En una asamblea de ateos un miembro llega tarde y sin el rito acostumbrado. Y el presidente le intima: ‘¡Oiga, salga y entra aquí como Dios manda!’ Es que la frase ya es manida en una cultura religiosa sin caer en la cuenta de lo que digo. Pensaba yo en la figura del padre en la familia consagrada a su misión de vivir el amor.  Y la inauguración de la restaurada venerada iglesia a su nombre, la asocié a lo que se espera del ‘paterfamilias’ si cumple bien su oficio. Y aquí es que nos ayuda la figura del santo patriarca, padre nutricio del Salvador. El Papa nos llama a contemplar y aprender del corazón de padre, de san José: un corazón amoroso, tierno, obediente, acogedor, creativo, trabajador y colmado de humildad

Reflexionaba un escritor que el desmadre que sufre nuestra sociedad se acrecienta por el despadre del varón de la familia. Sin duda que la paternidad como la vivió José es como sayo grande para algunos papás. Pero por ahí va la cosa. Destacaría, entre tantos adjetivos que el papa atribuye a San José ese de ‘corazón amoroso y tierno’. Es la ternura, la delicadeza, que más fácilmente pensamos vive la mujer que el varón. Pero hay ternura que es varonil, y tan efectiva como la masculina. ¡Y no se trata de que conviertas en transgénero! Y que muestres eso amoroso aun tomando decisiones difíciles. No me imagino a San José gritándole improperios al niño Jesús porque hizo algo que no satisfacía al santo patriarca. Porque el Jesús humano en algún momento no hizo lo que José esperaba. Ejemplo: ¡cuando se quedó en el templo tres días sin avisar!

Recordaba una anécdota en la vida de Gandhi. Había bajado con su hijo a la ciudad y le encargó mucho a su muchacho regresar a tal sitio a tal hora. El muchacho se entretuvo en sus diversiones y llegó bastante atrasado y compungido. Gandhi no descargó sobre él su ira. “Parece que yo como padre he fallado, pues no he podido motivarte para cumplir tu palabra. Yo me merezco un castigo a ver si aprendo a ser mejor padre”. Y comenzó a caminar a pie hasta su lejano hogar, con el hijo llorando detrás de él. No hubo gritos ni golpes. Hubo ternura y delicadeza varonil.  Seguro que el muchacho no volvió a cometer errores parecidos.

Esa ternura tendría aplicación cuando el mismo niño o niña reconoce haberse comportado mal y merecer un castigo. Como el muchacho que llegó con malas notas en la escuela, por su vagancia y poca aplicación. Tenía que llevarle las notas a su padre y ya esperaba el castigo que tocaba. Llegó, puso las notas sobre la mesa, y se bajó los calzones mostrándole las nalgas a su padre, mientras exclamaba ‘eso es lo que hay’. El chancletazo venía, sí. Pero esta vez el padre le abraza emocionado, y le aplica un castigo menos doloroso.

Es delicadeza y ternura que observan los hijos en la forma en que trata a su mujer.  Saber que la mayor parte de los acercamientos a ella son delicados y tiernos. Aunque haya días, y es normal, ¡en que a alguno de los dos no les huelan ni las azucenas!  Es el varón respetuoso con su dama. El que, cuando hay diferencias, puede controlar su molestia, y sabe callar controlando emociones malsanas. Es medicina prodigiosa el que el niño contemple cómo, la mayor parte de las veces, el padre trata a la madre como una dama de alta sociedad. Que no siempre se oigan palabras insolentes, amenazantes, impositivas. Bueno, a la verdad que yo no me imagino a San José con tales arranques. Actuaría siempre ‘como Dios manda’. ¡Y eso, que a quien él mandaba era Dios!

P. Jorge Ambert Rivera, SJ

Para El Visitante

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