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“Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”, es frase de un filósofo político. Se refería a los nuevos cambios de organización social que el mundo va experimentando. Pero también lo podemos aplicar a los nuevos cambios que nos impone la edad, la experiencia, y la mirada fiel a “los signos de los tiempos”, que verbalizó el esfuerzo reflexivo del Vaticano II. Es experiencia en todas las ramas humanas que las nuevas visiones encuentran gran resistencia a los cambios. 

Es Colón burlado porque afirmaba que la tierra era redonda. Aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor” del poeta, parece que es norma de todos los movimientos tradicionales. Vaticano II produjo, y aún tristemente dura, resistencia a la nueva visión, y también, tristemente, tergiversaciones o aplicaciones contradictorias con la mente del Concilio. Así los que piensan que la misa, como debe ser, es la ‘tradicional en latín’ del rito de Trento, ¡presentada como ‘antigua’ y solo tiene cinco siglos de uso! ¡Qué pensar entonces de los otros quince siglos celebrando la Eucaristía! 

En el entendimiento de la realidad del matrimonio ante nuestra fe cristiana también ha habido cambios y resistencias. Y han aparecido nuevas definiciones de familia que nos cuestionan. No podemos, por ejemplo, en el tema de la sexualidad matrimonial pensar que el supremo fin es la procreación. Es uno de sus bienes, pero no es el más continuo, ni el que más une e identifica a la pareja. Aparte del placer natural de la acción sexual está el valor unitivo, la fuerza para seguir en la lucha por mantener el amor, el aprecio, la estima especial de esa persona que no es una más, sino persona única y excepcional. Lo mismo diríamos, por tanto, en la concepción del poder sexual como algo tan especial que, usado fuera de ese mundo de la búsqueda del uno con una (una sola carne de la Biblia), es desorden. Como lo sería darle de comer al perro en la mejor loza de tu cocina y no en un plástico.

La nueva mirada sobre el matrimonio recalca también el verlo como una misión, una vocación, de mi fe cristiana, como la consagración del sacerdote. Por eso la pareja se compromete ante el altar y ante el representante de la comunidad que los bendice. Y también el considerar el divorcio no como un deber impuesto por la realidad, sino como corrupción de una misión, cuando no hay duda de que se pactó “como debe ser”.  Al mismo tiempo sería nuevo entender que los grandes ideales no los logra la debilidad humana, y que alguna visión de misericordia y seguimiento debemos ejercer sobre las parejas que no pudieron completar la misión recibida. Y entender que los principios son principios, pero también la mirada compasiva de Jesús ante el publicano que reconoce y lucha con su situación.  

Eso sería hoy la ‘nueva mirada’, como lo expresa el papa Francisco en Amoris Laetitia ante la enorme cantidad de divorcios y nuevos matrimonios de nuestras parejas católicas. Digo ‘católicas’ pues ante nuestros bautizados que no recibieron formalmente la bendición seguimos afirmando su imperfección religiosa. El que no mira y trata de entender lo ‘nuevo’ seguirá pensando como los fariseos que condenan a los discípulos por sacudir espigas de trigo en sábado, o a Jesús por juntarse en la misma mesa con pecadores. Recordamos que a estos Jesús les recordaba “no se puede guardar vino nuevo en odres viejos”. A los que tozudamente siguen aferrados a lo viejo, sea como sea, habría que cantarles aquello de “una mirada de fe es lo que puede salvar al pecador”. Y que solo sabe lo que hay en la olla la cuchara que lo menea.

Somos seguidores de ‘Jesús Verdad’, pero también de ‘Jesús Vida, Misericordia’.  “Descuidan lo más importante de la Ley: ¡la justicia, la misericordia la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello”, (Mt 23, 23). Al que se aferra tozudamente a lo viejo habrá que recordarle el salmo Todo espíritu alabe al Señor, recordando que el Espíritu del Señor se mueve constantemente y por nuevos caminos persiste guiándonos al objetivo final: ¡gozar del abrazo del Padre! Si sientes al Espíritu en tu visión vieja, alaba al Señor por darle a otros, también en el Espíritu, ¡una visión nueva! En último término lo que se impone es el Señor, que le dice a Pedro preguntón por el futuro de Juan: ¡Tú sígueme!

P. Jorge Ambert Rivera, SJ

Para El Visitante

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