El Papa Francisco dijo: “Sabemos que el futuro de la Iglesia, en una sociedad que cambia rápidamente, reclama una participación de los laicos mucho más activa. Los laicos no son miembros de segunda clase en la Iglesia, al servicio de la jerarquía y simples ejecutores de órdenes superiores, sino discípulos de Cristo cuya misión es animar todo ambiente, actividad y relación humana según el espíritu del Evangelio. Todo cristiano, hombre o mujer, en virtud del bautismo, ha recibido una misión y esta misión nos lleva a anunciar a Jesús con nuestra vida, con nuestro testimonio y con nuestras palabras”.

Nuestra consagración, como laicos y congregados (miembros de una congregación religiosa, profesos) tiene su raíz precisamente en el Bautismo, por el que cada fiel cristiano ha sido consagrado a Dios. Esta consagración tiende a la perfección de la caridad, a la santidad, a la cual todos los fieles cristianos estamos llamados. Nuestra consagración como laicos y congregados responde directamente a la
llamada particular que Dios nos hace.

Hablar de misión compartida, es uno de los grandes desafíos de la Iglesia hoy. Es necesario mirar el Concilio Vaticano II, y verlo como el verdadero don de Dios a su Iglesia. El Papa Juan Pablo II denominó al Concilio como “un nuevo Pentecostés”. A través del Vaticano II la Iglesia ha redescu-bierto su identidad y su misión.

La colaboración entre laicos y congregados se está viviendo con más intensidad y ha adquirido una difusión más amplia para que esta  colaboración sea un signo de nuestros tiempos. Precisamente en nuestra época, se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de  esperanzas entre las personas congregadas y el laicado. Congregados y laicos hoy unen sus esfuerzos en favor de la misión y comparten y se involucran mutuamente en sus iniciativas. Se vive con radicalidad evangélica el llamado particular que el  Señor nos hace. Tanto laicos como congregados seguimos más de cerca a Cristo, entregándonos a Dios por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, esto significa anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro.

Una misión compartida NO es la misión donde los congregados confían a los laicos gran parte de su misión, manteniendo ellos la iniciativa y la dirección. Para que surja una misión compartida esta debe suscitar en los laicos y los congregados el sentido de vocación común, planificación y ejecución de la misión, donde el seguimiento de Jesús y la referencia al Reino es nuestra tarea.

El Reino de Dios es el gran tesoro y el gran horizonte común tanto para los misioneros laicos como para los congregados. Juntos participamos en la misma misión de la Iglesia y la vivimos en el amor, la fe y la esperanza. En esta nueva evangelización los laicos somos protagonistas junto con el congregado y no destinatarios. Nuestra pasión por la misión se fortalece y se solidifica al sentir la pertenencia e identidad a la que hemos sido llamados. Es importante resaltar que no puede existir misión compartida sino existe la vida compartida. En la misión compartida el verdadero sentido y pertenencia es caminar con el otro, trabajar con el otro, recrearme con el otro, y hasta vivir con el otro, lo que conlleva una madurez y un equilibrio en la propia vida
para hacer posible la interacción, un espíritu de comunión y complementación.

Es fomentar la creatividad y la sensibilidad para aceptar la responsabilidad que tenemos como discípulos misioneros, como fermento del Evangelio en nuestro mundo. Este desafío requiere de una comunión profunda en la fe, que desde distintas formas de vida nos lleva a impulsar una misma misión. Tanto congregados como laicos deben tener la mirada fija en la gloria de Dios y su proyecto de amor y
misericordia.

La misión compartida es misión de todos y todos somos  responsables. Buscamos evangelizar y ser evangelizados por los más pobres, respondiendo a las urgencias pastorales. La alegría y el entusiasmo con la que predicamos la Abundante Redención nos pone en sintonía con la espiritualidad y el carisma que profesamos.

La misión compartida es el quehacer de la Familia Redentorista y sentimos la urgencia de tener esta misión dentro de la comunión eclesial. Nos une el deseo de trabajar juntos por el reino de Dios y nos complementamos con nuestros dones para llevar al mundo el mensaje de Jesús. Esta unidad en la misión ha ido surgiendo de un modo lento pero intenso. Se están dando pasos para tener un nuevo estilo de trabajo, un cambio de mentalidad para crecer en fraternidad, en espíritu de familia con nuestras diferencias y valores.

Para ser protagonista de la misión el laico debe formarse y su formación ha de ser sistemática, sólida y progresiva. Una buena formación es un elemento primordial en la identidad y la  pertenencia de un laico que se siente llamado a vivir el carisma y la espiritualidad del Instituto y a meterse de lleno en la Misión. No basta con ir a la misa de la parroquia o participar en las diversas festividades.

La manera de actuar, el compromiso con las cosas sencillas, la opción por los más pobres y abandonados, y su solidaridad con aquellos que sufren nos dife-rencian de otros grupos de laicos y nos identifican con los miembros de  la congregación redentorista.


 

María C. López Delgado

Misionera laica redentorista

Recientemente los Misioneros Redentoristas se reunieron en Perú en una gran Asamblea donde congregados y laicos se unieron en un esfuerzo para darle más vida a la Misión compartida. De la Provincia de
San Juan participaron los congregados P.Felipe Santiago, CSsR, Provincial, P. Manuel  Rodríguez, CSsR, Coordinador de URNALC, P. Miguel A. García, CSsR, Director de los Misio-neros Laicos Redentoristas y los laicos José E. De Jesús y María C. López Delgado.

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