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No hay madre sin padre

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La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña que la maternidad y la paternidad, ambas, se diferencian en el ser humano a la de los otros seres vivientes. En el ser humano, existe en estas funciones “una semejanza con Dios, sobre la que se funda la familia, creando una comunidad de vida humana, unidas por el amor”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia -CDSI-, 230). Tanto la maternidad, como la paternidad son complementarias y proveen para el bienestar de los hijos. No son un derecho, sino un don que se concede a ambos, para el beneficio de toda la sociedad humana.  

La visión católica de la maternidad contrasta marcadamente con las ideologías difundidas en nuestro contexto social. Los hijos no son un derecho, sino una responsabilidad. Mientras se encuentran en el vientre materno, no son un objeto que se adhiere al vientre materno, sino que tiene una vida propia, que le lleva a diferenciarse, desde la concepción, de un tumor o un tejido amorfo que crece en el vientre materno. Durante el proceso de gestación, la diferenciación de las células es clara evidencia de que una criatura va desarrollándose. La responsabilidad con respecto a esa criatura la delega Dios mismo, no solo a la madre, sino también al padre. Padre y madre, ambos tienen el deber de asumir esa responsabilidad. Por eso la Iglesia condena abiertamente el aborto, ya que representa la negación de la vida a una criatura de Dios.

La responsabilidad de la maternidad y la paternidad no conlleva un derecho total sobre los hijos. Es responsabilidad de los padres amar, respetar, educar y brindar cuidados a los hijos Por eso, la Iglesia condena el maltrato a la niñez, la esclavitud infantil, las prácticas de trabajo explotador y las  de utilizar a los niños como guerreros. El lugar de los niños es en la familia. En ella deben encontrar todo lo que es necesario para convertirse en ciudadanos productivos. De esta forma las familias contribuyen al desarrollo de la sociedad, de tal forma, que “tienen derecho de la asistencia de la sociedad en lo referente a sus deberes de procreación y educación de los hijos”, (CDSI, 237). 

El amor de los padres se pone al servicio de los hijos para que se conviertan en lo mejor de sí mismos, a través de la educación. Los padres se convierten en los educadores primarios y esenciales, inculcando valores y guiando a los hijos para que reconozcan su responsabilidad para con el bien común de la sociedad. En aquellas situaciones en que los padres, por razones económicas, de salud o de otra índole, no puedan atender debidamente las necesidades de su prole, la Iglesia reclama la responsabilidad del Estado, por medio de subsidios u otro tipo de asistencia, apoyando a las familias.

Los hijos no son de la madre o del padre, ni siquiera de ambos, son de Dios y hacia Él debe guiarles el amor que nace en la familia. Leemos en el CDSI (237): “Los padres, como ministros de la vida, nunca deben olvidar que la dimensión espiritual de la procreación merece una consideración superior a la reservada a cualquier otro aspecto.” Todos tienen derecho a ser amados y formados en una familia, por eso se condena la cosificación de los embriones que conllevan las técnicas de clonación humana.

La familia es una unidad, indivisible, por lo que la maternidad, la paternidad y los hijos, no pueden considerarse aisladamente. No es más sagrado el amor de la madre que el del padre. En el caso, bastante común en nuestros días, de familias monoparentales, los padres deben cooperar para que los hijos puedan tener el modelaje de ambos y actuar concertadamente, porque su deber principal, como padre y madre es hacia el bienestar de sus hijos. La familia extendida y la comunidad, especialmente las instituciones de fe y comunidades parroquiales deben velar por apoyar a estas familias y acogerlas, de forma que puedan cumplir su responsabilidad plenamente.

(Puede enviar sus comentarios al correo electrónico: casa.doctrinasocial@gmail.com)

Nélida Hernández

Consejo de Acción Social Arquidiocesano

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