Dicen que el mes de junio es el mes de las bodas. Intrigado por ese hecho, investigué un poco la historia. Aprendí que Rómulo (junto a su hermano Remo, quienes fueron los fundadores de la gran ciudad de Roma), es a quien se le atribuye nombrar el mes de mayo, mes de los “mayo-res” y junio, mes de los jóvenes o “junio-res”. Además, encontré, entre varias teorías sobre el mes de junio, que Rómulo fue quien también dedicó junio al mes de las bodas. Él relacionó a junio con el matrimonio, haciendo la conexión de la unión de los géneros con la palabra “jungo” (juntar), en latín. Se interpretaba ese mes como el más bonito, cuando la naturaleza recobraba su belleza prístina, después de un crudo invierno.  Bueno, pero no creo que eso es de tanta importancia. Lo que sí quería era explicar el por qué del tema.

Desearía desarrollar la reflexión, desde la riqueza doctrinal de la carta del Papa Francisco, publicada el pasado mes de abril. En “Amoris Laetitia”, (Alegría del Amor), nuestro Santo Padre nos dice:

“Esta Exhortación adquiere un sentido especial en el contexto de este Año Jubilar de la Misericordia. En primer lugar, porque la entiendo como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo” (AL #5).

 Considero que el “sostener un amor fuerte y lleno de valores” es uno de los retos más grandes al cual se enfrentan las familias, debido a la modernidad y el cambio radical en la ética y moral cristiana. Los debates públicos que actualmente saturan los medios noticiosos –particularmente sobre el matrimonio gay, la exigencia de sanitarios trans-genéricos, por mencionar dos de los más controvertibles–, confunden el orden natural con los derechos humanos. Innegable ha sido la postura de la Iglesia Católica en su incansable defensa de la dignidad del ser humano y sus derechos inalienables. Un amor fuerte solo es posible desde la convicción que la vocación recibida y libremente escogida al sacramento matrimonial, es permanente e inviolable. Los valores que sostienen la valentía del aguante y la tolerancia conyugal, solo son posibles desde un corazón apasionado y arraigado en la fe.

Cuando Francisco señala “la generosidad y el compromiso” como valores fuertes, debemos interpretar que son indispensables. Vivimos en un ambiente saturado de la promoción del “YO”. Los Selfies, el fanatismo del Facebook, el apego continuo al WhatsApp parecen satisfacer la necesidad emocional-psicológica del consabido “mírame ahora”. De esta manera se alimenta el narcisismo de la generación milenaria, empujando a sus adictos a tendencias individualistas que impiden cualquier esfuerzo de generosidad. El Yoismo se acomoda en la conciencia colectiva del pueblo, y queda muy poca energía para la preocupación por los otros, los demás. Generosidad es un salir del círculo vicioso de lo mío a lo tuyo. Es un sonreír a la vida, con consecuencias de poder llorar por los que sufren. En el matrimonio, es determinante de la felicidad, cuando el sacrificio personal no es calculador ni negociable para ver cómo consigo lo que quiero y necesito.

Compromiso, que es fruto del continuo sacrificio generoso, prolonga y asegura que el amor lo puede todo: “…El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. (I Cor 13, 4-7) Sin compromiso, la relación matrimonial se convierte en algo barato y cobarde. Señal de inmadurez nociva y siempre lamentable, es los que ocurre en una supuesta relación de amor irresponsable.

La alegría del matrimonio la componen muchos elementos. Es un proyecto común de aquellos que rehúsan cansarse de vivir la pasión del amor mutuo. Es ese amarre de los cónyuges, que, renovado cada día, les permite la libertad de adueñarse de la vida del otro/a. Libres son solo aquellos que voluntariamente escogen ser esclavos del amor. Es triste reconocer que la fidelidad se convierte en algo absurdo, en lo obsceno del tendencioso libertinaje sexual prevalente. La felicidad fluye de la fidelidad. Nos dice nuestro Santo Padre, “El sentido del consentimiento muestra que libertad y fidelidad no se oponen, más bien se sostienen mutuamente, tanto en las relaciones interpersonales, como en las sociales” (AL, 214).

Los cónyuges, nos señala Francisco, son “signos de misericordiapara la familia, cuando el seno del hogar, la Iglesia Doméstica (cf. Pablo VI) se convierte en un lugar de encuentro, de acogida, de aceptación incondicional y de un perdonar constante. No existe convivencia humana, aun en lo sagrado del monasterio, donde no surja la tensión de los desacuerdos. Conscientes de la misericordia que Dios continuamente tiene con ellos, es entonces que los cónyuges extienden esa compasión y compresión, el uno al otro y a los otros. Sean, pues, misericordiosos, como también su Padre es misericordioso(Lc 6:36).

(Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.)

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