(Primero de varios artículos)

Monseñor Ulises nació el 25 de septiembre de 1933 en el barrio Palmarejo de Lajas, aunque más tarde la familia se muda al sector La Haya, de dicho municipio, donde prácticamente se crió. Era el hijo menor del matrimonio de don Juan y doña Juanita. El haber nacido en nuestros campos y en un hogar profundamente religioso marcó su vida. Primero, porque aprendió, vivió y desarrolló su fe en el hogar. Él mismo confiesa: “Mi casa era un hogar de fe. Mis padres eran muy creyentes, rezaban fervorosamente y siempre íbamos juntos a misa”. Segundo, porque en él siempre permaneció su alma jíbara. Esa alma que los escritores de la Generación del 30 afirmaban que encarnaba la esencia de la puertorriqueñidad y las virtudes que siempre han caracterizado al pueblo de Puerto Rico y de lo cual él se sentía orgulloso. El 21 de mayo de 1986 en la graduación de ISTEPA, después de afirmar que sentía profundo orgullo de que Puerto Rico fuera su patria, indica: “[…] por la gracia de Dios pude compenetrarme con la sicología del buen jíbaro puertorriqueño” (p. 155). Desde mi perspectiva, puedo decir que siempre era la misma persona, nunca percibí doblez alguna en él y en estos tiempos que vivimos en Puerto Rico eso es ya una gran virtud.

Luego de estudiar los grados elementales e intermedios en la escuela pública de Lajas, en el año 1945 inicia sus estudios de escuela superior en la Academia San Luis de ese pueblo, lo cual sería de mucha importancia en el discernimiento de su vocación. Esta institución educativa había sido fundada por, el entonces párroco, Padre José Torres Rodríguez. Cuatro años antes, o sea en 1941, el Padre Torres había puesto la Academia bajo la dirección de las Hermanas Josefinas de Berentwood, New York. Con motivo de la celebración de los 50 años de haberse establecido dichas Hermanas en San Germán, Monseñor Ulises habla sobre los primeros momentos de ellas en Lajas:

Ya ambientadas y superados los primeros obstáculos, las Hermanas se dieron a la tarea de ir forjando, poco a poco, [a] los hombres [y mujeres] del mañana, a través de una educación integral. Siempre tuvieron encuenta aquella nota característica de toda educación católica “la búsqueda del crecimiento de los alumnos en la fe” (p. 148).

De adolescente, tiene una activa participación parroquial y siente el llamado a la vida sacerdotal, pero luego de graduarse de escuela superior, opta por estudiar en la Universidad Católica Santa María Reina, como se llamaba entonces, donde obtiene su bachillerato en Artes Liberales. Durante su estadía en Ponce se hospeda con la comunidad de los padres y hermanos Marianistas que dirigían, en ese tiempo, el Colegio Ponceño de Varones, hecho que le abrirá horizontes en su futura vocación. Aquí laborará, luego, durante 6 años como maestro, hasta que decide ingresar en el Seminario Mayor Regina Cleri, donde cursa los estudios de filosofía.

Monseñor Ulises reconoce que toda esta experiencia de vida le ayudó grandemente en el discernimiento de su vocación sacerdotal. El 30 de mayo de 1992, en el vigésimo quinto Aniversario de su ordenación sacerdotal, agradece las bendiciones y ayuda recibidas. En primer lugar, humildemente, a Dios que lo escogió para ejercer su ministerio. Y en segundo lugar a:

[…] los que fueron instrumentos del Señor en el despertar, el crecimiento y respuesta a mi vocación sacerdotal: mis progenitores, papá, (q.e.p.d.), y mamá que por su edad no ha podido venir; las hermanas de la Congregación de San José de Breentwood. Entre ellas Sister Mary St. John; mis queridos sacerdotes y religiosos del campus de la hoy Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico; los padres y hermanos marianistas del inolvidable Colegio Ponceño de Varones, mi residencia por diez años, durante mis estudios universitarios y profesorado en el Colegio; mis vecinos los Padres Mercedarios de la parroquia la Merced” (p. 241- 242).

En la exposición que hace sobre el desarrollo de su vocación, apreciamos que el hogar tuvo un papel preponderante en la misma, al ser un centro de la vivencia de la fe. En una ceremonia de entrega de certificados en CROEM, les recuerda a los padres que ellos son los: “Primeros educadores y los formadores natos de los hijos en el seno de la familia, Iglesia doméstica por excelencia […]” (p. 137).

A través de la educación, la Iglesia ha sido promotora de la cultura y con ello ha llevado el mensaje de la fe. El año 1979, Monseñor Casiano tiene a su cargo el discurso de graduación de la Academia San Luis e insiste en que:

[…] el fin principal y directo de la escuela católica consiste en hacer crecer la vida sobrenatural en las almas y hacer llegar a los cristianos a la plenitud de Cristo (Efesios 4, 13) anunciándoles la buena nueva y enseñándolos a conducirse según las normas del Evangelio (p. 141).

Si bien la Iglesia no tiene escuelas católicas para tener vocaciones religiosas, no es menos cierto que las mismas, así como las organizaciones juveniles de la Iglesia, cuando funcionan como instituciones de evangelización, de ellas salen almas que ansían consagrarse al Señor. Como les dijo a los graduandos Monseñor Casiano en el discurso antes señalado: “No olviden que es aquí, en el Colegio, donde se siembra la semilla que en otros tiempos y en otros lugares producirá el fruto esperado” (p. 145). Debo insistir, y ustedes lo saben bien, que en la proclamación del Evangelio lo primordial es sembrar la semilla (Juan 4, 37-38), lo demás es del Señor. ■

Roberto Fernández Valledor
Para El Visitante

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