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Un exitoso y entretenido predicador preguntaba: “¿Qué tiene que hacer el varón para que su esposa se sienta feliz? Es sencillo… El esposo debe ser amigo, compañero, amante, hermano, padre, maestro, chofer, educador, cocinero, mecánico, decorador, plomero, psiquiatra, simpático, caballeroso, atlético, inteligente, creativo, consecuente, comprensivo, tolerante, confiable, apasionado y que gane mucho dinero…  ¿Y cómo se hace feliz a un hombre? Para hacerlo feliz, dale sexo y comida.”

El chiste, aunque deforma la realidad, algo de ella comporta. Pero la anécdota invita a algo más capital en la relación matrimonial. Ambos desean ser “felices” pues para eso se casan. Sin duda, entendiendo felicidad la satisfacción de la profunda urgencia sexual con que nacemos los seres humanos. Es como la de los animales, pero con la diferencia de que esa unión no es solo por ciega urgencia. O por impulso de un instinto que impulsa a la procreación.

Aparte de eso la pregunta es real. En el fondo, a través del noviazgo, uno capta que esa persona tan especial va a llenar mis egoístas necesidades. El egoísmo nos persigue. Pero el problema consiste en que la otra persona no necesariamente ve bien claro qué es lo que tú necesitas para ese “ser feliz”. Ese complemento, que no puede ser meramente lo sexual, hay que aclararlo. No solo para que la otra parte entienda qué busco y qué puede concederme de lo que busco. Pero también conseguirlo de forma gradual y según van cambiando las facetas vitales.

Lo que deseaba al comienzo de la relación tal vez no puede ser lo mismo que cuando ya llevamos diez años casados. Es como las leyes. Suponemos que se promulgan para remediar una necesidad del conjunto político. Pero eso cambia y hay que anular, o mejorar el objeto de la ley.  Lo mismo en la pareja. Dice el refrán que “nene que no llora no mama”. O sea, el niño requiere una ayuda; como no sabe hablar, la expresa en el llanto que molesta a los padres o les llama la atención para que remedien. Pues lo mismo sucede en la relación matrimonial.

Tu cónyuge no es adivino. Y tus necesidades no son tan sencillas como la del bebé: comida y confort porque está mojado. En diálogo amoroso, con el deseo de cada parte remediar lo que la otra parte necesita, hay que expresar qué busco, por qué lo busco, de qué manera lo deseo.  Conscientes, empero, de que no todo lo que deseo, ni del modo que busco, puede ser posible a la otra parte. Por eso vienen los acuerdos.

En muchas ocasiones he expresado que el matrimonio, cuando bajamos a los detalles, es un continuo acuerdo de mutua satisfacción. Es verdad que completa mi sexualidad, consigue protección y compañía, es sacramento como consagración religiosa para la tarea eclesial de vivir el amor como predicación al mundo. Sí, pero esto no funciona bien si no hay acuerdos. Esta conversación, que incluso puede terminar firmada como se firman los acuerdos políticos. Así podemos revisar sus logros. Incluso ponernos sanciones, o acordar un cambio. Porque no se puede obligar a la otra parte a reaccionar como yo deseo. Esta puede sentir dificultad para el logro. ¡Comprende!

Decía un científico social que la política fue inventada para evitar las guerras. ¿Venezuela y Guyana están a punto de matarse por unos kilómetros cuadrados? Vamos a hablar dónde se apoya el derecho de cada uno. Traigamos jueces imparciales que sopesen los méritos, documentos, historias. Es la manera de evitar la guerra, que al final nunca es solución, sino dejar heridas purulentas que fácilmente revientan en otras circunstancias. Así que aclara a tu pareja qué deseas, por qué, cómo lo pueden conseguir ambos. Y como ningún negocio limpio gana 100 %, te contentas con lo que de buena voluntad tu cónyuge te acepta. Colorín colorado…

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante