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Así dijo el gerente de la tienda del parque temático de diversiones al niño que llevaron para cumplir uno de sus sueños meses antes de la operación de corte oncológica en la que arriesgaría lo más preciado que tiene. El encargado se había confabulado con los padres del niño para agasajarlo con un detallazo. Fue corriendo y tomó en sus manos cuatro llaveros. “¿Solo eso?”, dijo el encargado algo sorprendido y confuso. “Sí. Son para mi médico, la cirujana, la enfermera que me cuida y para mis papás”. Le insistió con ánimo tentador: “¿No quieres más nada?”. El niño que portaba los signos propios de la quimioterapia aleccionó al encargado cuestionando: “¿Para qué? No me llevaré nada de este mundo”.

Tal vez esta anécdota real encierra una leccio que todos conocemos. Pero, como damos por hecho el amanecer seguimos comprando y acumulando en círculo vicioso. El closet se llenó, hay un cuarto de almacén repleto, no hay espacio para el carro en el garaje por las cajas y ahora ni los gabinetes de la cocina se salvan… Antes era solo en aquella tienda a la que casi hacen peregrinaciones. Pero ahora con las tiendas digitales, los del correo conocen el nombre y están a la espera para darte la noticia de cuántos paquetes te llegaron y de paso quejarse de la espalda. Cuidado, que esto no se trata de pobreza y riqueza, aunque el que más tiene compra en grande. Hay un poco de humor irónico, puesto que, como buenos boricuas procuramos sacar punta a virtudes y defectos desde el batey, el balcón o la escalinata, aunque esta tenga dos escalones. 

Solo recordar la catequesis del Miércoles de Ceniza; interiorizar que cuando llegamos a este mundo estuvimos desnudos y que al partir de esta bendita tierra solo llevaremos los tesoros del alma. ¡Todo se queda! Don Chamón, el carismático de la plaza pública, diría que es mejor pagarle la deuda al muerto con un cheque y le añadiría a Epícuro: comamos, -compremos- y bebamos, que mañana moriremos. Esto contrasta fuertemente con la tentación que entra por los sentidos con intenciones mercantilistas y consumistas voraces que se promueve en casi la totalidad de las plataformas audiovisuales con anuncios a diestra y siniestra sea por la directa o la pasiva. Incluso esto ocurre con la atenencia del estado, quien debería promover la salud mental y fiscal de los individuos. ¿Dónde queda la promoción del ahorro? ¿Dónde queda el disclaimer? ¿Dónde queda la campaña de concienciación? ¿No reconocemos que las compras compulsivas, excesivas e impulsivas son una forma de adicción? 

Pero, no todo le corresponde al gobierno si estamos anestesiados con la virtualidad que nos complace y tienta a la vez. Para los chocan con ese muro y los que desconocen, esta adicción se llama oniomanía y se define precisamente por la incapacidad de no poder controlar el impulso de comprar y comprar. Y cuando la ansiedad llega, solo se la quitan a tarjetazos seguidos de sentimientos de culpa, vergüenza y cuentos chinos para ocultar lo hecho.

Las Sagradas Escrituras tienen mucho que aportar sobre esto, por no mencionar a bendito Job al que le arrebatan todo para demostrar su fidelidad a Dios. Solo que, al acercarnos a la Biblia, abrir también el corazón para que no se nos quede todo en una elegante lectura. Aquí varios versículos: “Busquen primero su reino y su justicia” (Mt 6, 33); “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22, 37); “Luego sobrevienen las preocupaciones de esta vida, las promesas engañosas de la riqueza y las demás pasiones, y juntas ahogan la Palabra, que no da fruto” (Mc 4, 19); “Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” (Lc 12, 15); y “Ningún servidor puede servir a dos señores porque aborrecerá a uno y amará a otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo” (Lc 16, 13).

El mayor ejemplo de virtudes es Jesucristo. ¿Dónde lo encuentro? En la Eucaristía, en la vida sacramental y en los rostros sufrientes en los que se revela en el prójimo -mi próximo-. Caminemos juntos en clave sinodal-misionera y atesoremos la experiencia de los que viven la enfermedad temida, que no hay que maldecir. No solo oremos por ellos que ciertamente son valientes, sino oremos con ellos y encarnemos su realidad para que esa dura experiencia sea una semilla de fe y enseñanza eficaz para nuestras vidas. 

Somos caminantes hacia lo trascendente y el recurso no renovable del tiempo nos enseña que unos solo van más adelante. Hay que soltar esa actitud de acumular para caminar con menos peso y volumen. Así nos anticipamos a un posible camino angosto y que la puerta a la llegada sea bien pequeña. Por ello, una buena práctica sería hacer un resaque y llevar artículos y ropa en buen estado junto a un donativo [dinero, talento o tiempo] a Cáritas de Puerto Rico o los proyectos de caridad parroquiales para que el próximo necesitado lo aproveche. Seamos como aquel niño, desprendido, minimalista como está de moda y así sorprender a Dios con nuestra pequeñez. No sea que nos sorprendan las palabras de Dios al que almacena trigo y bienes para muchos años: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”, (Lc 12, 20). 

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

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