino hacia la salvación eterna. He celebrado estos días varios funerales de fieles que amaron entrañablemente a Jesús. Me expresaron ante su cercana muerte que querían cumplir la voluntad de Dios y ofrecerse a Él por la conversión de sus hermanos. Entendieron y asumieron el valor de la cruz como camino de redención.
No nos dispersamos en el mundanal ruido, no son días de vacación, sino de profundizar y sumergirnos en el misterio del amor de Jesucristo que se inmola para darnos Vida Eterna.
Por Padre Edgardo Acosta para El Visitante de Puerto Rico



