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(Sexto de varios)

Comentaba varias razones por las que sucede el fracaso conyugal.  Hoy me fijaré en el fallo ocasionado por olvidar el aspecto dinámico del matrimonio.  Ser casado es una realidad que nunca se completa, sino que se va haciendo continuamente.  Como el camino de Antonio Machado “se hace camino al andar”.   O me caso cada día o me voy descasando lentamente.

En otras palabras, el matrimonio no es un estanque, sino un río. Vive cuando hay movimiento; muere cuando se estanca.  Decía Heráclito que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque el agua que te tocó ayer, ya no existe.  Así en el matrimonio: el gesto de hoy hace falta, porque el de ayer ya no existe.  Otro lo ponía afirmando que el matrimonio es una bicicleta tándem.  Cuando uno o los dos dejan de pedalear se acabó la aventura, el viaje.

No entienden esto los que, después de casados, comienzan a vivir de presupuestos.  Se presupone que la ama, que ella se siente aceptada, que su cuerpo es prolongación del mío, que soy el centro de sus impulsos afectivos.  Y como se presupone, no ejercito los actos concomitantes con esas persuasiones.  ¿Para qué darle un beso o decirle “te amo”, si ya le constan?  Y entonces, como el piloto del 747, pongo el automático la velocidad de crucero, y me retiro a descansar: el avión se automantiene.

Pero el matrimonio no es un avión, es una bicicleta.  El prescindir por largo tiempo de la caricia dará el mensaje “ya no atraigo”.   El olvidar la frase significativa dará a entender “no valgo”.  El omitir los momentos de diálogo íntimo se traduce por “no te hago falta”.  Son los helechos con que mi amigóo decoró un pasillo de su casa; olvidó regarlos una semana y se secaron.

El matrimonio es dinámico; hay que hornearlo cada día como el pan.  No se puede presuponer.   El verdadero amante encuentra uno y mil modos de pasar el mismo mensaje.  De no intentarlo, le asedia la rutina, el moho, el deterioro.  Consiste el arte en mantener la sorpresa.  Dios nos sorprende porque es infinitamente complejo y sus actuaciones resultan siempre novedosas.  La creatura no goza de tal versatilidad, pero se puede añadir el esfuerzo.   El verdadero amante imitará al Dios sorpresivo en el modo cómo sensibiliza su amor.

El patrón de la mayoría ha sido: muchas palabras y gestos, variadas señales para captar el interés de la persona amada.  Cuando oyen la palabra de aceptación matrimonial en la Iglesia, hacen como el pescador con el pez que mordió el anzuelo: a la canasta y a prepararse para el próximo pez o volver a casa a descansar de los apuros marítimos.  No me extraña entonces oir de labios de un cónyuge frustrado: ¡y esto era el matrimonio!  Y cuando falta el gesto que renueve la ilusión, solo queda la amargura de quien dice “a lo hecho pecho” o la nostalgia de mirar a otro lado donde sí es posible vivir lo que a mi me prometieron.  Y como siempre la gramá del vecino se ve más verde que la propia… Vendrá la larga un divorcio, por no entender que la empresa no terminaba ante el altar sino que empezaba con una exigencia cristiana y progresiva.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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