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Lunes, 10 de abril de 2023. En esta misma fecha, pero en el 2012, falleció el Cardenal Luis Aponte Martínez -undécimo aniversario de su muerte- día que celebraría sus 63 años de ordenación sacerdotal. En lugar de una celebración como la había estado preparando, el Señor prefirió que lo celebrara junto a Él en el cielo.  Estoy segura que allí lo está celebrando porque fue un cristiano que cumplió con los mandamientos e hizo muchas obras de misericordia al visitar enfermos y confinados.

Al coincidir el aniversario de su fallecimiento con la misma fecha en que falleció (lunes de la Octava de Pascua), vinieron a mi memoria los recuerdos de ese día. Mi celular me despertó a las 4:20 de la madrugada y al otro lado la voz de la Siervita que lo cuidaba de noche para decirme, “el Cardenal acaba de morir”.  Me vine abajo, aunque fue lo primero que pensé al sonar mi celular a tan tempranas horas de la mañana. Me tocó dar la noticia a toda la familia y al Sr. Arzobispo. Enseguida me dirigí al Hospital Auxilio Mutuo, donde falleció, y al llegar a la habitación ya lo tenían amortajado. En ese momento pensé, se fue un excelente ser humano y un hombre de Iglesia, pero en especial se había ido quien siempre traté como un padre y quien me enseñó todo lo que sé de la Iglesia Católica y de la Arquidiócesis.

La semana antes de su muerte, tuvimos reunión con Monseñor Roberto y su familia inmediata para planificar las honras fúnebres pues por su deterioro físico y condición de salud, sabíamos que el Señor lo llamaría en cualquier momento y queríamos estar preparados. Lo acompañamos durante toda la semana de sus exequias, Lajas, San Germán, Ponce, la Iglesia Santa Teresita en Santurce, hasta su morada final en la Catedral de San Juan. Luego participamos del novenario de Misas.

En ese momento yo no sabía lo que era perder a un ser querido, pues gozaba de la alegría de tener a mis dos padres vivos. Tal era mi dolor de esos días (aún habiendo pasado ya 11 años de su partida sigo sintiendo el mismo dolor) que tan solo recordarlo brotan de mis ojos las lágrimas. Fueron 43 años de servicio como su secretaria personal y su custodia, pues dondequiera que él iba yo estaba pendiente de él, y son años que no se olvidan fácilmente.

Durante su jubilación trabajamos el libro de sus memorias, las que él no quería escribir, pero yo le decía: “su vida episcopal no puede quedarse apagada y solo usted es quien puede escribirla”. Para convencerlo le decía: “usted es un baluarte de esta Arquidiócesis, único Cardenal puertorriqueño hasta el momento; responsable de la visita de un Papa a Puerto Rico, San Juan Pablo II”. Tanto luché con este asunto hasta que logré que lo hiciéramos y tuvo una gran acogida.  

Recuerdo que estando él en Roma cumpliendo con sus responsabilidades como Cardenal, llegó a mi oficina el responsable de la editorial que estaba preparando el libro, para entregarme las cajas que contenían tan valioso material. Cuando vi lo hermoso que había quedado, inmediatamente lo llamé para darle la noticia. Tan pronto le dije: “Jefe, me acaban de entregar una copia de las memorias que quedó precioso, la portada hermosa, y está calientito. De momento, hubo silencio. Le dije, “no va a decir nada”, me di cuenta que no podía decir nada, pues, me percaté de un sollozo profundo y colgó. Yo me quedé preocupada de que le fuera a pasar algo y al rato volví a llamarlo, y entonces sí pudo reaccionar a la buena noticia.

Cuando falleció también recuerdo haber pensado, ahora qué voy a hacer con mis tardes libres. Como el Arzobispo me había permitido seguir en mi posición secretarial con él, me permitió un arreglo de horario para seguir colaborando con el Cardenal. Salía del Obispado a las 4:00 p.m. y trabajaba con el Cardenal hasta las 6:00 p.m. En muchas ocasiones me quedaba hasta más tarde para hacerle compañía, pues yo conocí la soledad de un Obispo.

Desde su fallecimiento, encargo Misa los días 10 de cada mes en la Parroquia de Belén en Guaynabo, y así seguirá siendo hasta que el Señor decida. Pido a todos los que lean este artículo una oración en su memoria y los que puedan visiten su tumba en la Catedral del Viejo San Juan, como él mismo decía cuando escogió el lugar donde estaría su sepultura: “que cuando me visiten recen un Padrenuestro por mí”.

Miriam Ramos

Para El Visitante 

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