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El griego Heráclito inició una filosofía con la afirmación de que nada es estable, todo fluye, “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Cuestionaba lo de substancias permanentes, verdades en si inalterables. Esto desembocaría en un relativismo, ensalzado por el poeta al escribir “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. Sin universalizar el pensamiento hay que reconocer que de alguna manera así sucede a veces.

Este pensamiento, al hablar de verdades dogmáticas o verdades morales, cuestiona nuestra fe al aplicarse. Tal vez podamos cantar con Mercedes Sosa “Cambia, todo cambia…” Pero no todo, ni del todo. Aplicado el pensamiento de forma directa a la relación matrimonial cuestionaría, por ejemplo, lo de “hasta que la muerte nos separe”. Es imposible hacer compromisos absolutos, dirían. Tal vez por eso encontramos en la juventud de hoy el horror a compromisos absolutos: el de un matrimonio, o vida religiosa, o abrirse a criar hijos, o la fidelidad a un oficio o una vocación.

Yo diría como aquel alcalde “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”. O sea, hay decisiones o tareas que puedan ser pasajeras, o propias por de la etapa de crecimiento en que estamos. Pero no podemos aceptar que todo sea fluido, que lleguemos a definir el río como agua que corre, pero que la idea universal de río como tal no existe.  O que el matrimonio se entendió en sus cualidades de una forma en el mundo medieval, pero ya estamos en el siglo XXI.

Me pregunto si, por ese pensamiento fluido, los novios de hoy, si se han declarado tales, se creen con derecho a comportarse como matrimonio, pero sin papeles, marinovios sin compromisos, sin nada más que un acuerdo mutuo, a romperse cuando alguien así lo decida. Tristemente diría que eso estamos encontrando en muchas parejas actuales, y no solamente en los ajenos a conceptos religiosos, sino incluso en los catequizados (se supone, si formados en escuelas católicas). Me viene ahora a la mente un político que, ante la incredulidad de sus opositores, repetía con frecuencia “es que no somos iguales”.  Esos opinan que, si son políticos, deben ser corruptos, deshonestos…

Hay relativismo en ciertas situaciones, no hay duda. O mejor se da una gradualidad, un avance, una profundización o nivel de comprensión más claro según se vive la experiencia humana. Pero la esencia de lo permanente se encuentra allí, por más que se lo niegue. Es como Galileo, obligado a renunciar a la visión heliocéntrica de entonces, repetía para sus adentros: “Y sin embargo se mueve”. Así, si somos fieles a la lectura, incluso literal, del mensaje evangélico, no podemos negar que Jesús, ante las dificultades de los judíos y la práctica de Moisés, reafirmó del matrimonio que “al principio no era así”.  Y “lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. Sin duda podemos cuestionar ante una relación concreta “¿Y esto lo unió Dios?” Y podemos aceptar la dureza de ser fiel a ese pensamiento en lo concreto. Pero si Dios lo reveló… pues así es.

Ante la dureza de ciertas verdades morales siempre cabe la compasión ante los casos concretos que no se conforman con esa realidad. En eso lo mejor de los cánones de la iglesia es el que afirma “que la Iglesia no juzga de lo interno”. Dios juzga. Y yo trato de vivir lo mejor que puedo a sus preceptos. Recuerdo un compañero novicio que, al preguntarle el maestro, ¿cómo ud. guarda el silencio, hermano? Respondió Padre, como puedo. Me sonreí. Pero el río sigue siendo río, aunque el agua de ahora no sea la misma de ayer.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante