La Corte Suprema de los EE. UU. dictaminó que el aborto es legal, como un derecho de la mujer. La misma opinó que los Estados pueden oficiar bodas para las personas homosexuales dando a las partes los derechos de un matrimonio tradicional. Los que defienden la ideología del género afirman que cada uno puede decidir a qué género pertenece, sin tener en cuenta su realidad biológica de varón o hembra. La impresión es que no hay verdades en sí, verdades por su propia naturaleza, sino que es la persona o son las instituciones quienes definen qué es aceptable o no.

Mi reflexión podría volar más alto a diversas consideraciones morales. ¿Es que hoy es lícito lo que ayer no lo era? ¿Es que lo bueno y lo malo dependen del momento, de las circunstancias? ¿Es que Jorge Washington sería un rebelde subversivo de los Talibanes o un patriota honorable, según su revolución ganase o perdiese contra Inglaterra? ¿Es que los patriarcas pudieron ser polígamos, pero nosotros no?
Son consideraciones que, a fin de cuentas, terminan para algunos en la frase “la moral es relativa” o “todo es según el color del cristal con que se mira”. Desde luego, nuestra moral, iluminada por la fe católica, no admite un relativismo así sin más. Un acto concreto es moral o no según su conveniencia o disconveniencia con el ser humano íntegramente considerado. En ese sentido la moral es una relación. Pero el ser humano, mientras lo sea y sea tal, tendrá relaciones continuamente coherentes consigo mismo y con la forma en que se concibe ser. Y por eso decimos que la moral es absoluta.
Sin embargo, en la realidad vivimos más lo relativo. Porque en la realidad, en los momentos concretos del aquí y ahora, es donde nuestra conciencia debe hacer el esfuerzo por entender primero los principios absolutos, segundo su interpretación y aplicación según la enseñanza genuina, y tercero nuestro poder de captación de todo eso. Y nuestro poder de captación, nuestras entendederas, está sujeto a muchas confusiones y obscuridades. O por decirlo de otra manera, la humanidad va pasando por un gradual entendimiento de lo que es la voluntad de Dios para su creatura.

Así, Abraham fue polígamo, no por mala fe, o porque Dios le diese a él una ley distinta en moral matrimonial, sino porque vivía en una generación que todavía no captaba todas las exigencias de un matrimonio monógamo. Saúl acaba en sangre y fuego con los enemigos de Israel, alegadamente por mandato divino, no porque los enemigos de Dios hayan perdido el derecho a la vida, sino porque Saúl, condicionado por las costumbres guerreras en boga, toma como algo normal y agradable a Dios el acabar con los que no le aceptan. Más adelante la moral evangélica reconocerá el hecho como crueldad y ajeno al ideal del amor al prójimo.

Desde luego, habrá dimes y diretes. Lo que prueba mi aserto: hay otros que todavía verán como necesario a la ciudadanía la ceremonia de jura ante la bandera. También entre bautizados hay todavía mentalidad abrahámica; gente que, por ejemplo, con buena voluntad y por más que la enseñanza eclesial sea directa y clara, no pueden entender que, si son víctimas del divorcio de un matrimonio válido, Dios les quite el derecho a casarse con otro y ser felices.

En una ley inventada por los hombres, como lo de saludar o no a la bandera, hay mucho de relativo, hay mucho de condiciones del momento, o de triquiñuelas de interpretación constitucional. Antes no se era sensible ante el derecho de negarse a tal saludo. Ahora un juez, en unas condiciones de más claridad sobre la extensión que tiene los derechos de la persona humana, declara que viola la Constitución el obligar a saludar la bandera. Del “ojo por ojo y diente por diente” -humanizante y progresista en su momento- se pasará al “amen a su enemigo”; final de un sendero para entender el amor.

De manera semejante Moisés en el Levítico obliga en nombre de Dios a no tomar sangre de animales. Porque la vida es sagrada y él cree que la vida reside en la sangre. Un conocimiento biológico más adelantado o una situación cultural distinta, no entenderá por qué es inmoral eso de la sangre. Sin embargo, sigue siendo verdad que la vida es sagrada.

De igual manera dan gracia las escenas repulsivas de actuación de la Inquisición española en películas americanas como 1492. Nos compadecemos, o nos burlamos, de aquellos pobres que cometían en nombre de Dios aquellos desmanes. Quisiéramos transportarlos en la máquina del tiempo a nuestra época, en la que esa forma de actuar del Estado se entiende como claramente primitiva e indigna del progreso. Y me pregunto cómo calificará la posteridad dentro de algunos siglos nuestra negligencia rampante en tirar basura y contaminar el ambiente.

La moral es, pues, absoluta y en cierta manera relativa. Damos gracias a Dios Padre que en los muchos siglos de su continua revelación en la tierra, quiso usar ese modo gradual, pedagógico, de ir conduciendo a los hombres de lo obscuro a lo menos obscuro, hacia un entendimiento cada vez más consciente y más claro de su voluntad.

(Padre Jorge Ambert)

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