Aunque la secuencia sísmica que afectó de manera especial al suroeste de Puerto Rico comenzó en diciembre de 2019, fue enero del 2020 cuando tuvo su momento más estremecedor con el terremoto de 6.4 del 7 de enero, pero con varios de menor grado a lo largo de varios meses. Fueron los pueblos de Guánica, Guayanilla, Yauco, Peñuelas, Sabana Grande, Ponce y demás pueblos cercanos los que registraron destrucción o daños en hogares, escuelas, estructuras y hasta cambios en terrenos. Hubo cuatro símbolos de la serie sísmica: la ventana destruida de Guayanilla, el colapso de la Escuela Agripina Seda de Guánica, el monte donde un desplazamiento de tierra pareciera que escribió la palabra Fe y el colapso del templo de la Parroquia Inmaculada Concepción de Guayanilla.

A cuatro años hay que destacar que las parroquias ubicadas en los cascos urbanos de Guayanilla y Guánica dan cátedra de congregarse para celebrar su fe en la luchan contra los elementos a la intemperie como la lluvia, sol abrazador, los insectos y sereno. Las carpas y las sillas plegables son algo cotidiano. El boceteo, la aceleración de los carros, el gritón de la esquina y el tráfico son la orden del día. Son iglesias sin pareces, que no hay que enviarlas a la calle porque literalmente están en la calle y la plaza. La palabra sínodo se entiende mejor cuando llueve porque todos se juntan al centro de las carpas como una sola comunidad bien unida. El que quiera ver esto por sí mismo y vivir la experiencia, que se de una vuelta por Guayanilla y Guánica para la misa. Estas comunidades son ejemplo visual, una catequesis evidente y un testimonio sin discursos para sus compueblanos.

Recientemente estuve en mi parroquia de origen, bajo el patronato de la Inmaculada, para celebrar la víspera de Santa María, Madre de Dios. Claro, la última misa del año 2023 por la noche bajo las carpas. Media hora antes de la Eucaristía se fue la luz en el pueblo. Intuyo que alguno se habrá desanimado a asistir o se habrá sentido inseguro de ir a la parroquia en un pueblo a oscuras y a la intemperie. Pero, a pesar de que la central Costa Sur está a unas millas de distancia solamente, Padre Melvin tenía lista la “Inmaculada Power” para responder precisamente a ocasiones como estas. La “Inmaculada Power” es simplemente un inverter en la guagua parroquial para las luces y sonido. Aquí no hay trucos bajo la manga, solo se aprende de la experiencia y de las dificultades…

Un dato curioso fue que la pirotecnia y fuegos artificiales en las cercanías no se detuvo durante la noche a oscuras y coincidió con algunos momentos puntuales de la celebración. Ante tantos desafíos, los fieles presentes dispusieron todo su ser para poder celebrar digna y fervorosamente la fiesta eucarística. Como un signo alegre de fe, cultura y tradición, al concluir la misa hubo una breve parranda. Casi como un grito de alegría, lucha y determinación férrea. A cantar con esa chispa nuestra de reírnos de la dificultad, “Yo tenía una luz, que a mí me alumbraba y venía la brisa y fua… y me la apagaba” sorpresivamente llegó la luz eléctrica al pueblo. Todos reímos y le dimos otra ñapa.

Definitivamente hay que destacar la fe de estas comunidades parroquiales, la labor y sacrificios de los catequistas, los ministros de la comunión, los líderes, los movimientos parroquiales, los monaguillos, los diáconos y los sacerdotes. Es una fe que un temblor no la quebranta, que una pandemia no la asusta y que un huracán no la hace tambalear. Creo que es una lección apremiante para las demás comunidades parroquiales que tienen templo, aire acondicionado, comodidades y algunos se distraen con el más mínimo ruido o a la que llueve no van porque no quieren sacar la sombrilla solo para salir del carro. Mientras el tiempo pasa, aunque muchos se pregunten qué pasará, cuándo demolerán y cuándo construirán el bendito templo, el ejemplo de estas comunidades ante la adversidad quedará como un cátedra de fe. 

Enrique I. López López

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