CUANDO EL ÁNIMO FALTA

En la inocencia de la infancia, el crecimiento ocurre como proceso normal en un proyecto que se puede decir ‘inconsciente’. Todo ocurre sin tener que ni planearlo. Se aprende lo que es aceptable o no, por la supervisión de unos padres o adultos responsables. En el ámbito de la moral, todavía la cuestión de la conciencia no entra en juego. Se dice usualmente, ‘sin pensarlo’. Es precisamente en la etapa de la adolescencia, que se vive toda la confusión y desafío de los desafíos de la vida. El joven se enreda internamente tratando de entender y resolver su dilema.  De ahí viene la palabra ‘adolescencia’ detallando su realidad de que ‘adolece’ o sea no tenga la capacidad requerida para responder adecuadamente. 

Hay que señalar que el proceso de maduración depende de muchos factores. Algunos de ellos son incontrolables. El ser humano vive sometido a circunstancias sobre las cuales no tiene control alguno. De ahí la importancia de tomar en cuenta todo su trasfondo, para entender la razón de su carácter y personalidad. Un niño criado en un arrabal, entre pobreza y abandono, usualmente se desarrolla sin supervisión adecuada. Así es como su comportamiento adulto muestra falta de modales y vocabulario inapropiado, por mencionar un ejemplo. Lo innegable de la vida es que cada uno se desarrolla desde su situación humana. Lo que se debe tomar en cuenta es que cada criatura sigue los procesos determinados por circunstancias individuales. Mira de cerca la experiencia personal. Cada uno es diferente.  

Lo que interesa es notar cómo se actúa en cada situación. El punto no es tanto el manejo de lo ordinario, si no cuando el ánimo falta. No existe una norma o fórmula para resolver el problema. Lo recomendable sería tomar en cuenta el carácter o temperamento de cada uno. La reacción en cada momento se manifiesta de acuerdo con lo sensitivo o decisivo de ese carácter. Algo semejante al proverbio ‘el ritmo se conoce al caminar’ se puede aplicar a este caso. ‘El carácter sale a relucir en casos de desánimo’. Los optimistas manejan esa situación con actitud de ‘yo puedo’. Los más sentimentales se muestran vulnerables y el llanto muchas veces es el modo de desahogo. No se muestran capaces de superar el conflicto cual sea. Los más religiosos, por supuesto, acuden a la oración, apelando a la ayuda de la providencia. Otros, se muestran contrariados y se enajenan de la vida, como alternativa.    

Cuando el ánimo falta es cuando el poder de la fe debe hacerse operativo. Se insiste que creer en Cristo no es para ir al cielo. Eso vendrá por añadidura. Se cree en el poder del Resucitado para manejar la vida como ‘campeones’, no fracasados. ¡Hombres y mujeres atrevidos y persuadidos que sí, se puede! Hay que admitir que la mayoría de los creyentes en Cristo todavía están por descubrir ese poder.   

Históricamente la fe tradicional instruía a la enajenación del mundo. El conocido ‘fugi mundi’ (fuga del mundo) era parte central de la vida espiritual. Desde el Concilio Vaticano II, toda una espiritualidad de ‘integración’ comenzó a influenciar la vida de la Iglesia. Anteriormente se argumentaba que el mundo era el lugar del pecado. La espiritualidad heredada de Sto. Tomás de Aquino era claramente influenciada por esa mentalidad. Un ‘dualismo’ separaba a los seguidores de Cristo. El esfuerzo de seguir integrando el alma y el cuerpo, lo espiritual con lo material, sigue como proyecto central post Vaticano II. Una espiritualidad de ‘redención’ enfoca el pecado y la urgencia de un ‘redentor’. La expresión de San Juan en su evangelio, ‘Tanto amó Dios al mundo’ (Jn 3, 16), se interpreta, ‘Tanto pecó el ser humano’…que Dios no tuvo otra alternativa que enviar a su ‘propio Hijo’. De ahí surge la teología ‘encarnacional’. La razón de la Encarnación no fue el pecado, sino el amor del Padre.   

Cuando el ánimo falta, es cuando ese ‘Tanto amó Dios al mundo’ necesita tomarse en cuenta. La prioridad o la centralidad del pecado y sus consecuencias no deben de predominar. Abrirse al Espíritu, hacerse vulnerable, creer que Dios nunca abandona a su Pueblo…, ¡esa es la urgencia del momento!   

Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.

Para El Visitante

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