En el Artículo 2, Sec. 5 de la Constitución, se establece como un derecho fundamental de nuestros ciudadanos el derecho a una educación que propenda al pleno desarrollo de su personalidad y al fortalecimiento del respeto de los derechos del hombre y de las libertades fundamentales. Para garantizar este derecho el estado asume ciertas responsabilidades, igualmente definidas en la Constitución de PR: enseñanza primaria y secundaria gratuita y la asistencia obligatoria de los niños a las escuelas. Estas funciones del estado son subsidiarias, a la responsabilidad primaria de los padres de proveer educación a sus hijos.
La instrucción se relaciona con la dimensión cognitiva e intelectual, encaminada a hacer que los alumnos adquieran conocimientos y habilidades, pero la educación, se relaciona con la adquisición de valores, abarcando la dimensión afectiva y emocional del ser humano. La instrucción es una función que suple el estado, para garantizar su acceso a todas las personas. La educación es un proceso que comienza desde que el niño nace y la recibe de sus padres y familiares. La instrucción se desarrolla dentro de ciertos periodos en la vida de la persona, pero la educación nunca termina. Desde que nacemos hasta que morimos, seguimos desarrollando nuestra personalidad.
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI) al especificar los derechos humanos, define como uno de éstos: “el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad”. (CDSI, 155) Bajo esta definición, se establece claramente que la educación tiene unos propósitos ulteriores: la búsqueda de la verdad y la libertad. Educar para la verdad es un requisito para lograr el pleno desarrollo de la persona y permitir que la sociedad se encamine hacia la consecución del bien común.
La búsqueda de la verdad es una obligación de toda persona. Requiere ejercer juicio crítico ante diferentes opiniones y puntos de vista. Requiere también de tolerancia, responsabilidad y respeto. La familia es la institución que “ayuda a que las personas desarrollen su libertad y su responsabilidad, premisas indispensables para asumir cualquier tarea en la sociedad (CDSI, 238). Tiene una función insustituible en la educación. El Código de Derecho Canónico (CIC, 226) establece que los padres tienen el gravísimo deber y el derecho de educar a sus hijos, por lo que tienen la obligación de procurar la educación cristiana de sus hijos. Corresponde también a los padres vigilar la labor de la escuela y colaborar con ella. En su función de educadores primarios, tienen el derecho preferente a elegir la educación que la escuela provee a sus hijos, para que se conforme a sus convicciones, pero sobre todo a la verdad.
La encíclica Familiaris Consortio (1981) establece que la familia es la primera, pero no la única y exclusiva, comunidad educadora. Por eso, es menester que se integren los esfuerzos de iglesia, sociedad y estado, para que cada institución, de acuerdo con su competencia, contribuya al desarrollo de las personas. Leemos en esta encíclica: “El Estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las familias todas las ayudas posibles, a fin de que puedan ejercer adecuadamente sus funciones educativas. Por esto tanto la Iglesia como el Estado deben crear y promover las instituciones y actividades que las familias piden justamente, y la ayuda deberá ser proporcionada a las insuficiencias de las familias”, (FC, 36). Por tanto, “todos aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvidar nunca que los padres han sido constituidos por Dios mismo como los primeros y principales educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable” (FC, 40).
En sus elocuciones sobre la educación el Papa Francisco insiste en la necesidad de reenfocar la educación. Señala el Papa, que la educación es un factor humanizador que ayuda a romper el individualismo, a apreciar las diferencias, a tolerar, a descubrir la fraternidad, a responsabilizarse por el medio ambiente. Por eso pone mucha esperanza en la verdadera educación, que no es solo transmitir conceptos, sino abrirse a la verdad.
Nuestra responsabilidad hacia la educación es concientizar a la familia a que retome su rol central en la educación de sus hijos. Es la familia, principalmente los padres, quien con el ejemplo educa en valores. También debe retomarse la importancia de la educación en la fe, para esa labor las familias cuentan con el apoyo de las parroquias.
Nélida Hernández
Consejo de Acción Social Arquidiocesano



