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El libro de Jonás nos presenta el llamado que Dios le hace al profeta, para una misión que el Profeta no quería: predicar la conversión en una ciudad enemiga de Israel.

En la primera Carta a los Corintios, San Pablo urge al pueblo a la conversión y la santidad, de cara a la segunda venida del Señor.

El Evangelio de San Marcos nos presenta la vocación de los cuatro primeros apóstoles.

Una de las sentencias que digo de manera directa y sin filtro es, que Dios nos llama cuando a ÉL le da la gana, no cuando nosotros digamos.  Esto lo digo porque muchos de nosotros le ponemos condiciones a Dios y a su llamado.  Hemos escuchado mucho esta frase: “yo voy a la Iglesia cuando lo sienta”, “yo hago esto cuando me sienta listo para hacerlo”.  Pues a estos cristianos les digo, ¡espabílate, Dios llama cuando a ÉL le dé la gana, no cuando tú los digas, y Dios llama siempre.

De esto nos da cuenta la primera lectura de hoy.  Dios llama a Jonás para que predique la conversión a Nínive, la capital del Imperio Asirio, un imperio enemigo de Israel.   Jonás, siendo un israelita, no quería la salvación para esta ciudad enemiga, sino que se condenara a la destrucción, y es por eso que trata de irse lo más lejos posible.  Dios lo retorna a Nínive utilizando a la famosa ballena.  Jonás, de mala gana, predica a la ciudad la conversión y la ciudad se convierte, alejándose de la destrucción por parte de Dios.  A pesar de que no quería y que predicaría “a lo patea’o”, se logra la conversión porque era la acción de Dios, no la persona del profeta, lo que logra el milagro de la conversión.  

Dios nos llama cuando Dios lo quiere, no cuando nosotros lo queramos.  Nuestro único mérito es si le decimos sí o no a esa llamada.  Cuando le decimos sí y nos ponemos a la disposición de Dios, Dios hace maravillas a través de nosotros.  Me viene a la mente la mismísima Virgen María.  Siendo una niña, el Anuncio del Ángel le vino cuando ella menos lo esperaba, ella supuestamente era una muchachita inmadura que no estaba preparada para la gran misión de llevar la Salvación de Dios en su seno; pero ella dijo que sí y por eso se dio el milagro de la salvación. 

Esto nos lleva al Santo Evangelio de hoy.  Lo menos que esperaban esos cuatro pescadores era que recibirían la llamada del Señor para ser pescadores de hombres.  Eran brutos (según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, bruto es que carece de delicadeza, por tanto, bruto y delicado son antónimos), sin preparación.  NO se sentían con deseos de dejar su vida sencilla para optar una vida nueva.  Pero, en el momento en que Jesús los llama, lo dejan todo para seguir al Señor.  Por ser dóciles a la voz de Jesús, el Señor los convirtió en pescadores de hombres.  NO fue cuando ellos quisieron, fue cuando Jesús los llamó.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante