La primera lectura es la bella historia vocacional de Jeremías. El libro comienza con el Profeta hablando de cómo fue llamado, pero fue llamado para denunciar los pecados de Jerusalén y de exhortar al pueblo a que se rindiese frente a Babilonia a manera de purgatorio. Sus palabras no gustaron al pueblo y por eso fue perseguido.

Seguido se encuentra la catequesis de San Pablo en la 1ra Carta a los Corintios con respecto a la vida eclesial, hoy llegamos al punto culminante de la convivencia: el amor. Es el amor quien tiene que regir entre los miembros de una comunidad, de la misma manera que rige la convivencia matrimonial y familiar.

En el Evangelio Jesucristo acaba de predicar en la sinagoga de su pueblo. En vez de ser aclamado por sus compueblanos y familiares, fue rechazado al punto de que se trato de ser desplomado en un risco. ¿La razón? Decir la verdad. Sus compueblanos no pudieron aceptar la verdad de que Jesucristo es el Mesías.  

Nosotros los cristianos en Puerto Rico pecamos de condescendencia e hipocresía.  Una de las grandes razones para esto es el miedo al rechazo porque sabemos que la verdad duele, la verdad es rechazada. Incluso los sacerdotes tenemos miedo de predicar la verdad por miedo a que nos abandonen en las parroquias. Pero un profeta es uno que habla en nombre de Dios, dice las cosas que Dios quiere que se diga. Esta palabra de Dios es a veces una caricia en la mejilla, pero a veces es una bofetada.  

En nuestro argot, cuando alguien está sufriendo por decir la verdad, le decimos “estás recibiendo premio de profeta”. A Jeremías se le echó a un pozo seco y se le rompió una yunta en la cabeza; a Juan Bautista le cortaron la cabeza; y a Cristo lo crucificaron. Esto es lo que le pasa a todos los que son testigos de la verdad. Pero lo que se nos olvida es que, aunque la verdad duele, a la larga nos libera. Nuestro refrán es la verdad nos lleva al cielo. Nosotros los cristianos, ante la verdad, tenemos que tener dos actitudes. La primera es aceptarla, aunque la verdad no nos guste. La segunda es que tenemos que casarnos con ella, ser testigos de ella, decir la verdad a los familiares, amigos y conocidos, aunque recibamos por premio el rechazo. Esto le pasó a Cristo.

P. Rafael “Felo” Méndez Hernández

Para El Visitante

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