Según Platón, hace muchos siglos, el ser humano era andrógino, macho y hembra a la vez, un monstruo redondo con dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas, dos traseros y dos sexos. Zeus, preocupado por la vitalidad del monstruo, decidió partirlo en dos pedazos y lanzó esos pedazos por la tierra. Desde entonces estas dos mitades, andan anhelantes por el mundo para conseguir su otra mitad. Conseguir esa unión es conseguir la felicidad, completar el sueño original de los dioses. Otra narración me dice que Zeus los dividió por la mitad por un pecado cometido por ellos.  Me viene a la mente el Génesis, Eva sacada de Adán, expulsados del paraíso hacia el dolor.

Conseguir esa unión encontrar su otra parte, es el sueño de todo ser humano.  Por eso el matrimonio no lo crea la sociedad sino el diseño original del divino Creador.  Encontrar su parte es encontrar la felicidad de la plenitud.  El matrimonio, en el plan divino, es llegar a la plenitud ideada por el Creador. Unirse a la parte que no es, sería como meter un clavo en una pared de acero: se dobla, se parte.  De ahí la gran importancia de examinar si esa parte que me parece ahora la que va, es la mía, o, por el contrario, hay elementos de equivocación y de futura desgracia.  Se supone que eso se consigue en el noviazgo.  La desgracia sería que encuentras al parecer, a tu príncipe azul, pero pronto te das cuenta de que no es ese tono de azul el que buscabas.  Se cuadró la pelea.

Sócrates, otro clásico, decía que el matrimonio se parece a los peces en el mar ante la red del pescador.  Los peces que están fuera quieren entrar dentro, y los que ya están dentro quieren salir de allí pitando. ¿Alguna coincidencia con la realidad?  Por eso, aunque no sea garantía total, una relación de noviazgo debe durar algún tiempo. Y el encuentro de la pareja no puede ser como con los abuelos: sentados ambos de 8 a 10 pm hablando en el balcón, hasta que la voz del padre carraspea indicando que ya es hora de irte.  El que desea asumir la vida religiosa consagrada es invitado a un año, al menos, de noviciado.  Allí conoce de primera mano cuál es ese estilo de vida, qué exige, qué presupone, como se mantendrá en un compromiso hasta el final.  En mi Orden religiosa el compromiso final es después de toda una formación de muchos años.

Lope de Vega, que ya no es tan clásico como esos griegos, recapitula con un exquisito castellano lo que es enamoramiento, pensando que es amor. Son verbos que descubren con la riqueza del castellano, lo que es la pasión, el impulso vital, el instinto ardiente y loco que impulsa a los dos amantes a encontrarse.  Entonces se llega a lo original, pero también al pecado que produjo inicialmente el corte y el despego.  Pensaste encontrar una yautía y resulta que es un ñame.  Y si los ñames te dan alergia…

La etapa del noviazgo es importante. Vital, si respetamos la seriedad del compromiso que se va a adoptar.  Comenzar la convivencia, la cohabitación, puede ser el resultado de esa desesperación inicial por completar el monstruo redondo de comienzo.  Tal vez se aprenda algo de lo que sería la seriedad del compromiso.  También puede ser solo una satisfacción sin ataduras del deseo natural del instinto.  Ojalá en estos casos la yautía que busca sea la yautía que existe. Pero es una comprobación arriesgada, mucho más si es la pareja que en la desesperación cogen fiao, y viene un niño…

Los clásicos son fuente de sabiduría para occidente. Claro, habría que añadir nuestros clásicos cristianos, entre ellos los famosos doctores griegos. A pesar de ser hijos de su época, con una visión más imperfecta de la mujer, por ejemplo, sí aportan la visión cristiana de una vida que está en Dios, debe vivirse en Dios, para terminar en la unión amorosa con Dios.

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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