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 “Me matan, si no trabajo; y si trabajo, me matan. Ay Dios, qué suerte la mía: ¡siempre me matan!”. Así reza la copla, resaltando la situación angustiosa del que, pase lo que pase, sale perdiendo. En este caso el obrero explotado. Es situación de angustia. Y si esa angustia la causa una persona que siempre está a tu lado, de la que no puedes prescindir, el tormento es insufrible. Y puede terminar en violencia.  Decimos que son personas que tiene un espíritu de contradicción. Personas descontentas, que, ‘como quiera que me ponga, ¡siempre tienes que llorar’. Los profundamente insatisfechos.

A la hora de revisar tu relación con la persona amada (esposo, esposa), es bueno examinar si eres de esas personas contradictorias, a las que nada contenta. En el Evangelio Jesús se queja de haber sufrido eso mismo de parte de oyentes, pues dice “son como niños que se quejan: tocamos la flauta y no bailan, cantamos lamentaciones y no lloran”. Es lo del refrán: no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver. Una pareja amiga sufría de esta parecida situación. Ella, sin duda por heridas del pasado, expectativas falsas de su parte, no encontraba bien nada de lo que el esposo aportara. Un día, desinflado ya por la situación, él le expresó dolorosamente: ‘Fulana, hasta hoy he querido darte gusto en todo lo que he podido y está en mi mano. Mi esfuerzo es real. Nada te satisface. Yo me voy y deseo que encuentres alguien que por fin te haga feliz. Para ti yo no soy ese’. El mundo se le derrumbó a ella. Y entendió que el problema no era lo que él obrara, sino sus absurdos deseos. Llorando lo reconoció y comenzó el cambio. 

Tu pareja, que sin duda estaba adornada de grandes cualidades como para ser tu príncipe azul (por eso lo aceptaste), sigue siendo azul, aun cuando el tono de azul ya no sea el de tu gusto. El cambio no está en esa persona. Está ahora en tus ojos, tu forma de ver y juzgar a esa persona. Si tienes un espíritu contradictorio, exigente al máximo, nunca encontrarás a la persona ideal. Porque no existe o al menos como tú te la imaginas y deseas. El problema es tu forma de mirar, no es del paisaje que tienes ante los ojos.

En el mundo económico está el individuo que, por más que posea y siga acumulando millones, no se satisface. Es como la sed del alcohólico que no para hasta terminar con la botella. A ese le decimos que el ideal es contentarse con lo suficiente, ni desesperarse por lo superfluo. Vivir con una austera medianía es objetivo cristiano. Eso es ser pobre en el espíritu. A esta persona profundamente insatisfecha con la conducta de su pareja, habrá que decirle lo mismo. Agradece que el vaso está medio lleno; mira hacia abajo, no hacia arriba del vaso. Ningún ser humano romperá todas las marcas posibles. ¡Si rompe alguna en excelencia, gloria a Dios! Einstein bregaba con conceptos abstractos de astrofísica, como ninguno.  Tenía una gata y en la puerta le abrió un hueco para que pasara. La gata tuvo gatitos y acabó abriéndole a cada gatito su hueco. ¡Se quemó!

Los antiguos hablaban de la ‘aurea medianía’, la mediocridad dorada. No suena bien eso de ser mediocre. Pero es una mediocridad dorada, una suficiente medianía. Es ser bien realista a la hora de juzgar y clasificar a ese o esa con quien vives. Ni él es el príncipe del cuento, ni ella es la Cenicienta, ni la princesa que dormía mal porque debajo de sus colchones había unos garbanzos. Martí decía a otro propósito: “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”. No vendría mal expresar lo mismo a la hora de calificar a tu pareja. Alaba a Dios por lo bueno que posees. Deja de quejarte porque no se acaban de cumplir tus sueños de adolescente. No te suceda como a las teenagers con aquel galán del cine, envidiado y deseado por tantas mujeres, y de repente se destapó como gay.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante