La fuerza de la fe, por un lado, y el instinto natural de supervivencia, por otro, impulsaron a muchos a reaccionar de inmediato ante la realidad que aún enfrenta Puerto Rico tras el huracán María.

Sin embargo, con el paso de los días, es muy probable que ataque el cansancio y el desánimo o, dicho de otra manera, “la prueba de la cotidianidad”, según lo expresó Monseñor Daniel Fernández, Obispo de la Diócesis de Arecibo, en entrevista con El Visitante.

Por eso, destacó la importancia de que los sacerdotes continúen brindando con esmero la ayuda material y espiritual al pueblo que todavía recibe el impacto de las consecuencias del huracán.

Monseñor Daniel ha visitado algunos sacerdotes, sobre todo, aquellos que ejercen su ministerio en comunidades que han sido fuertemente afectadas por el huracán, como son las del municipio de Utuado, y ha sido testigo del arduo trabajo de presbíteros que se han lanzado a la calle a tener gestos de cercanía con la gente, acompañarlos, llevar alimentos, e incluso, a unirse a labores de limpieza y recogido de escombros.

Luego del azote del huracán, era preciso conocer la situación del clero y sus respectivas comunidades, así que “me senté un día, recuerdo, a llamar por un teléfono de línea que encontramos que funcionaba en el obispado y desde allí estuve llamando, dejando mensajes de voz y, cuando mi celular funcionaba, dejando mensajes de texto, preguntando cómo estaban y que, en la medida de lo posible, me dejaran saber cómo estaban ellos y cómo estaban sus comunidades”, relató.

De otra parte, mencionó que uno de los asuntos discutidos con el clero, ha sido la urgencia de velar por los ancianos y enfermos que no pueden salir, aspecto que le ha tocado vivir en carne propia con sus padres, a quienes se llevó algunos días con él para atenderlos.

“Emocionalmente, ellos se afectan, pero al mismo tiempo tienen la fuerza de la fe y la confianza grande que testimonian en la providencia de Dios de manera admirable. Saben lo que es una vida dura y tienen una fuerza natural, pero también sobrenatural, para enfrentar las situaciones”, subrayó.

Por otro lado, de cara a los impresionantes escenarios que muestran a cientos de familias sin hogar, y a otros tantos más incomunicados y con dificultad para buscar los suministros, dijo que: “Hemos prescindido de hacer actividades que conllevaran un gasto de dinero. Nosotros estábamos por concluir nuestro quinquenio de pastoral, y teníamos una actividad a nivel diocesano, y actividades a nivel parroquial, pero hemos visto que no es el momento de invertir dinero en estas festividades, sino que nuestros recursos los ponemos a disposición de las necesidades de la gente”.

Por eso, indicó que cada parroquia festejará a la Patrona de Puerto Rico, la clausura del Año de la Familia y el quinquenio del Camino Pastoral Diocesano, “con la más grande celebración que es la Santa Misa”.

Y, a propósito de la culminación del Año de la Familia, se le preguntó si había un nuevo tema para invitar a los fieles a vivir el siguiente año y, sonriendo, el Obispo manifestó que “queremos que sea un año mariano, un año dedicado a la Virgen María, a nuestra Patrona la Virgen del Perpetuo Socorro. Creo que ese título, Perpetuo Socorro, adquiere un significado muy particular en medio de la situación que estamos viviendo después del huracán; saber que María está siempre atenta a nuestras necesidades para socorrernos”.

Y, puntualizó que, será “1 año de evaluación del quinquenio del Camino Pastoral, por lo que deseamos darle a ese proceso una espiritualidad mariana. Como María junto a los apóstoles, queremos estar atentos al don del Espíritu y, sintiéndonos muy acompañados por Ella, promover la devoción a la Virgen bajo esa advocación del Perpetuo Socorro”.

(Vanessa Rolón Nieves)

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