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“Después de su resurrección, donde llegaban los discípulos había una gran alegría”, (Papa Francisco, Exhortación Gaudete et exsultate). 

Contaban los discípulos cómo reconocieron a Jesús al partir el pan. Jesús nos sale al encuentro, como a los discípulos, para que lo reconozcamos. Comparte con nosotros su pan, nos ayuda con palabras y con obras. En nuestra interioridad, como espacio para la mirada contemplativa, lo miramos resucitado. Somos sus discípulos y él es nuestro Señor. Jesús ha cambiado nuestro camino hacia la muerte por un camino esperanzado de vida y hacia la vida. Ahora podemos contar a otros la alegría que inunda nuestro corazón. La resurrección de Jesús, una experiencia única, es el último capítulo de una historia de amor inaudita. 

Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: ‘Paz a ustedes’. Cuando dos o más estamos reunidos para recordar y celebrar que Jesús está vivo, se renueva la resurrección. Jesús se hace presente, en medio, como un don, como una fuente de paz. Llamamos oración a esta capacidad nueva de encuentro de Jesús con nosotros y de nosotros con el Resucitado. 

¿Por qué se alarman? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Es tanta la alegría que no terminamos de creer. Mirar a Jesús, en su entrega, nos hace descubrir el corazón palpitante del Evangelio, nos anima a aventurar la vida en la vivencia de las bienaventuranzas. 

 Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Jesús nos ayuda a entenderle y a entendernos a nosotros de otra manera. Cuando él está, todo es nuevo. Nos abre la mente, no solo para admirarle sino para creer en él. En la Escritura nos encontramos con él; su palabra nos cura la tristeza del alma; su presencia nos cambia los fracasos en triunfos; con él a nuestro lado vencemos los miedos de la muerte.

 Ustedes son testigos de esto. Jesús sabe que somos frágiles, pero confía en nosotros. Nos hace la propuesta de pasar por este mundo a ritmo de evangelio. Nos recuerda que somos portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. Nos envía a los caminos para vivir ‘la apasionante aventura de comunicar la hermosura y la alegría del Evangelio y de buscar a los perdidos en esas inmensas multitudes sedientas de Cristo’ (Papa Francisco).