En el ámbito de nuestra fe católica, hablamos con frecuencia de la Historia de la Salvación. Y esto, especialmente después del Concilio Vaticano II (1962 – 1965). Ese relato para nosotros es sagrado. Se fundamenta en toda la revelación de Dios, quien, desde antes de la creación, había ya decidido enviar a Su amantísimo Hijo, moldeado en nuestra carne mortal (Catecismo Iglesia Católica, #460). Esa historia es la que nombramos “Historia”, con letra mayúscula.

En la inmensa riqueza de nuestra Iglesia Católica, hay también múltiples otras historias, mitos y leyendas, con letras minúsculas. Nuestra fe, como bien sabemos, se nutre de la revelación en las Sagradas Escrituras y en la tradición oral. Pues es precisamente en la tradición de lo que el Pueblo de Dios cree, relata y comparte, que aprendemos de otras muchas historias, mitos y leyendas. Prácticamente, un gran número de pueblitos a través de todo Latinoamérica conmemora algún incidente milagroso, alguna aparición de la Santísima Virgen o de algún Santo popular. El evento sagrado que el pueblo celebra, no tiene explicación lógica y se acepta solo desde la fe. Esto constituye historia sagrada, con “h” minúscula.

Zambrana

Pero se incluyen también como eventos extraordinarios, algunos mitos que retan el sentido común. Un mito, del griego mythos, se entiende como un relato de hechos asombrosos cuyos protagonistas son personajes sobrenaturales o extraordinarios (héroes). Aunque sean menos comunes entre nuestro pueblo fiel, sí los hay. Mayormente se refieren a personajes de esa localidad, que son recordados en poesías o refranes populares, alusivos a su memoria, pero que, en la conciencia colectiva, no podrían relatar su historia con exactitud.

Una leyenda es una narración popular que cuenta un hecho real o ficticio, que se transmite de generación en generación en forma oral o escrita. Historias, mitos y leyendas nutren la imaginación del pueblo creyente. Desde la dimensión cultural, son enriquecimientos del folclore y sin duda también, de la piedad popular.

Como ejemplo claro de lo mencionado, podemos señalar la fiesta de San Valentín. Esta ha sido apropiada por el pueblo, y galardonada como la “fiesta del amor”. Variadas son las leyendas sobre este santo. Una de las más populares, relata que, en el siglo III, el emperador romano, Claudio II, había prohibido el matrimonio a los jóvenes que iban a ser reclutados al ejército. La idea era evitar que los soldados tuviesen ninguna atadura emocional. San Valentín fue el sacerdote romano, que, en secreto, casaba a los jóvenes reclutados. Por esta causa, sufrió el martirio un 14 de febrero del siglo III.

Menciono este ejemplo, pues detalla muy claramente, cómo la fiesta de un santo, con toda su rica leyenda, se propaga y se interpreta convenientemente, como patrono de los enamorados. Añádase aquí, la billonada de dólares que año tras año la fiesta de los corazones, convenientemente, arroja a las arcas del comercio mundial.

Mi pueblo de Coamo, Puerto Rico, venera a la Virgen de Valvanera, también, fruto de una leyenda del siglo XVII. La historia bien conocida, cuenta que el pueblo fue azotado por una plaga de cólera. Un fiel creyente, natural de La Rioja en España, por nombre Mateo García, sugirió una novena a la Virgen de Valvanera, suplicando liberación de la plaga. El milagro fue concedido, y en el 1683, el pueblo construyó una ermita en su honor. El Colegio de Valvanera, fue construido en el 1929, anexo a la afamada ermita.

En La Piedad, Michoacán, México, se levanta un santuario impresionante en honor al Señor de la Piedad, tal como es nombre del pueblo. Fue la Nochebuena de 1672 cuando varios pastores reunidos alrededor de una fogata en Michoacán, México descubrieron que un tronco de madera, no se consumía con las llamas. Al removerlo de la fogata, descubrieron que la madera se asemejaba a una figura humana, específicamente, a un Cristo milagroso. ¿Milagro, mito, pura leyenda? Nadie en La Piedad, se atreve cuestionar la manifestación de la Divinidad, tal como la tradición de fe afirma el milagro.

Riqueza de la fe católica, seguirá siempre siendo lo que conocemos como “Religiosidad Popular”. Se entiende como la expresión de la fe del pueblo en un sincretismo de la doctrina católica, con la rica tradición del pueblo. Cada creyente insiste que el misterio de Dios se hace cercano, a través de lo familiar de su cultura y su práctica devota.

Fueron nuestros Obispos Latinoamericanos, quienes, en el 1968 reunidos en Medellín, Colombia, afirmaron: “La expresión de la religiosidad popular es fruto de una evangelización realizada desde el tiempo de la Conquista, con características especiales. Es una religiosidad de votos y promesas, de peregrinaciones y de un sinnúmero de devociones, basada en la recepción de los sacramentos, especialmente del Bautismo y de la Primera Comunión, recepción que tiene más bien repercusiones sociales que un verdadero influjo en el ejercicio de la vida cristiana”, (Doc. Medellín, Cap. VI, #3).

Así ha sido en toda la Historia de Salvación. Así seguirá siendo en el caminar de fe de los pueblos, cada cual con sus historias, mitos y leyendas.

(Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.)

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