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¡Noviembre, un mes en donde reflexionamos alrededor de todas las gracias dadas por nuestro Padre a nuestras vidas y en nuestras familias! El gesto más hermoso que nace en nuestros corazones es la gratitud. La palabra viene del latín gratia, que significa “don”. De esta palabra, también encontramos el significado “gratis”. La gratitud y las gracias que Jesús Misericordia son gratis, no caducan y siempre están disponibles para sus hijos (as). “Oh, qué ardiente es mi deseo de que cada alma glorifique Tu misericordia. […] Yo sé bien, oh Jesús, que debo hablar a las almas de Tu bondad, de Tu inconcebible misericordia”, (Diario, 598).

La gratitud es un valor que en ocasiones pasa por desapercibido o en el que pocas veces se piensa. Pero no olvidemos que es un valor que sostiene y nos perfila a fomentar nuestro comportamiento como laicos más misericordiosos hacia el prójimo. El camino para amar el valor del agradecimiento lo podemos ver desde distintos ángulos, aunque la finalidad nos guía al servicio. Por ejemplo, dar las gracias todos los días, reconocer con amor los esfuerzos que hace nuestro prójimo para con los demás, tener pequeños gestos con personas que no son cercanas y ofrecer cada gesto de gratitud a Jesucristo. ¿Saben por qué? Porque un laico que sirve con amor sabe ser más agradecido y más humilde sin importar la circunstancia. 

¡Vivir en plenitud y gratitud es la invitación que recibimos de nuestro Padre Misericordioso a través del Evangelio y a través de Santa Faustina! A través de ella y de nuestras gratas acciones nos acercamos cada vez más al Corazón de Jesús. Vivir y sentir el bálsamo de la cercanía de Jesús misericordioso cambia nuestras vidas por completo y nos hace entender que el amor que Él tiene para sus hijos (as) es sobrenatural. ¿Han sentido ese bálsamo? Es el mismo Jesús de la Divina Misericordia quien coloca en nuestras manos y corazones todas las gracias que Él tiene para nosotros (as). “Oh Jesús mío, cuando vaya a Tu casa y me colmes de Ti mismo, y esto será para mi la plenitud de la felicidad, no olvidaré la humanidad; deseo levantar las cortinas del cielo para que la tierra no dude de la Divina Misericordia. Mi descanso está en proclamar Tu misericordia”, (Diario, 930). 

La Misericordia misma es agradecimiento. Algunos ejemplos lo podemos ver en nuestro diario vivir. Una persona agradecida y con la sabiduría de entender que nuestras bendiciones vienen de Dios Padre, es una que siempre dará de lo que tiene sin interés. De igual forma, lo hace desde lo más profundo de su corazón, viviendo en completa plenitud a pesar de su cansancio o rutina. El Espíritu los mueve a dar, a servir, a compartir, a ofrecerse en nombre del amor. “Oh Dios mío, que Te adore todo lo que hay en mí, oh Creador y Señor mío, y con cada latido de mi corazón deseo glorificar Tu misericordia insondable. Deseo hablar a las almas de Tu bondad e invitarlas a confiar en Tu misericordia. Ésta es mi misión que Tú Mismo me has confiado en esta y en la vida futura”, (Diario, 1325).

La gratitud no se trata solamente de devolver un favor desinteresado, se trata de reconocer la generosidad ajena. ¿Hemos pensado las veces que Jesús ha sido grandemente bondadoso con cada uno de nosotros y nos ha regalado múltiples bendiciones en señal de gratitud? Reflexionemos a diario y nos daremos cuenta que la gratitud es una señal pura de Misericordia de Dios. “De repente oí una voz interior clara y fuerte: Todo lo que dices sobre Mi bondad es verdad y no hay expresiones suficientes para exaltar Mi bondad”, (Diario, 359).

Cuando tenemos misericordia, reconocemos las gracias infinitas y de esta manera nos volvemos portavoces de las mismas a los que más lo necesitan. En ocasiones, no nos damos cuenta el bien y la transformación que podemos inducir poco a poco en nuestros hermanos (as). “Mi mayor deseo es que las almas Te conozcan, que sepan que eres su eterna felicidad, que crean en Tu bondad y que alaben Tu infinita misericordia”, (Diario, 305). Sembremos semillas de misericordia para que germinen en la plenitud de la gratitud. Cultivemos la gratitud y la acción de gracias a través del Espíritu Santo. Tomemos como una responsabilidad personal y espiritual, practicar dicho don que toca los corazones de los demás y nos hace crecer. ¡Queden con la paz de Santa Faustina de la Divina Misericordia!

Dra. Maricelly Santiago

Coordinadora de la Devoción de la Divina Misericordia

Parroquia Ntra. Sra. de la Asunción de Cayey

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