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A un sacerdote director de obra apostólica, le preguntaban: ¿cómo va la obra? “Normal”, respondió. “Porque va mal, y eso es lo normal para nosotros”. Silverio con su chispa y agudeza reflexionaba sobre ese hecho, analizando el momento del país. Si en una sociedad lo normal es comer carne de explorador, ya se convierte en la característica de ese país: ¡son caníbales! Y tal parece que los ‘caníbales’ abundan en nuestra sociedad tecnológica, llena de zoom, celulares y Ipads…

Reconozco que para nosotros los viejos el peligro es predicar que todo pasado fue mejor. Bueno, desde el Edén hubo sus problemitas. ¡Tal vez falta que al “problemita” sobrevenga el cantazo que sufrieron los primeros padres! La suciedad existe. También el jabón. Predicar que ese es el ideal supremo, ya se pasa un poco. ¡Ni tanto ni tan calvo que se caiga de espalda y se dé en la frente! Es bueno el culantro, pero no tanto. No deseo ser apocalíptico, aunque de eso hay bastante en las viejas historias de la Biblia. 

Los que procuramos ser fieles al pensamiento católico sobre el matrimonio, aun reconociendo avances y aclaraciones importantes con el devenir de la comunidad, nos topamos con demasiadas situaciones que no encajan. Podría listar las situaciones, para pedir al Espíritu “qué es lo que pide a las iglesias”. Uno, y creciente, es la realidad de las personas no binarias, los del largo alfabeto…  Habrá teorías más o menos convincentes. El hecho es innegable, y más ahora que no hay los miedos antiguos a salir del closet. Son parejas que viven los elementos afectivos que deseamos en los casados. ¿Y tenemos que reconocerlos como verdaderos matrimonios? ¿Y nuestra moral sexual dónde queda? Yo digo como el catecismo antiguo: “Doctores tiene la santa madre Iglesia que os sabrán responder”.

Mis padres convivieron porque eran pobres y eso de los papeles costaba mucho. Se fueron “en concubinato”. Ahora la moda es convivir con toda tranquilidad sin atender los derechos del vínculo legal, y con caso omiso a que la situación los constituye en una relación irregular y pecado. Lo normal en nuestros cursos a novios, que gracias a Dios deciden ahora corregir su situación, es llevar años viviendo en realidad lo que es el matrimonio humano. Pero no hay escrúpulo. Y para agravarlo más, muchos son antiguos alumnos de nuestros colegios, donde suponemos que les instruyeron en la situación pecaminosa.  

Asombra la actitud tan ‘moderna’ ante el hecho del aborto. Personas que se cantan católicos y llegan a decir que eso “es un derecho de la mujer”. No hablo de las que se encuentran en situaciones dolorosas o desesperantes que les conducen a la solución menos buena. No. De antemano es un derecho, como el que tengo para maquillarme con tatuaje o no. Lo del momento es ser abortista. Y se toma como la decisión de acostarme o no con quien desee. Claro, que no me violen… no faltaba más. 

El matrimonio cristiano debe estar abierto al don de la vida. Sin duda, en acuerdo mutuo, en discernimiento, incluso con las dificultades que señala nuestra moral con sacrificios que entendemos difíciles. Pero otra cosa es ver la prole como un enemigo de nuestra libertad individual, de ver la sexualidad solo como un gozo para aprovechar a mi manera. Lo normal es normalizar los anticonceptivos, el buscar las satisfacciones inmediatas. Y a costa de problemas en la futura economía de los trabajadores o en el abandono de los futuros abuelos sin ayuda.

Solo cito unos casos. La lista es más larga. Feminismo torcido e incompleto, economía de ganancias crudas, lo religioso a mi manera… El pecado siempre existirá. También la lucha por eliminarlo, no la aceptación plena como logro del hombre nuevo. ¿Nuevo o necesitado de un nuevo Noé en su barca? 

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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