Por muchos años, la solicitud de nombramientos de sacerdotes puertorriqueños para las sedes episcopales en Puerto Rico ha sido un verdadero desafío para laicos y sacerdotes que se han expresado al respecto, pero su legítimo pedido muchas veces fue estigmatizado como deslealtad a la Iglesia Universal o como algazara de sacerdotes separatistas.

Durante los 400 años que P.R. vivió bajo el dominio español, solo tuvimos un obispo puertorriqueño. Padre Juan Alejo de Arizmendi fue consagrado Obispo de la Diócesis de Puerto Rico en 1804. Después, el segundo Obispo puertorriqueño para P.R. fue nombrado en 1960: Monseñor Luis Aponte Martínez. Esto, a pesar de ser reconocida la independencia eclesiástica de la Iglesia puertorriqueña por el Papa León XIII en el breve apostólico Actum Praeclare de 1903, en virtud del cual la Diócesis de Puerto Rico queda separada de la provincia de Santiago de Cuba y pasa a estar bajo la jurisdicción directa e inmediata de la Santa Sede.

Además, desde ese momento, la Diócesis puertorriqueña quedó sujeta al Concilio Plenario de América Latina, reconociendo así nuestra identidad latinoamericana. Sin embargo, la designación de Obispos boricuas tuvo que esperar casi 60 años más. Candidatos idóneos tenía nuestra Iglesia en los inicios del siglo XX, como P. José María Berríos, pero pesaron más otros condicionamientos. Un grupo de laicos y sacerdotes, entre los que se encontraba, siendo aún sacerdote de San Juan, nuestro primer Obispo de Caguas, Mons. Rafael Grovas, intelectual de primer orden y figura reconocida por los círculos académicos, se organiza para pedir a la Santa Sede que se reconozca la madurez de la Iglesia de P.R., la Diócesis más antigua del Nuevo Mundo.

Otros nombres de peticionarios son: P. Linera, P. Antulio Parrilla, Dr. José M. Lázaro, Lic. Roberto Beascoechea Lota, Dra. Margot Arce de Vázquez, Lic. Eladio Rodríguez Otero, entre otros. A finales de la década de los 50 y a principios de los 60 se llevaron a cabo los principales reclamos de estos distinguidos puertorriqueños. Quisiera presentar brevemente algunas de las fuentes que fundamentaban su pedido:

Benedicto XV

“Por eso es de lamentar que haya todavía pueblos que, después de tantos siglos de haber recibido la fe católica […] y de contar con varones preclaros en todas las ramas de la cultura, no tengan sin embargo sus propios Obispos que los gobiernen”, (Carta Apostólica Maximun Illud, 1919).

Pío XI

“¿Por qué al clero indígena, que es propio y natural de un lugar, se le ha de impedir cultivar su propio campo, o sea, gobernar a su propio pueblo?”, (Carta Encíclica Rerum Ecclesiae, 1926).

Pío XII

“Como bien es sabido, las sagradas misiones tienen como primer fin hacer que la luz de la verdad cristiana brille para esos nuevos pueblos, a fin de que también haya nuevos cristianos […]. Pero, la meta última, que ha de tenerse siempre en mente, es que la Iglesia se establezca tan fuertemente en esos pueblos que puedan tener sus propios jerarcas, sacados de entre su propia gente”, (Carta Encíclica Evangelii Praecones, 1951).

“Cuando la Iglesia esté servida y gobernada por sacerdotes y Obispos de vuestra propia nación, […] entonces las esperanzas y las oraciones de los primitivos misioneros se habrán realizado”, (Mensaje Radial, se desconoce la fecha).

Revista Ecclesia

“El clero indígena no es, precisamente, una concesión al nacionalismo ni un mero comodín para solucionar dificultades; es una exigencia normal del desarrollo de la vida católica, es ley permanente en toda la historia de la Iglesia. El misionero extranjero tiene un carácter de interinidad según la estrategia de Dios. Ha de estar allí como un precursor, como un adviento vivo, como un preparador de caminos, y después ha de desaparecer progresivamente a medida que el sacerdote indígena crece”, (1955).

El mismo Monseñor Rafael Grovas, siendo canciller del Arzobispado de San Juan, se expresa sobre las actitudes contrarias al establecimiento de una jerarquía puertorriqueña. Con el propósito de comentar las declaraciones de varios caballeros ponceños en relación a los Obispos nativos, escribe:

“En tales declaraciones se identifica el pedir Obispos nativos con la profesión de un estrecho nacionalismo. Y contra tal petición se esgrime el argumento de la universalidad de la Iglesia. En primer lugar, el sentido común nos dice que los primeros en anhelar y preocuparse porque en Puerto Rico haya Obispos nativos no pueden ser otros que los mismos Obispos y sacerdotes no nacidos en el país. Es natural: sería inconcebible que un agricultor sembrase, y al mismo tiempo no anhelara ni se preocupara de cosechar su mejor fruto, sino que insistiera en cosechar un fruto de inferior calidad”.

“Plantéesele a un católico de España la mera posibilidad de que el americano Cardenal Spellman sea nombrado Arzobispo de Toledo; y a un católico de Estados Unidos de que el Cardenal africano Rumgambwa, sea nombrado Arzobispo de Nueva York; y a un católico de Holanda que el español Cardenal Pla y Dentel sea nombrado Arzobispo de Utretch; y a un católico de Italia que el holandés Cardenal Alfrink sea nombrado Arzobispo de Milán. Todo esto por inconcebible, no se aceptaría ni siquiera como excepción. Es que, al esgrimir contra la expresión del deseo de obispos nativos el argumento de la universalidad de la Iglesia a favor de obispos no nativos, se está confundiendo lamentabilísimamente un principio con su excepción. Y la excepción no se desea ni se pide”, (Periódico El Mundo, 8 de agosto de 1964).

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