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En la película “The Sound of Music” las monjas de un monasterio se agitan cuando María, una novicia, interrumpe la rutina. Sabiendo que es buena persona, pero también que no parece apta para la vida del claustro, cantan: “¿Cómo resuelves un problema como María?” Muchas personas en el siglo XIV cuando vivió Santa Catalina de Siena tendrían la misma pregunta acerca de ella. Catalina era religiosa pero no vivía en un convento. Era consejera de papas y nobles, pero apenas podía leer y escribir. Oponiéndose a la voluntad de sus padres, no quería casarse con nadie excepto el Señor Jesús con quien obtuvo un matrimonio místico. 

Por sus esfuerzos para unificar la Iglesia, sus escritos teológicos, y sus oraciones y penitencias extraordinarias se ha nombrado Catalina “Santa”, “Doctora de la Iglesia”, “Patrona de Italia” y “de toda Europa”.  Pero estas distinciones no le hubieran importado. Se fijaba en la verdad de Jesucristo y de la misericordia de Dios Padre. Para que todos conozcan estas realidades vivió y murió.

Catalina nació en Siena en 1347, la vigésima cuarta hija de veinte cinco de un tintorero de lana y su esposa. A los 5 años tuvo una visión de Cristo; a los 7 años hizo un voto de castidad; y a los 19 se casó místicamente con el Señor. Pasó estos años de formación en la gran mayor parte alegre y dedicada a su familia. Pero, su destino era una vida de entrega intensa afuera en el mundo para la gloria de Dios.

Catalina integró en la mantelada, un grupo de mujeres mayormente viudas que vivieron en sus propias casas mientras hicieron trabajos caritativos. Como las otras manteladas, Catalina llevó el hábito dominico. Su personalidad era tan magnética que atrajera a muchos seguidores en sus misiones de misericordia. No solo laicos, sino también religiosos y sacerdotes le llamaban “mamá” y seguían su dirección.  Escribieron cartas dictadas por Catalina a personas de todos niveles sociales. Inteligente y articulada, ella fue elegido embajadora de la paz entre las ciudades-estados italianas. Sobre todo, Catalina se dedicó a la unidad y reforma de la Iglesia. Instó al Papa Gregorio XI que volviera a Roma de Aviñón donde los papas habían vivido por setenta años. Cuando el sucesor de Gregorio, Urbano VI, mostraba su carácter irascible, Catalina le exhortó tranquilidad y prudencia.

No se debe menospreciar cómo Catalina encarnó el espíritu de la orden de Santo Domingo. Se crío cerca del templo dominicano donde escuchó la predicación de los frailes diariamente. Según una biógrafa, mostró la pasión para la verdad, lema de la orden. A pesar de que nunca asistió a una escuela, su mente ágil y expansiva absorbió las Escrituras y la teología. Así, conoció bien los escritos de ambos San Agustín y Santo Tomás de Aquino, el dominico más cumplido en la historia. Su espiritualidad, enfatizando la oración y la penitencia corporal, se acordó con la disciplina legada por Santo Domingo a sus seguidores. Finalmente, Catalina desarrolló un estilo de presentarse en sus escritos y, sin duda, en su propia predicación con metáforas y repeticiones bien sintonizado con la Orden de Predicadores.  

Aunque era una de las mujeres más distinguidas del Siglo XIV, no creo que Catalina aceptaría las pretensiones de las feministas modernas. Ella vivió por Dios, no para exaltar a sí misma o su género. Reconoció que la persona humana es nada fuera de Dios. Esto puede sonar radical, pero es la misma intuición que reconocemos cuando aceptamos con las cenizas al principio de la Cuaresma las palabras: Acuérdate, eres polvo…  Escribe ella en su libro “El diálogo” que las personas humanas encuentran su dignidad en Dios. Por eso, necesitan la humildad para discernir cómo Dios han actuado en ellos. La humildad, Catalina dice, es la tierra de la cual crece el amor a Dios y al prójimo.

Catalina sirvió a la Iglesia, el cuerpo de Cristo, su esposo. No quería cambiar la institución, sino perfeccionarla. Sabía que la Iglesia posee la verdad, aunque no siempre la vive. Si estuviera entre nosotros hoy, defendería sus enseñanzas contra el relativismo que domina el pensamiento de los filósofos contemporáneos.  Catalina nunca podría aceptar los conceptos que permiten el matar de inocentes tal como un “derecho de abortar” o que niegan la verdad como el derecho de uno escoger su propio género.

En el fin de cuentas, Santa Catalina no es un problema para resolver, aunque si vivió de manera diferente de sus contemporáneas. Más bien, es un modelo para emular, tanto para los hombres como las mujeres. Se consumió con el amor de Dios, el amor de la Iglesia, y el amor de su prójimo. Probablemente no querría que imitemos sus penitencias extremas como no comer nada sino la Eucaristía. Diría que para la mayoría de nosotros sería más un esfuerzo de lograr algo extraordinario que un acto del amor para Dios. Sin embargo, promovería intensamente que coloquemos, como ella hizo, nuestra grandeza en ser elegidos hijos e hijas de Dios.  Como tal, querría que hagamos lo que podamos para establecer la verdad de Cristo en nuestras familias, nuestras comunidades, y nuestro mundo.

Fray Carmelo Mele, O.P., rector del Santuario de San Martín de Porres de Cataño

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