Comentábamos sobre alcanzar una genuina entrega sexual en los casados, y las cualidades que ayudaban a conseguirla. Además de que sea activa, la segunda cualidad es que sea “con deseo”. No es una obligación, algo ‘que me toca’, ‘qué remedio’. Ni tampoco llegar a ella sintiéndome como un objeto ‘que me van a usar’; eso puede ser experiencia de muchas mujeres, y casi siempre por la incapacidad del esposo. Con deseo es que yo esté ansiando, y preparándome para ese encuentro, del cual sacaré vida, ánimo para las tareas dolorosas de la relación y la construcción de un hogar. Deseo es que haya ilusión por ese encuentro en que le expreso al compañero/a de mi vida lo que significa para mi propia vida, para mi propia realización en ese aspecto humano. Es como él y ella sientan que yo no soy ‘una’ mujer de tantas, sino ‘la’ mujer, ‘el’ varón de mi vida.

Son muchos los factores que pueden inhibir ese deseo. No funciona si todo el día ha sido de ajetreo, de stress sin sentir la presencia y apoyo del acompañante. No ayudan los miedos, o los tabúes. No ayudan ciertas condiciones de salud, y algunos medicamentos que aflojan ese deseo. No ayuda si no me siento libre y seguro/a de que no vendrá alguien a interrumpir ese momento. Por eso no es aconsejable que los niños duerman en la misma cama con los padres, pues no será mucho el deseo por el miedo de despertarlos. Para el deseo viene bien el ambiente que se forma, la atmósfera que creas en ese cuarto, que es el altar donde cumples con la gracia recibida en el sacramento. No ayuda si durante el día no has recibido pequeños detalles de parte del compañero/a de que hay amor, de que se piensa en ella. Esos pequeños detalles de una llamada, o de ayudar especialmente con las tareas que terminan el día, para que no haya cansancio por el fregado, o por lo que tengo que hacer al día siguiente.

No ayuda al deseo si conviertes el encuentro en un ritual: tal hora, tú de tal modo, tiempo con cronómetro. Triste para mi oír de una pareja este relato quasi kafkiano. Llegaba el con la noticia “hoy te acuestas temprano”; era la señal de fiesta. Era el ‘la’ para que ella apresurara todas las tareas mientras el terminaba de leer el Nuevo Día o ver las noticias en tele, y ella sudando en la cocina. Al llegar la hora él iba al baño, mientras ya esperaba en la cama. Y llegaba él como el galán de la película. Voilá, aquí estoy yo. Y que ese modo de proceder sea rutinario, a la misma hora o día, con la repetición de este libreto… Se le va el deseo a cualquiera. Y no extraña que esa mujer llegue a odiar tales encuentros.

Así como hablamos de lo que inhibe, hay que apuntar lo que ayuda a aumentar ese deseo. La mejor ayuda es hacer sentir amado o amada a esa persona. Que durante el día ese mensaje se reciba en forma de servicio, de acompañamiento, de palabras que expresen su valor coa persona, haya sexo o no. Eso vale para el varón, pero de forma especial para la mujer. Hay tantos hermosos versos en el Cantar de los Cantares en que se expresa hermosamente ese deseo. Que la amada llegue a decir “mi amado es para mí y yo para mi amado”. Si dicen los sicólogos que la mayor necesidad de un ser humano no es la comida ni la sexualidad, sino que yo sea valorado como especial por alguien, que yo signifique algo para alguien. Si la pareja logra expresar ese sentimiento, es la mejor preparación para que el aumento del deseo.

Ayuda al deseo la higiene en la pareja, que el aspecto corporal sea agradable. No es llegar a ese encuentro como quien viene de virar cemento o de un partido de básquet. Ayudan los recuerdos de los momentos amorosos en la ruta de amor de esa pareja. Ayuda, sobre todo, lo que me contaba una pareja: llegaba al encuentro concentrado en que ‘Dios me pone al lado de la compañera de mi vida, para que ella, por lo que yo y solo yo le regalo, llegue a la cumbre de ese placer bendecido en el sacramento.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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