(Último de varios)

El matrimonio es difícil porque consiste en un continuo empatar las necesidades y posibilidades de dos personas. Es uno con una para siempre. Y en todo lo que yo soy. Si consistiese en encontrarme con alguien una noche en un fin de semana, sería tarea facilitada. Si consistiese en tener un hijo y luego darlo a criar al gobierno, es fácil. No. No es cuestión de unificar periferias. Es engranar dos vidas, es unificar dos convivencias. Con todos y cada uno de los dientes de ambas ruedas.

¿Y por qué así? Porque yo me percibo como un ser limitado, ansioso de llenarme. Y mi ser porta muchas facetas que buscan complemento. Los muchos dientes de esa rueda serán: mi ansia sexual; la necesidad síquica de que me acepten, acojan, admiren; mi desamparo económico en busca de cubrir las necesidades básicas; mi indigencia de un confidente, En fin, una lista grande, como las diez mil facetas del ojo de la mosca. Con todo anhelo ver y ayudar al otro que están en la misma brega.

La tarea de un matrimonio bien proyectado es, pues, engranar todos los dientes de esa rueda dentada, encontrar en el cónyuge aquel o aquella que llena todas mis expectativas y a quien lleno las suyas. Lo pude sentir en un anuncio televisivo. Un rostro de varón, señalando un rostro de mujer, declara orgulloso: “Señores, les presento a mi amante”. Resulta chocante y más cuando prosigue “Les presento a mi confidente, mi secretaria… (enumera una larga lista) y al final “les presento a mi esposa”.

De eso se trata; afirmar que el mayor complemento a mi yo está en el cónyuge, a quien doy el nombre sagrado de esposo(a). Decimos que el adúltero es como un esquizofrénico y nos referimos a eso: es un ser dividido; necesita una esposa legítima (¡ay del que se la mira con malos ojos!) para las tareas comunes, pero necesita la amante para la pasión sexual desbocada.  No acaba de unificar todo eso en una sola persona. Es un ser dividido.

La empresa no es fil y es más bien el resultado de un crecimiento continuo y un mayor acercamiento espiritual de esos dos seres. En el anuncio citado también el esposo se admira y le pregunta; “A la verdad, corazón, ¿no sé cómo lo haces?” Su respuesta es comercial, es un anuncio “Gracias a Geritol…” También nosotros preguntamos cómo lograrlo. Pues tomárnoslo como objetivo serio de ese mutuo crecimiento. Y también como un regalo de Dios. Esa integración la quiere Dios positivamente como plenitud del regalo hecho. Es una de las gracias que confesamos recibir en el sacramento matrimonial: la capacidad para conseguir más fácilmente la integración conyugal.

De una persona de novela se decía que era como una cebolla: múltiples capas que, al quitarse todas, revelaban un canto vacío, sin semilla. Aquí decimos algo parecido. Buscamos parejas integradas, cuyo ser es una acumulación de capas que ambos aportan. Pero hay semilla, hay centro. El centro de un Dios que integra todo eso y logra que dos sean de veras una sola carne.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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