‘¡Se fue al Cielo!’

Fue la noche del viernes, 7 de agosto de 2015. Llegué con Sor Gertrudis, la Sierva de María, que lo cuidaba por la noche.

“¡José Luis, llegamos!”, dije al entrar en la sala. El P. José Luis estaba sentado en su sillón. Se ha quedado dormido como otras veces, pensé. Lo llamé de nuevo, “¡José Luis, llegamos!”. No contestó. Apagué el acondicionador de aire, y volví a decirle: “¡José Luis, llegamos!”. Tampoco me contestó. La monja me pidió el aparato de tomarle la presión; mientras lo buscaba, ella le tomó el pulso. Al regresar a la sala, Sor Gertrudis me dijo: “Ya no tiene pulso. ¡Se fue al Cielo!”, llamó al médico de urgencias y certificó su muerte a las 9:27 de la noche.

Entre tanto, ya le había hecho la Recomendación del Alma y había avisado al P. Emilio, al P. Moisés Navascués, al P. Provincial, y a otros escolapios de la Isla. Le di la triste nueva también a su sobrina Valeria Larreátegui, que vive en Florida, para que ella se lo comunicara a su familia.

El P. José Luis había mejorado en las últimas semanas con la venida de sus familiares: su sobrina Valeria, sus hermanos Maricarmen, Ricardo y Jesús, que le acompañaron varias semanas cada uno. Se sintió muy feliz, no solo por su presencia, sino también porque recibía muchas visitas de personas amigas, pues, era muy querido aquí en Puerto Rico.

El señor Obispo de Ponce, P. Félix Lázaro, hermano y compañero del P. José Luis por más de treinta años en la Residencia Escolapia de la Universidad Católica, envió estas líneas desde España:
“José Luis, desde la cercanía de la fe y del corazón, estoy contigo en tu ida a la Casa del Padre, animado por la confianza de que Jesús Resucitado salga a tu encuentro a premiar con la corona inmarcesible de la gloria tu carrera en este mundo. Fuiste un ser especial, lleno de bondad para los demás, con el alma rebosante de poesía y ternura, y sin que las agujas del reloj marcaran límite a tu inmensa caridad. Fuiste un compañero y hermano bueno y fiel, incansable, del que mucho aprendía con solo ver tu ejemplo generoso, desprendido; diste lo mejor de ti mismo, te diste a ti mismo. No sabes cuánto he sentido no estar presente en el último adiós; espero me lo perdones, como yo te perdono que te hayas ido sin mi permiso y bendición. Aunque a cambio me atrevo a pedirte tu bendición desde el Cielo para mí, y extensiva a todos los presentes y a quienes te quisieron y amaron. José Luis, descansa en paz”.

El P. José Luis Larreátegui había nacido en los Barrios de Bureba, España, el 18 de Marzo de 1930. Era el mayor de 14 hermanos.

En febrero de 1963 recibió obediencia para Puerto Rico, y llegó a la Universidad Católica, en Ponce. Allí enseñó clases de Biología por muchos años. “Recuerdo tus magistrales clases de Biología”, escribió un exalumno suyo en el Libro de Condolencias; otro escribía: “Siempre estaré muy agradecido al Padre José Luis por sus consejos en la intimidad del confesionario de la Residencia Escolapia durante mis años de estudiante en la Católica. Junto al Padre José Mateo (RIP) fueron mis sabios y generosos directores espirituales de entonces en momentos post conciliares de muchísima confusión”.

Desde su llegada a la isla, dedicó los fines de semana a la pastoral en Salinas, Orocovis y Jayuya.

Con motivo de celebrar sus 60 años de sacerdocio, el P. José Alberto Moreno le escribió desde Florida: “José Luis, te deseo una fiesta muy gozosa. Todos nos uniremos a ti en tu acción de gracias a Dios por los dones recibidos. Pero también nuestra acción de gracias será para ti, por haber dicho sí al Señor, por ingresar a la familia calasancia, por haberte hecho hermano de todos nosotros, por habernos dado testimonio de fidelidad, laboriosidad, y sentido comunitario que he disfrutado en mis visitas a tu comunidad, por tu responsabilidad profesional y pastoral, y por tantas otras cosas”.

A las 9:27 de la noche del viernes 7 de agosto de 2015, se fue al Cielo, su nueva patria.

Al enterarse de su muerte, dos buenos amigos, escribían desde Miami: “Qué manera envidiable de marcharse, en silencio y sin equipaje… dejando tristes, pero consolados, a los que le quisieron de alguna forma. Que nuestro Dios misericordioso lo haya acogido en su Casa con la misma dulce sonrisa que José Luis nos obsequiaba a nosotros”.

El Superior General de los Padres Escolapios, P. Pedro Aguado, escribía desde Roma: “He recibido la noticia del fallecimiento del P. José Luis. Me uno a vuestro dolor, pero también a vuestra profunda acción de gracias a Dios por la vida y testimonio escolapios del P. José Luis. Desde la esperanza que es fruto de la fe, oramos a Dios por su eterno descanso. Rezo también, por todos los jóvenes que se preparan para ser escolapios desde la Provincia USA-PR, para que vivan su vocación tan intensamente como la vivió nuestro querido José Luis”. Descanse en paz.

(P. José Andrés Basols, Sch.P.)

