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Hechos de los Apóstoles: Desde el mismísimo día en que celebramos la Pascua, ya las 1ras lecturas se sacan de los Hechos de los Apóstoles, puesto que toda la labor de la Iglesia primitiva, su predicación, sus reuniones litúrgicas, giraron en torno a la Resurrección del Señor.

En la Carta a los Colosenses, San Pablo exhorta a que no hagamos de las riquezas de este mundo nuestra meta fundamental, sino la vida eterna a la que todos aspiramos.

El Evangelio de San Juan nos presenta la consternación de los Apóstoles al corroborar que Jesucristo no estaba en la tumba, pero un pequeño detalle les hizo ver que Jesús resucitó.

Hay algo de anticlimático en la celebración de la Pascua. Vivimos con intensidad la Cuaresma de camino a la Semana Santa y la celebración de la Resurrección del Señor. Cuando por fin llegamos a ese momento, como que todo se cae. Se celebró la Vigilia Pascual y el Domingo de Pascua se reduce a buscar huevitos. Bueno, eso es para el cristiano promedio y no para el que vivió la Cuaresma en intensidad y que vive su fe con entrega total. Aunque hay que decir que el “culpable” de esta “esquizofrenia” es el mismo Jesucristo, y veamos por qué…

Jesucristo sabe cómo hacer un “espectáculo”, un “show mediático”, cuando quiere darnos un mensaje. Su Bautismo en el Jordán, fue un espectáculo en el cual también el Padre y el Espíritu Santo formaron parte para inaugurar su ministerio; sus milagros fueron un mensaje claro de que estaba investido de lo alto; la curación del Ciego de Nacimiento y la Resurrección de Lázaro fueron manifestaciones de su poder; su entrada triunfante en Jerusalén fue un anuncio a toda la Ciudad de que Él llegó. Sobre todo, su muerte en la Cruz fue el acontecimiento de la ciudad. El mismo Jesús dijo: “Cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mí”, (Jn, 12, 32).  Sin embargo, en aquello que todos hubiésemos querido que fuera su espectáculo más impactante, más potente, más apoteósico, su Resurrección, fue en el más estricto silencio, que por poco ni los mismos Apóstoles lo hubiesen sabido.

De primera intención, todo indicaba que su cuerpo había sido robado. Los doce no le creyeron al testimonio de María Magdalena. Sólo un detalle fue lo que convenció a San Pedro de que Jesús ciertamente había resucitado: el sudario y las vendas en la cama del sepulcro. Si el cuerpo de Jesús hubiese sido robado, los ladrones habrían tomado el cuerpo envuelto y se habrían largado, no iban a perder tiempo en quitarle las vendas. Pero esas vendas en la cama del sepulcro daban la impresión de que Jesucristo se había levantado de su sueño, y se fue, dejando la cama sin vestir, como algunos de nosotros hacemos. En el más estricto silencio.

¿Y ahora qué? Pues contra viento y marea, ser testigos de su Resurrección. ¿Para qué Jesucristo Resucitado se manifiesta a sus íntimos (Apóstoles, mujeres, discípulos como los de Emaús)? Lo hizo para que ellos, germen de la Iglesia primitiva, sean testigos y anuncien que Jesucristo Resucitó. Ya San Pablo nos dice en la Carta a los Colosenses que nuestras miras tienen que estar puestas en Jesucristo y su Resurrección, para que nosotros vivamos esa Resurrección. Eso es lo que hizo la Primitiva Iglesia y así atestigua la Primera Lectura. Eso es lo que hemos hecho los cristianos en Puerto Rico y el Mundo, cuando dimos esperanza a nuestro pueblo con los huracanes, temblores y pandemia. Y lo continuaremos haciendo hasta que Cristo venga. Feliz Pascua!

P. Rafael “Felo” Méndez Hernéandez, Ph.D. 

Para El Visitante

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