Escribía una pareja: Reconocemos tener con nosotros algo en común que liga

nuestras vidas de una forma especial en los achaques propios de nuestra edad madura. Sabemos que hay un Dios con nosotros; y que nuestra tarea matrimonial no era un impulso de nosotros solos, sino una misión que Él nos pedía. Sabemos que Él es parte de nuestro hogar; una realidad que sana cuando hay heridas; que da propósito cuando todo parece sin sentido. Sentimos tener a Dios como compañero. Él es la meta de nuestro mutuo amor y, como Su amor nunca perece, pensamos que tampoco perecerá el nuestro.

La tarea de crear un hogar no es fácil empresa. Muchos enemigos nos rodean.  Como los judíos, al regresar de Babilonia y emprender la reconstrucción del templo, con una mano ponían un ladrillo y con la otra blandían una espada. Es enemigo de la tarea nuestro ser inclinado al egoísmo y al hedonismo. Es enemigo el ambiente en que un matrimonio de compromiso y lealtad no pinta.  Lo fácil es convertir la relación en algo de conveniencia, como la camisa que cuando la suda me la cambio. Por eso perseveran mejor en la tarea aquellos que, como dice el salmo, “levanto los ojos a los montes; ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”.

Durante 45 años ya Renovación Conyugal, sin ser un grupo proselitista, también propone ese mensaje. No vayas solo a la tarea. ¿Olvidaste al Dios de tus raíces, al que te estructuró cuando niño? Alza los ojos a los montes. Si en el camino fuiste abandonando esa estructura, ya es hora de que recojas velas; pídele a ese Dios que te fortifique para culminar la misión emprendida. Y este mensaje, como corona de los temas que ofrecemos en los talleres para la reflexión de la pareja, es el que se coloca en el fondo de nuestra misión apostólica.

Recientemente celebramos el taller #500, ¡al mismo tiempo que la ciudad de San Juan! Cuántas parejas de casados y de novios (con ellos es el taller 387) se han puesto en nuestro contacto, ya ni sabemos. En el árbol maravilloso que es nuestra comunidad creyente hay muchas ramas. Todas son necesarias. La capital es el tronco, del que reciben savia y vida las ramas y las hojas. El tronco de las varias obras apostólicas, que agraciadamente sirven nuestra Iglesia, es Jesús Salvador. Cada uno de nosotros somos una rama. Y cada rama tiene su función pegada al tronco. Si no hay tronco vano es nuestro trabajo.

Nuestro grupo, obra de sacrificio y amor de esos laicos que llamamos auxiliares, sigue sus ofrecimientos. Reconocemos que en los conflictos y tristezas conyugales hay momentos en que uno piensa en los medios drásticos. Claro, no deben ser los primeros. Pero, antes de llegar al callejón sin salida, se agarra uno a un clavo ardiente. Es el caso de Consuelo que decidió ponerle las maletas en la puerta al marido que se comportaba como soltero. Con miedo se las jugó frías. Pero el remedio resultó, pues después de su primer gesto de largarse despectivamente, reaccionó y regresó para hablar. Aquella decisión arriesgada fue el comienzo de darle un alto a un estilo de vida que llevaba a la desgracia conyugal.

En esos casos nuestro grupo laical prosigue su tarea. Consuelo es uno de esos que decidieron tomar el toro por los cuernos, para abrir nuevos caminos.  Parejas que han tenido que enfrentar errores dolorosos, como puede ser el adulterio, para utilizarlos como escalones para subir al pent house matrimonial.  Vemos que no todas las parejas tiran la toalla. Hay valientes –ellos y ellas- que dan la pelea, superando recriminaciones de la sociedad o resentimientos profundos. Pero crecen. Porque cuando se toma el toro por los cuernos el monstruo desaparece. Y ahí seguirá nuestra obra en ofrecimiento amoroso y gratuito. ¡Taller #500, gloria a Dios!

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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