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Dr. Héctor Balvanera destaca el valor histórico y espiritual del Santuario de la Madre de la Divina Providencia

Durante el Simposio sobre el Año Jubilar Mariano y la devoción mariana en la identidad puertorriqueña, el investigador presentó un recorrido por cien años de historia, arquitectura y expresiones de fe que contribuyeron a consolidar la devoción a la Patrona de Puerto Rico. La historia del Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, ubicado en la Catedral de San Juan Bautista, fue el tema central de la ponencia ofrecida por el Dr. Héctor Balvanera durante el Simposio sobre el Año Jubilar Mariano y la devoción mariana en la identidad puertorriqueña, celebrado este martes, 13 de octubre. Bajo una perspectiva histórica, arquitectónica y patrimonial, el investigador presentó un análisis del desarrollo del santuario entre 1853 y 1953, destacando cómo la arquitectura, el arte, la liturgia y la participación de los fieles contribuyeron a fortalecer una devoción que llegaría a convertirse en parte esencial de la identidad religiosa puertorriqueña. Durante su exposición, explicó que la historia de esta advocación mariana no puede comprenderse únicamente desde su reconocimiento como patrona, sino también desde los espacios sagrados, las imágenes y las prácticas religiosas que permitieron transmitir su significado de generación en generación. La reconstrucción de la Catedral y el origen del Santuario El Dr. Balvanera situó los orígenes del santuario en el proceso de reconstrucción de la Catedral de San Juan Bautista durante el siglo XIX, particularmente bajo el impulso del obispo Gil Esteve y Tomás, quien llegó a Puerto Rico en 1849. La Catedral, cuya construcción y transformación se extendieron durante varios siglos, había experimentado daños y modificaciones como consecuencia de fenómenos naturales y dificultades económicas. El proyecto de restauración permitió reorganizar y embellecer el templo, integrando elementos arquitectónicos y artísticos que reforzaron su importancia como sede episcopal. Según explicó, la reapertura solemne de la Catedral en 1852 fue interpretada por sus contemporáneos como una manifestación de la providencia divina. En ese contexto surgió la iniciativa de establecer un espacio dedicado a Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, como expresión de gratitud por la culminación de las obras. El investigador destacó que la creación del santuario no fue una iniciativa aislada, sino parte de un mismo proyecto que buscaba restaurar tanto la estructura material de la Catedral como fortalecer la vida espiritual de la Iglesia en Puerto Rico. Un espacio donde el arte y la liturgia se encuentran Uno de los aspectos más destacados de la conferencia fue el análisis arquitectónico de la capilla dedicada a la Virgen, establecida en un espacio anteriormente vinculado a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Balvanera explicó que su ubicación dentro de la Catedral responde a una organización que establece una relación entre los espacios dedicados a la Eucaristía y a la devoción mariana. Esta disposición permitió integrar el santuario al conjunto arquitectónico sin restar centralidad a las celebraciones litúrgicas. Asimismo, destacó el valor del programa iconográfico de la capilla, cuyas representaciones relacionan acontecimientos y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento con la figura de María y su participación en la historia de la salvación. El investigador también abordó la evolución de las imágenes veneradas en el santuario, comenzando con el conjunto escultórico de la Virgen y el Niño encargado en Barcelona en 1853. Con el paso de los años, el espacio experimentó transformaciones y enriquecimientos artísticos, entre ellos la construcción del camarín en 1881 y la incorporación de elementos decorativos que resaltaron la dignidad de la imagen mariana. Una devoción construida por el pueblo Más allá de los elementos arquitectónicos, el Dr. Balvanera destacó el papel fundamental de los fieles en el desarrollo y sostenimiento del santuario. Desde sus comienzos, la comunidad participó en la adquisición de imágenes, el financiamiento de obras y la organización de celebraciones religiosas. Las novenas, las misas cantadas y otras prácticas de piedad contribuyeron a establecer una tradición devocional que trascendió generaciones. En este sentido, explicó que el reconocimiento de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia como Patrona de Puerto Rico no puede entenderse únicamente como resultado de una disposición eclesiástica, sino como la culminación de un proceso espiritual y cultural desarrollado durante décadas. La permanencia de las celebraciones y el compromiso de sacerdotes, benefactores y comunidades permitieron conservar esta tradición incluso durante los períodos de transformación del santuario. La coronación de 1953 y la identidad puertorriqueña La última parte de la ponencia estuvo dedicada a las intervenciones realizadas entre 1951 y 1953, relacionadas con la coronación de la imagen de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia. El investigador explicó que estos trabajos incluyeron la restauración de elementos del santuario y de la imagen, así como la incorporación de símbolos que reafirmaron el vínculo entre la advocación mariana y el pueblo puertorriqueño. Entre ellos destacó la colocación del escudo de Puerto Rico y una inscripción conmemorativa que identificaba a la Virgen como protectora del país. Para Balvanera, la coronación de 1953 representó el reconocimiento solemne de una realidad espiritual construida durante un siglo mediante la participación de generaciones de fieles. También llamó la atención sobre la presencia de la cripta episcopal bajo el santuario, un elemento que permite relacionar la historia de la devoción mariana con la sucesión de los pastores que han acompañado a la Iglesia en Puerto Rico. Patrimonio, memoria y fe Al concluir su intervención, el Dr. Balvanera subrayó que los patronazgos religiosos requieren mucho más que reconocimientos oficiales: necesitan lugares, imágenes y prácticas capaces de conservar y transmitir la memoria espiritual de una comunidad. Desde esta perspectiva, el Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia constituye un testimonio vivo de la relación entre la fe católica y la identidad puertorriqueña. Su historia demuestra cómo la arquitectura, el arte y la liturgia pueden convertirse en expresiones concretas de la experiencia religiosa de un pueblo. La ponencia ofreció así una mirada al patrimonio mariano de Puerto Rico, invitando a reconocer en el santuario catedralicio no solamente un espacio de veneración, sino también un lugar donde convergen la historia, la memoria colectiva y la fe de generaciones de puertorriqueños.

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