Prudencia como valor social

El Catecismo de la Iglesia católica define a la prudencia como aquella virtud que nos permite discernir entre lo que es bueno y lo que es malo, y nos dispone a realizar el bien (CIC 1806). En su exposición cita a Santo Tomás, que define a la prudencia como la “regla recta de la acción”. Es la virtud que nos lleva a ser cautos y a reconocer las implicaciones de nuestros actos, de modo que obremos siempre de la forma correcta. Gracias a la virtud de la prudencia las personas pueden aplicar los principios morales en casos particulares sin incurrir en error. Por otro lado, cada persona puede aclarar las dudas que tenga sobre el bien que puedan hacer o el mal que deben evitar. Lo contrario a ser prudente es ser irreflexivo y actuar sin considerar las posibles consecuencias de nuestros actos.

La prudencia se manifiesta en dos procesos: reflexionar (deliberar) y decidir (actuar). En el proceso deliberativo, la persona considera y evalúa sus opciones de acción, a la luz de su experiencia personal, pero además pide consejo y anticipa las consecuencias de sus acciones. En la fase decisional, la persona decide actuar y elige el momento adecuado para actuar. Esto le permite tomar decisiones correctas y moralmente aceptables. Ser prudente no significa no tomar riesgos o asumir posturas, sino todo lo contrario, actuar apropiadamente, bajo cada circunstancia siendo guiados por nuestros valores y principios.

En la vida social es una virtud necesaria para poder perseguir el bien común. Nos dice el Catecismo (CIC 1906) que la prudencia es la virtud que deben poseer aquellos que ejercen la autoridad. Mediante ella el gobernante comprende su deber de respetar los derechos de todas las personas, garantizándole las libertades civiles para que puedan disfrutar de bienestar social y desarrollo. La prudencia se manifiesta en un uso adecuado de los recursos, que salvaguarde los derechos de las generaciones futuras y que considere una apropiada distribución de los bienes entre todos los ciudadanos. También es reflejo de prudencia la planificación social y económica, la preocupación por la preservación del medio ambiente y la consideración del impacto de nuevas biotecnologías.

No solo los gobernantes deberían poseer esta virtud, sino que también todos los ciudadanos están llamados a meditar sus pasos y a considerar las implicaciones de sus acciones. Es fundamento del respeto a los demás y se convierte en compromiso en la defensa del bien común.  En Mat eo (7, 24-27), Jesús nos dice que el hombre prudente edifica su casa sobre roca, de forma que ni las lluvias, ni los vientos pudieron derribarla. También en Mt 25, 1-13, en la parábola de las vírgenes prudentes, se elogia la virtud de aquellas novias que por haber previsto su necesidad de guardar aceite pudieron entrar al banquete de bodas. La prudencia para el cristiano se fundamenta en escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Es mediante la aplicación de esta palabra en todos los campos de acción que el cristiano hace una diferencia en el mundo.

El ser prudente no significa tener la certeza de no equivocarse, por el contrario, la persona prudente muchas veces ha errado, pero ha tenido la habilidad de reconocer sus fallos y limitaciones aprendiendo de ellos. Sabe rectificar, pedir perdón y solicitar consejo. Esta capacidad promueve las buenas relaciones sociales.

La Doctrina Social de la Iglesia presentada tanto en el Compendio de la Doctrina Social, como en numerosas encíclicas y documentos pontificios, es una guía para el cristiano prudente, que debe optar siempre por el bien común, el respeto a la dignidad humana y la promoción de la justicia y la paz. En la Doctrina Social de la Iglesia se encuentran los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción que promueven el desarrollo integral de la humanidad. Nos corresponde a nosotros, como personas prudentes actuar de acuerdo con esa doctrina.

Nélida Hernández | Consejo de Acción Social Arquidiocesano)

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